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Filosofía de la seducción

Seducir consiste en una puesta en escena, como si las partes pusieran en práctica una performance para encandilar al otro.

El hombre ama dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer, el más peligroso de los juegos». La frase no le pertenece a ningún gigante de la autoayuda, si no a Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos más importantes de la historia. Esta sentencia llena de riesgo no parece condecirse con la realidad, en la que abundan anécdotas sobre la ineptitud del pensador alemán a la hora de la conquista amorosa. Hasta su amiga Rosalie Nielsen contó cómo, al avanzarlo durante un encuentro íntimo, el autor de Más allá del bien y del mal terminó huyendo por la ventana, incapaz de manejar la situación.

A lo largo de la historia fue común que muchos filósofos tuvieran vidas cercanas a la castidad, mostrando desinterés en la búsqueda del amor o protagonizando relaciones platónicas que nunca superaron la etapa de una copiosa correspondencia. Nombres ilustres como Thomas Hobbes, David Hume, John Locke, René Descartes, Immanuel Kant, Arthur Schopenauer y Hannah Arendt pertenecen a este club de solteros acérrimos. Sin embargo son numerosos los que se interesaron en escribir sobre el arte de la seducción, como si a pesar de carecer de experiencia práctica estuvieran autorizados para compartir sus teorías. Se trata de un tema apasionante que desvela tanto a académicos como al ciudadano común que sueña con conquistar al objeto de su deseo.

En estas épocas de corrección política la seducción tiene mala prensa. Avanzar a otra persona con fines románticos o por simple búsqueda de placer carece de las connotaciones elegantes de antaño. Los cambios propuestos por las nuevas miradas de género someten a una dura revisión a las raíces machistas de la conquista amorosa, mientras que las revistas de interés general, las comedias románticas e internet banalizan los ritos de seducción, difundiendo estrategias superficiales para una actividad cuyo verdadero atractivo debería ser su imprevisibilidad. Pero negar las virtudes de la conquista es ignorar que muchas grandes historias de amor empiezan gracias a que una de las partes tomó la iniciativa de encantar al otro con su pavoneo. De hecho muchas sólidas parejas nacieron de ese juego hecho de histrionismo e histeria. Para que esto ocurra es necesario comprender que se trata de una tarea constante, que debe hacer de la sorpresa su principal virtud.

Las polémicas alrededor de la seducción no son nada nuevo. Cuando el poeta Ovidio – un contemporáneo de Cristo – editó El arte de amar fue acusado de promover el adulterio y el libertinaje. En sus páginas aconseja concurrir al circo romano, a las carreras y a los banquetes pues son los lugares frecuentados por las mujeres. Una vez allí es importante que el seductor sea seguro y locuaz. «Primeramente has de abrigar la certeza de que todas pueden ser conquistadas y las conquistarás preparando astuto las redes» afirma, mientras pondera la importancia de los cumplidos: «Prodiga sin vacilación alabanzas a la belleza de su rostro, a la profusión de sus cabellos, a sus finos dedos y sus pies diminutos. La mujer más casta se deleita cuando oye el elogio de su hermosura». Aunque muchos de sus conceptos hoy parecen invasivos, también recomienda al conquistador aprender idiomas y perfeccionarse en las bellas artes, ya que la juventud es pasajera y es mejor compensar la pérdida de la belleza con otras virtudes. Muchas de estas ideas serán retomadas siglos después por el Marqués de Sade, otro pensador incorrecto.

Por supuesto que existe algo perverso en el hecho de querer conquistar al otro, sobre todo si se persigue el placer como único fin. Esto es lo que ocurre con Juan, el protagonista de «Diario de un seductor» del teólogo noruego Soren Kierkegaard, quien no duda en ensayar oscuros juegos psicológicos con Cordelia, la dama que pretende. En el momento en el que ella se somete incondicionalmente a sus maquinaciones, este desiste y responde con indiferencia. La práctica sería el equivalente analógico a lo que hoy conocemos como ghosting: desaparecer de los contactos y de las redes sociales sin darle mayor explicación al otro.

Seducir consiste en una puesta en escena, como si las partes pusieran en práctica una performance para encandilar al otro. El sociólogo Jean Baudrillard ve en el mecanismo de conquista una fabulación en la cual el conquistador renuncia un poco a su identidad. «La seducción es morir como realidad y producirse como ilusión» afirma el francés, ya que hay mucho de artificio en lo que el seductor vende. El seducido se mira en un espejo que le devuelve una imagen falsa, pero no se opone porque en el fondo es seductor ser seducido. Dicho de otra forma, la diferencia entre cazador y presa es mucho menos evidente de lo que habitualmente se cree.

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, dos de los filósofos más importantes del siglo XX, se conocieron en 1929 y protagonizaron una relación abierta de más de 40 años. A ambos los sedujo la inteligencia del otro y acordaron aceptar los amoríos por fuera de la pareja sin que esta se vea afectada. Sartre, que se consideraba feo, se interesaba por mujeres hermosas a las que buscaba avasallar – y muchas veces lo conseguía – con su bagaje cultural y compromiso político. Su proceder era distinto al de su querida Simone, quien sostenía que los estereotipos asignados a lo femenino le sirven al hombre para prolongar su poder de tirano. En el mundo masculino «si la mujer no es pérfida, fútil, cobarde e indolente, pierde su seducción», dice la autora en El Segundo Sexo, texto fundacional del feminismo moderno. La pensadora francesa proponía una femineidad alejada de esos lugares comunes, con un papel más activo a la hora de presentarse frente al otro. Todo lo contrario a lo expuesto por Ovidio 2000 años antes.

Todo el cortejo termina y cuando la relación se extiende en el tiempo empieza otra etapa. La ficción de la conquista se quiebra y aparece, amenazante, la verdad. Mientras la escenificación propuesta para conquistar al otro se desdibuja ante la monotonía de lo cotidiano comienzan los cuestionamientos sobre el futuro de la relación. Evidentemente para sostener un romance de forma prolongada no alcanza con las estrategias de la seducción. Como dice el polaco Zygmunt Bauman: «El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas». Desgraciadamente la fórmula para lograr esto no aparece en ninguna revista de interés.

 

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