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Máxima velocidad

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Así como hay películas que excepcionalmente hacen coincidir a crítica y público por su maestría, existen otras que tienen la dudosa virtud de provocar todo lo contrario. Cuando el año pasado se estrenó, anticipada por una monstruosa campaña publicitaria, "Suicide Squad" hasta los más acérrimos fans de las adaptaciones de cómics populares concluyeron que nada funcionaba en la historia, llena de huecos argumentales y escenas confusas. El film evidenció una tendencia en alza en el cine contemporáneo: la aceptación de la velocidad y el shock audiovisual como la única forma de manipular las imágenes.

Exitosos realizadores, como Michael Bay, Baz Luhrmann, Zack Snyder y las hermanas Wachowski, han sido acusados de llevar sus filmes al borde de lo inentendible en su afán por impactar al espectador. Lo mismo ocurre con sagas como "Rápido y furioso" y "Taken", que tienen secuencias capaces de dejar en estado catatónico al más desprevenido. Y si bien se puede pensar que esto es exclusivo de las grandes producciones del mainstream, muchas películas consideradas periféricas también adoptan estas pautas. Esto obedece a un difundido lugar común de la posmodernidad que afirma que la única forma de intensidad posible es aquella ligada al vértigo superficial. Esta idea subyace detrás de toda publicidad o canción popular: no hay tiempo que perder y todo debe ser veloz e inmediato.

Sería apresurado decir que la historia del cine es una historia del aceleramiento de las imágenes, pero los hechos parecen confirmarlo. En la década del 30' la duración promedio de un plano era de entre 8 y 11 segundos, mientras que en la actualidad apenas supera los 4 segundos. Esto es lo que provoca que las personas mayores o poco familiarizadas con las nuevas formas audiovisuales se sientan abrumadas por la avalancha pirotécnica de las películas actuales. Sin dudas nuestro cerebro ya no es el mismo que el de hace medio siglo, habiendo adquirido con los años un gigantesco bagaje audiovisual. Ciertos recursos tradicionales parecen caer en desuso, surgiendo otros nuevos, y quienes no asimilen estos cambios pueden quedarse afuera de muchas creaciones.

No hace falta irse muchas décadas atrás para advertir como cambió el ritmo en la gran pantalla. Películas comerciales que todos conocemos - como "La historia sin fin" (1984), "Duro de matar" (1989), "Jurassic Park" (1993) y "Titanic" (1997) - se tomaban su tiempo para desarrollar lo que querían contar: hay una presentación de los personajes buscando crear un lazo afectivo con ellos, un suspenso sostenido para que el desenlace sea atrapante y un desarrollo interno de cada escena para no aturdir a la audiencia. Sin embargo hoy no parece existir paciencia para semejantes prolegómenos y se busca secuestrar la atención del espectador lo más rápido posible. Detrás de este mecanismo hay temor de que este se distraiga, no entienda o pueda desarrollar pensamiento crítico con respecto a lo que está viendo. Además muchos productores empiezan a presionar para lograr películas más frenéticas frenta a la creciente complejidad de las series, que no dejan de lograr fanáticos.

Actualmente la linealidad narrativa se ha desdibujado, las elipsis son cada vez más frecuentes y repentinas, los planos de referencia espacial desaparecen y se pasa de tomas generales al detalle extremo sin transición alguna. Podría pensarse que son mecanismos exclusivos de géneros espectaculares como la acción o la aventura, pero hasta una situación intimista como el diálogo entre dos personas es expuesta mediante múltiples saltos, cortes e inserts de toda naturaleza. Todo esto provoca que la naturaleza de un film se decida cada vez más durante el pos-producción, dándole la razón a Zach Staemberg, montajista oscarizado por su trabajo en "Matrix", que aseguró que «lo que hace que una película sea una película es la edición». Por esto también son cada vez más frecuentes las quejas de guionistas y directores hacia el 'corte final' de sus películas, que muchas veces es modificado por los estudios.

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Desde luego que no han tardado en alzarse voces apocalípticas anunciando que estamos ante el final del cine en el sentido clásico del término. El filósofo Gilles Lipovetsky tiene una mirada más positiva y afirma que se trata de un salto evolutivo, una etapa nueva a la que llama era hipermoderna, regida por la noción de «imagen exceso». Esta consiste en "más ritmo, sexo, violencia, velocidad, búsqueda de todos los extremos y también multiplicación de los planos, montaje a base de cortes, prolongación de la duración y saturación de la banda sonora". La adopción de los códigos de la publicidad y el videoclip tienen mucho que ver con esto. Todas estas características hicieron que algunos periodistas acuñen el término peyorativo 'Chaos Cinema' para referirse a ciertas realizaciones.

Es fácil hacer una lectura ideológica sobre la velocidad de los filmes contemporáneos. La edición posclásica — cómo se la denomina en ámbitos académicos— se adecua a este tiempo en el que la fragmentación alcanzó todos los niveles de la vida. Fragmentadas están las relaciones amorosas, la familia, el trabajo y la realidad política. En este entorno el cine ya no es solo una expresión para ser mirada pasivamente. Sus modos se han metido en la vida de la gente a través de las miles de pantallas y dispositivos digitales que no dejan de reproducirse diariamente. Las ficciones visuales están omnipresentes en nuestra realidad, desdibujándola.

Pero existen alternativas a esta forma imperante de narrar y no solo tienen que ver con las propuestas de realizadores como Tsai Ming-liang, Alexander Sokurov o Raya Martin que triunfan en los festivales de cine. Existe toda una variedad expresiva aparte del montaje desenfrenado, incluso dentro del cine de acción. Los planos secuencia de la distopía "Los hijos del hombre" de Alfonso Cuarón o el espíritu épico de "Mad Max: Fury Road" de George Miller, donde la velocidad no atropella la solidez de cada personaje, o las producciones indonesias "The raid" 1 y 2, que no cortan las coreografías de las peleas y tiroteos respetando el trabajo de los actores, son buenos ejemplos de esto.

Son pocos los realizadores que se atreven a filmar fuera del régimen. Quizás Lipovetsky tenga razón y se trata de un paso lógico en la historia de las imágenes; la única manera en que se puede contar una historia en estos tiempos frenéticos. Probablemente debamos presenciar cómo las escenas «contemplativas» lentamente se transforman en parte del pasado, con la misma melancolía con la que el pequeño Vito Corleone miraba New York por la ventana en "El Padrino II", cuando recién había llegado desde su Sicilia natal: con la certeza que había dejado atrás un mundo que desaparecía mientras frente a él se abría un futuro de pura incertidumbre.

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