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Todos somos sospechosos

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Era solo cuestión de tiempo para que Hércules Poirot tuviera su propia película. La versión cinematográfica del pomposo personaje creado por Agatha Christie en 1934 tiene similitudes con el Sherlock Holmes interpretado por Robert Downey Jr. hace unos años. El investigador cerebral de las novelas se transforma en un irónico hombre de acción en su paso a la gran pantalla, con Kenneth Brannagh luciendo un enorme bigote hípster para coincidir con los tiempos que corren. La nueva adaptación de "Asesinato en el Orient Express" promete generar nuevo interés en el detective belga que regresa para seducir nuevas audiencias con su astucia.

La fascinación del público con las historias centradas en esclarecer crímenes tiene una envidiable vigencia en nuestros días. Prueba de ello es que las novelas protagonizadas por investigadores - profesionales o vocacionales - siempre figuran en las listas de los libros más vendidos, junto a los títulos exitosos de la distopía adolescente y el erotismo light. A la par de las numerosas reediciones de los clásicos de Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y George Simenon no dejan de aparecer nuevos personajes creados por autores contemporáneos que le dan su propio estilo a esta larga tradición. Todo un abanico que va desde ciudadanos curiosos que buscan la verdad azarozamente hasta individuos oscuros que reaccionan frente un mundo sin códigos.

La palabra 'detective' no existía aún en 1841, cuando Edgar Allan Poe escribió "Los crímenes de la calle Morgue", protagonizada por el imperturbable Auguste Dupin. Este personaje ejercía una mezcla de lógica deductiva y uso de la imaginación para resolver los asesinatos, procesos que lo llevaban incluso a entrar en la mente del criminal. El relato crea varios lugares comunes: el protagonista sedentario pero inteligente, su acompañante encargado de narrar los hechos y las pistas falsas que buscan desorientar al lector con respecto al misterio. Estas características se perfeccionarían en los siguientes casos de Dupín. Cuando cuatro décadas más tarde Sherlock Holmes investigue su primer crimen en "El estudio escarlata" de Arthur Connan Doyle la ficción detectivesca ya es fuerte en todo el mundo.

Hasta el día de hoy Holmes ostenta el Record Guinness como el personaje literario más veces retratado en la pantalla de la historia del cine. Durante los años en que se editan sus primeras historias – finales del siglo XIX – el positivismo era la corriente de pensamiento dominante, poniendo a la lógica científica en el centro de la escena. La ciencia forense se perfeccionaba y las técnicas de investigación policiacas se volvían cada vez más sofisticadas, muchas veces basándose en principios hoy refutados, como la Antropología Criminal de Cesare Lombroso. De todas maneras el protagonista no siempre es un detective profesional o un policía, incluyendose se en el género a cualquier ciudadano que se lance a esclarecer asesinatos, robos o estafas por motivación personal. Ejemplos futuros de esto son el sacerdote Padre Brown creado por G.K. Chesterton o el ama de casa Charlotte Pitt, protagonista de numerosos libros de Anne Perry.

El principal objetivo en estas narraciones es lograr que el lector o espectador participe de un proceso deductivo similar al de quien investiga la historia. Un relato ideal es el que logra que un detalle o pista en apariencia insignificante se transforme sorpresivamente en algo central. El prestigioso teórico Michel Chion lo definiría con claridad: "En las investigaciones de ficción se juega a menudo con la indeterminación, mantenida durante mucho o poco tiempo, sobre el aspecto 'principal' o ´secundario' de tal detalle, anécdota o peripecia. Un buen enigma debe ahogar la solución, lo principal, en una multitud de detalles accesorios. La proliferación de lo accesorio y lo secundario son un principio mismo de las películas de intriga". Esta máxima llega hasta nuestros días, comprendiendo a todas las series de ficción investigativa, desde Columbo a C.S.I.

