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¿Quiénes son los malos?

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En su genial microrelato "Héroes" el autor argentino Andrés Neuman imagina un mundo en el que todos los criminales fueron apresados, ocasionando el desconcierto del superhéroe de la ciudad. Luego de unas horas de aburrirse en su hogar, el personaje se pone de pie, logra introducirse a la prisión local y libera a varios sorprendidos malhechores que huyen rápidamente. Unas horas más tarde, al escuchar una voz pidiendo auxilio confirmando que el delito había retornado, el héroe corre decidido a cumplir con su deber.

En sus pocos renglones de extensión el cuento dispara varias preguntas inevitables ¿Es posible un mundo donde la maldad no exista? ¿Oponer lo bueno a lo malo no es una forma simplista de evitar discutir la complejidad humana? ¿Por qué casi nadie se reconoce malo, mientras que los militantes de la bondad se cuentan por millones? Los crímenes e injusticias de todo calibre que ocurren en el mundo diariamente parecen indicar todo lo contrario. Lo cierto es que el Mal, junto con la forma de castigarle, es una de las principales preocupaciones de filósofos, juristas y religiosos a lo largo de los siglos.

Hablar de héroes y villanos es algo común en el terreno de la ficción, donde con frecuencia un personaje ejemplar - o varios de ellos - lucha contra un despreciable malvado. El cuento de Neuman juega con ese universo ficcional hecho de arquetipos y plantea una paradoja con fines críticos. Cuando el vehículo narrativo busca entretener, la falta de matices morales de sus protagonistas parece estar justificada. Esto es lo que provoca que un libro de aventuras, una historia policial o un blockbuster de superhéroes tengan individuos estereotipados con fines dramáticos. Sin embargo en los últimos años proliferaron libros, películas y series que buscan 'humanizar' a los antagonistas de las historias, relativizando sus conductas más extremas. Incluso los universos populares más edulcorados entraron en esta moda revisionista, muy representativa del posmodernismo. No es casual que en lo que va del año varios críticos se preguntaron sobre el futuro de los villanos del mundo Disney, los cuales ya no muestran el trazo grueso de otras épocas. Esta tendencia de la cultura popular en cierta manera refleja algo más profundo: el fruto de un proceso de siglos que produjo distintas visiones sobre el tema de la maldad. 

En la Antigüedad la mayoría de los relatos tradicionales perseguían un explícito fin aleccionador, buscando dejar una enseñanza moral en el destinatario. En este sentido los textos morales más influyentes de la Historia son aquellos de origen religioso. Tanto la Biblia como la Torah y el Corán fueron fundamentales a la hora de darle forma a la concepción que tenemos sobre el Bien y el Mal. Compartiendo raíces míticas similares, estos libros sostienen la idea de la maldad como una "tentación" que se le presenta a los humanos, seres creados a imagen y semejanza de Dios que mediante el libre albedrío pueden hacer sus propias elecciones. Esto no logra ocultar una fuerte contradicción señalada por muchos pensadores: si Dios creó todas las cosas y el Mal es una cosa, Dios creó el Mal. Este dilema desveló a Agustín de Hipona en el siglo V, quien concluyó que Dios solo creó cosas buenas, por lo que el Mal no es una cosa, es solo "ausencia del bien". 

Con el tiempo la mirada sobre la maldad ganó en matices. Hace 60 años, en su libro "Imágenes del bien y del mal", el filósofo Martín Buber hizo un largo análisis sobre el asesinato de Abel en manos de Caín, el cual según la tradición judeo-cristiana, fue el primer crimen de la historia. Allí el asesino se justifica acusando a Dios de haberle implantado ese mal impulso que lo llevó a provocar la muerte de su prójimo. El texto de Buber afirma que Caín cae en un error común de muchas personas que consideran maldad y bondad como entes totalmente separados dentro del individuo. La maldad es un impulso que "nace malo y seguirá siendo malo porque el hombre lo ha separado de su impulso asociado y lo idolatra justamente en esa situación de independencia, siendo en principio ese impulso algo destinado a servirlo. La tarea del hombre no es, por lo tanto, exterminar el impulso malo, sino reunirlo con el bueno." Esta unión de dos pulsiones que hasta entonces se entendían como antagonistas dejó una fuerte huella en la cultura actual.

