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Los monstruos que más nos gustan

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"Adoro a los monstruos. Realmente es a los humanos a quienes encuentro repulsivos. Por eso, con esta exposición trato de mostrar el horror y la belleza de los monstruos". El autor de esta frase no es otro que Guillermo del Toro, el realizador mexicano que acaba de ganar el Oscar a mejor película gracias a "La forma del agua" y la pronunció al inaugurar una muestra sobre su obsesión por los seres viscosos y deformes. La historia de su último filme – en el que la empleada muda de un laboratorio militar se enamora de una criatura acuática – es un capítulo más en la historia de fascinación que las personas sentimos frente a lo monstruoso. Esos seres estéticamente grotescos representan "lo otro", aquello que no se adapta a la norma social imperante.

La idea de que los monstruos son en realidad una expresión de la mente en lugar de una visita desconocida venida del exterior es vieja. El gran pintor español Francisco de Goya lo explica en su obra "El sueño de la razón produce monstruos", en la que vemos un hombre durmiendo apoyado sobre un escritorio mientras es acosado por oscuras criaturas. El concepto es claro: detrás de muchas empresas que consideramos civilizadas se esconde lo irracional, aquello que surge cuando el ser humano abandona la seguridad de la sensatez.

El cine se hizo eco de esta idea y hace más de un siglo que viene poblando la pantalla con aterradores seres dispuestos a destruirlo todo. Un monstruo derrumbando un edificio o devorándose a una persona es una creación exclusivamente cinematográfica, ya que no hay otra disciplina que pueda mostrar semejante escena de una manera tan efectiva. Además de buscar provocar terror en el espectador al hacer tangible la posibilidad de una muerte en manos extrañas, estas películas nos recuerdan – mediante la destrucción sistemática de ciudades y otros elementos de propiedad privada – lo insignificantes y pasajeros que son los bienes materiales a los que nos aferramos. Por todos estos motivos estas criaturas son mucho más que recursos truculentos del espectáculo. A continuación repasamos algunos de los más inolvidables esperpentos monstruosos que nos brindó el séptimo arte.

El Golem (1920): La bestia de este clásico temprano del expresionismo alemán puede parecer ridícula si se la compara con el tamaño y aspecto de futuros monstruos, pero resulta ejemplar por mostrar un esquema clásico del horror: la criatura que termina volviéndose en contra de su creador (el mismo mecanismo que siguen "Frankenstein" y "Jurassic Park"). Basada en una leyenda de Europa del Este, el Golem es un ser humanoide de extraño peinado creado por un rabino para proteger a su pueblo de un emperador que busca desterrarlos. Una película extrañamente premonitoria, teniendo en cuenta la persecución que los judíos sufrirían años más tarde en Alemania.

King Kong (1933): Los directores Merian C. Cooper y Ernest Schoedsack pusieron en escena esta fábula tardía que rescata el espíritu de las historias de aventuras del siglo XIX. Cuando un grupo de expedicionarios captura un simio gigante y lo saca de la isla prehistórica en la que vive para llevarlo a la gran ciudad no imaginan el error que están cometiendo. Pero más que la abrupta mudanza lo que perturba a este enorme mono es la belleza de Fay Wray, una rubia a la que secuestrará mientras escala el Empire State. Un momento que hoy una es una imagen icónica de la historia del cine. Aunque las remakes de esta historia - estrenadas en los años 1976 y 2005 - son entretenidas, esta versión original tiene el encanto de los ingeniosos FX's del legendario Willis O'Brien.

Godzilla (1954): Japón es el única nación que ha sufrido un ataque nuclear masivo, lo cual provocó un fuerte impacto en su cultura. El director Ishiro Honda (íntimo amigo de Akira Kurosawa) canalizó los miedos de sus compatriotas en este filme que creó una saga que continúa hasta nuestros días. El nombre de este reptil mutante que destruye todo con su aliento atómico parte de la unión de las palabras gorira y kujira, que en japonés significan gorila y ballena respectivamente. Su popularidad trascendió rápidamente su país de origen, transformándose es uno de los más reconocibles íconos nipones adoptado por la cultura pop universal. Además este lagarto dio origen al género Kaiju, que es como los orientales denominan a las películas de monstruos.