Durante sus años iniciales la popularidad de las historias de crimen y misterio no fue exclusiva de Estados Unidos y Europa. Editada en 1977 la novela "La huella del crimen" de Raúl Weiss (pseudónimo de Luis V. Varela), con su argumento de infidelidad y muerte, representa el primer relato policial criollo, aunque ambientado en París. Dos décadas más tarde autores como Paul Groussac y Luis Ladislao Holmberg imaginan cuentos de suspenso en territorio argentino. A pesar que muchos escritores de prestigio incursionan en el género recién en la década del 40', cuando Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares crean la mítica colección El séptimo círculo, las novelas de intriga y suspenso empiezan a ser tomadas en serio. De hecho estos prestigiosos autores argentinos le dan vida a Isidoro Parodi, un sagaz detective rioplatense. Para esa época el mundo es muy distinto al que vio nacer a Dupin y Holmes.

Para catalogar a las novelas de misterio la crítica acuñó el término 'whodunnit', derivado de la frase inglesa "Who's done it?" que significa ¿Quién lo hizo? Sin embargo, durante los años posteriores a la Gran Depresión, la resolución del misterio dejó de ser el motor narrativo principal de los policiales. La llegada de la Novela Negra, con sus detectives cínicos moviéndose en ciudades donde la moral no existe, marcó una nueva etapa en las historias. Esa generación de autores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ross Macdonald, Mickey Spillane y Chester Himes - entre otros - empezó publicando en las denostadas pulp magazines, revistas baratas de circulación masiva de la época, afectada por la crisis económica y el ambiente tenso de entreguerras. El cine inmediatamente se interesó en novelas como "El halcón maltés", "El sueño eterno" y "Kiss Me, Deadlly", creando un arquetipo de hombre duro y sardónico en el que muchos ven un antecedente de los héroes de acción contemporáneos.

Novelas-negras

En esas novelas muchas veces la mujer es limitada a papeles como el de secretaria del protagonista o femme fatale que puede llevarlo a la perdición. Pero las damas jugaron un papel fundamental en el desarrollo del género policial y durante las décadas del 20' y 30' se llamó The Queens of Crime a un grupo comprendido por Agatha Christie, Dorothy L. Sayers, Margerie Allingam y Ngio Marsh. Si bien la primera creó un precedente perdurable con Mrs. Marple, una anciana con talento para resolver delitos, será Vera Caspary quien introducirá un punto de vista femenino en novelas complejas como "Laura" y "Bedelia", sin los tics habituales de sus colegas. Estas pioneras sentaron las bases de investigadoras contemporáneas como Kinsey Millhone de la saga "Misterios del alfabeto" de Sue Grafton y la adolescente de la serie Verónica Mars.

No es descabellado decir que cada país tiene su investigador nacional que lo representa: Costas Haritos en Grecia, el comisario Montalbano en Italia, Benjamín Black en Irlanda, Pepe Carvalho en España, Kasuke Kindaichi en Japón, Mario Conde en Cuba, Kurt Wallander en Suecia y un largo etcétera. Estos personajes muchas veces son usados por sus autores para retratar problemas locales e injusticias varias. En ese sentido la "Trilogía Millenium" del sueco Stieg Larsson es ejemplar, rompiendo la difundida idealización de Escandinavia en sus libros gracias a Lisbeth Salander, una investigadora gótica irresistible. En Latinoamérica también es común que los policiales denuncien situaciones coyunturales, como ocurre en libros de José Pablo Feinmann o Luis Sepúlveda.

Una probable respuesta sobre la popularidad de este género la da Umberto Eco en una explicación sobre la inspiración detrás de "El nombre de la rosa", su novela de implicaciones religiosas y filosóficas que utilizaba la estructura de un whodunnit para quye la acción avance: "Creo que a la gente no le gustan las novelas policiacas porque haya asesinatos o porque en ellas se celebre el triunfo final del orden sobre el desorden de la culpa. La novela policial constituye una historia de conjetura, en estado puro. Pero también un diagnóstico médico, una investigación científica e, incluso, una interrogación metafísica, son casos de conjetura. En el fondo, la pregunta fundamental de la filosofía (igual que la del psicoanálisis) coincide con la de la novela policiaca: ¿Quién es el culpable?". Es probable que allí esté la explicación de la vigencia de estas historias. Nos recuerdan que todos somos sospechosos, potenciales culpables de un crimen aún no resuelto.

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