Esta proximidad entre los opuestos fue retratada por el poeta libanés Khalil Gibrán en su libro El Profeta: "La víctima del asesinato no es irresponsable de su propio asesinato; y el robado no está libre de culpa por ser robado, el justo no es inocente por los actos del malvado, y el sin mancha no está limpio por las acciones del reo, Más aún: el culpable es a menudo la víctima del ofendido". Este fragmento, que puede incomodar a los ciudadanos bien pensantes, encierra en realidad una explicación social antes que una mirada conciliadora. Al pertenecer todas las personas a un entramado de relaciones que acepta inequidades y sometimientos como parte esencial de su funcionamiento, sus actos estarán siempre ligados a los de los demás más allá de los juicios.

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Con la religión teniendo mucho menos presencia en la vida de la gente, los estudios teóricos contemporáneos comenzaron a tener perspectivas más ricas sobre el tema. Cuando la filósofa alemana Hannah Arendt viajó a Israel a presenciar el juicio del criminal de guerra Adolf Eichman sufrió una gran decepción. El hombre calvo de gafas allí juzgado no parecía un monstruo sanguinario, por el contrario era una persona alarmantemente vulgar que cumplió órdenes nefastas solo porque ese era su trabajo, sin necesidad de rechazarlo con excusas morales. Arendt registró la experiencia en "Eichmann en Jerusalem", donde desarrolló su influyente teoría sobre la Banalidad del Mal. Este criminal nazi, al igual que sus colegas, no era un perverso o un sádico, si no alguien sumiso al peso de un sistema burocrático que transforma "a los funcionarios en simples ruedecillas de maquinaria administrativa". Esto no modificó la opinión de la autora sobre la culpabilidad absoluta del sujeto sobre sus terribles actos.

Con tantas reformulaciones la idea de pensar al Mal como algo creativo no tardó en aparecer. Esta lectura la propone el francés Michel Maffesoli en su ensayo "La tajada del diablo". "Hay un regreso con fuerza del Mal. Con esto quiero decir el lado oscuro de nuestra naturaleza. Eso que la cultura puede domesticar en parte, pero que continúa animando nuestros deseos, nuestros miedos, nuestros sentimientos, en suma, todos los afectos. Este regreso con fuerza es, quizás, lo mismo que de una manera incierta desde hace decenios denominamos crisis" afirma este sociólogo provocador. Según su visión la maldad debe ser recuperada para cuestionar las ideas que – disfrazadas de bienhechoras – no hacen más que prolongar el conformismo. Un texto subversivo pero interesante para los tiempos que corren.

Sin embargo una visión del Mal libre de juicios morales se presta a múltiples manipulaciones por parte de los sectores que detentan el Poder. Luego de los recientes disturbios en la ciudad de Charlottesville, en EE.UU, el presidente Donald Trump dio una conferencia de prensa condenando los mismos con la frase "hubo odio, intolerancia y violencia desde ambos lados", una declaración que fue muy criticada incluso por sectores conservadores. Los disturbios fueron incitados por partidarios de la supremacía blanca, racistas con fuertes lazos con el Ku Klux Klan, y equipararlos con los ciudadanos que se manifestaban pacíficamente es una lectura tendenciosa. Esta visión recuerda a la "Teoría de los dos demonios" que muchos utilizan para hablar de la violencia política de los 70' en América Latina, proponiendo que las agrupaciones armadas deben ser juzgadas al mismo nivel que el terrorismo de Estado. De todo esto se desprende que existen factores ideológicos, coyunturales y jurídicos que le agregan complejidad al debate moral, por lo que no todos tienen la misma responsabilidad al ejercer actos cuestionables. 

Sin dudas lo más inquietante de la maldad es que es ejercida en ciertos momentos por personas que además ejercen la bondad en otros momentos. Coincidiendo con la imagen del Yin y el Yang taoísta, que también habla de dos conceptos aliados que participan el uno del otro constantemente, somos pura dualidad. Quizás aceptar esto último provocaría que los héroes no se aburran cuando advierten que el mundo se quedó sin lo que ellos consideran villanos.

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