Tarántula (1955): La década del 50´es la era de los monstruos gigantes por excelencia. El llamado "terror atómico" caló hondo en la opinión pública de la época y se manifestó en decenas de películas con animales y criaturas gigantescas, las cuales – afectadas por la radiación – la emprendían contra ciudades y habitantes. Aquí es el arácnido del título el que adquiere enormes proporciones para luego arremeter contra la civilización toda. Jack Arnold, director del filme, invirtió dos años más tarde la ecuación al dirigir la ingeniosa "El increíble hombre menguante" (1957). Allí el protagonista se expone accidentalmente a una nube nuclear y empieza a achicarse poco a poco, lo que transforma su vida diaria en una pesadilla. Imperdible.

Godzilla

Los Cazafantasmas (1984): Aunque técnicamente se trata de una comedia de fantasmas, este clásico de los 80' tiene uno de los más originales monstruos de la historia. Cuando cerca del final los protagonistas son invitados por el malvado Gozer a poner su mente en blanco porque cualquier cosa que piensen se materializará de la peor manera, Ray (Dan Aykroyd) imagina que un simpático marinero hecho de malvaviscos es algo tan inofensivo que no representará peligro alguno para nadie. Inmediatamente una regordeta y enorme figura blanca aparece entre los edificios neoyorquinos, obligando los Ghostbusters a combatirlo con sus rayos protónicos. Una creación entrañable y destructiva por partes iguales. 

The Host (2006): Todo empieza con una escena de crítica política, en la que un científico estadounidense obliga a un asistente a vaciar cientos de botellas de formaldehido en mal estado a las aguas del río Ham de Seúl. Aquel hecho de contaminación engendrará a uno de los bichos más asombrosos de los últimos años, protagonista de una de las películas más vertiginosas del cine reciente. Melodrama familiar, comedia negra, terror y mensaje ecológico conviven sin molestarse en el filme más taquillero de la historia del cine coreano. Una de las vueltas de tuerca más originales al género de las monsters movies.

Cloverfield (2008): El recurso de presentar una película como si fuera found footage (un supuesto video real encontrado accidentalmente) no es novedoso, pero esta producción lo usa con sabiduría. Con el productor estrella J.J. Abrams digitando todo, "Cloverfield" comienza retratando a un grupo de jóvenes emprendiendo una noche de fiesta para luego brindar los sobresaltos más efectivos que dio el cine industrial de los últimos años. Un blockbuster inteligente.

Colossal (2016): ¿Qué relación existe entre una joven estadounidense con problemas con el alcohol que vuelve a su pueblo natal y una criatura gigante que destroza una ciudad coreana? Este particular filme del español Nacho Vigalondo relaciona esos dos hechos en una propuesta que exige mucha complicidad por parte del espectador. Pero. a pesar de lo ridículo de la consigna, la historia se sostiene con inteligencia gracias al carisma natural de Anne Hathaway. Una película diferente, para amar u odiar sin términos medios.

Por supuesto que son muchos los engendros que quedan afuera de esta lista. Pero sea cual fuera la criatura que habita la pantalla hay que recordar que es solo una expresión del lado oscuro humano, ese costado ominoso que tratamos de ocultar en el día a día. En nombre de la civilización hace siglos que se viene atentando contra la naturaleza en un acto megalómano que no conoce límites. Dándole la razón a Del Toro, los hechos demuestran que el ser humano es la más destructiva de las criaturas, ya que al combatir una otredad que lo asusta se transforma en el algo mucho más amenazante. Como lo advirtió Friedrich Nietzsche con su habitual agudeza: "El que lucha contra monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en monstruo". Un consejo que deberíamos tomar en serio.  

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