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¿Todo suena igual?

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Las personas de cierta edad que sienten nostalgia por sus años de juventud suelen quejarse sobre el poco estimulante panorama musical contemporáneo. Pero la verdad es que todas las épocas tienen sus páginas mediocres o repetitivas, solo que el tiempo se va encargando de olvidar esos momentos y son las mejores obras las que finalmente perduran en la memoria. También la distancia temporal permite detectar con más claridad los lugares comunes de producción, instrumentación y composición que caracterizan una era.

De esta manera si uno escucha varios álbumes lanzados en un mismo periodo luego de unos años será evidente que eran más similares entre ellos de lo que parecía en el momento de su edición. Tomemos, por ejemplo, 1986, cuando "True Blue" de Madonna, "Slippery When Wet" de Bon Jovi, "Invisible Touch" de Genesis y "Parade" de Prince vieron la luz. A pesar de pertenecer a géneros diferentes – dance pop, glam rock, pop rock progresivo y funk – es evidente que tienen un sonido bastante parecido. Lo mismo ocurre con ciertas tendencias específicas. Se pueden tomar canciones de la escena Nü Metal de fines de los 90' y principios de este siglo, de manera aleatoria cambiarlas a un disco diferente de cualquier banda del género – sea Korn, Limp Bizkip, Linkin Park o Crazy Town – y pocos advertirían la alteración.

Las listas de éxito actual no escapan a estas pautas e incluso ya hay críticos que han identificado algunas de las tendencias comunes a muchos artistas que suenan en radios y sitios de streaming. Hace algunos años el uso y abuso del auto-tune – ese procesador de audio que corrige la voz humana para que salte robóticamente entre distintos acordes – ya había despertado algunas voces de alarma. Pero a pesar de las decenas de parodias contra el artefacto y que incluso el rapper Jay-Z grabó una canción en su contra ("Death Of Auto-Tune") su uso no dejó de popularizarse. Artistas tan reconocidos como Daft Punk, Brittney Spears, Shania Twain y Snoop Dogg lo utilizan asiduamente tanto en grabaciones como conciertos.

Sin embargo el patrón más notorio de la música de la última década fue detectado por el crítico musical Patrick Metzger. Con el nombre de "The Millennial Whoop" se cataloga al gancho vocal melódico que consiste en variar entre la quinta y la tercera nota de un acorde mayor, generando una especie de grito de arenga muy reconocible. El recurso es omnipresente en la música actual, sin importar si se trata de artistas mainstream o alternativos. Basta con repasar hits recientes de Katy Perry, Kings of Lion, Alejandro Sanz, Pitbull, Chris Brown, Will.I.Am, Demi Lovato, Shakira, Rihanna y un interminable etcétera de bandas y solistas no tan populares. Varias compilaciones en la web testimonian esta tendencia que parece haberse apoderado de la industria musical actual.

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Desde luego que el uso de ganchos melódicos no es un descubrimiento del pop contemporáneo. Tanto las expresiones folklóricas populares como la música clásica culta usan desde hace siglos patrones de repetición que son los que las hacen inmediatamente reconocibles para quien las escucha. Sin embargo el "Millennial Whoop" (que puede resumirse textualmente como un contagioso 'wa-oh-wa-oh') parece evocar expresamente cierta sensación de que todo va a estar bien, transformándose en un breve paraíso de armonía frente a la cambiante realidad. Como bien señala Metzger "en la era del cambio climático, las injusticias económicas y la violencia racial te puedes tomar unos pocos momentos para olvidar todo y gritar con exuberancia al límite de tus pulmones". Es muy probable que próximamente sociólogos y críticos culturales de distintas universidades del mundo le dediquen alguna tesis a las connotaciones ideológicas de este fenómeno.

En uno de los inteligentes sketchs paródicos de la serie "Portlandia" los protagonistas se sienten abrumados por los tiempos que corren e intentan decir algo trascendente, contestario y genuino, convocando al espíritu de Bob Dylan, a la simpleza de un ukelele y a viejos hippies de los 60'. Sin embargo cada intento de hacer una canción comprometida se ve interrumpido por una fiesta espontánea alrededor de una rítmica pieza oportunamente llamada "Change the World One Party A Time". La conclusión es desoladora: no parece haber mucho lugar para la contracultura musical en épocas de catarsis electrónica y arengas optimistas. Algunos criticarán la frivolidad reinante y otros simplemente se entregarán al contagioso virus bailable del milenio. Y en el medio de la pista podrán discutir, con una sonrisa culposa, si efectivamente todo suena igual

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