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Breve historia del consumo irónico

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Entre las películas nominadas a mejor guión de la última entrega de los Oscar se encontraba "The Disaster Artist", dirigida y protagonizada por James Franco. El film retrata el desventurado proceso que dio origen a "The Room", la creación de Tommy Wiseau que ostenta el dudoso honor de ser considerada la peor película de la historia. Este calificativo no impide que cientos de personas se reúnan periódicamente para ver este melodrama mal actuado, con diálogos imposibles y pobre factura técnica. A pesar de sus nulas virtudes es mucha la gente que se siente atraída a verlo una y una vez, festejándolo sin importarle lo que diga la crítica. Incluso varias estrellas de Hollywood se declararon fanáticos de este engendro cinematográfico.

El fenómeno de disfrutar de manifestaciones culturales mediocres o bizarras es conocido con el nombre 'consumo irónico'  y es algo muy representativo de las últimas décadas. Hasta la primera mitad del siglo XX las personas con un buen nivel de educación rara vez se acercaban a las producciones denostadas por su mal gusto o a los fenómenos populares masivos, dejando en claro que estaban un escalón más arriba con respecto a esas expresiones vulgares. Hoy no es extraño que un público universitario exprese sus impresiones sobre el reality show de moda, comparta fragmentos de filmes clase B made in Bollywood y baile un tema de Ráfaga sin cuestionarse nada. Todo con una obligatoria cuota de sarcasmo cómplice que deja en claro que nadie se toma en serio demasiado estas cosas. Un ejemplo vernáculo de esta tendencia es el éxito de la "Bizarren Miusic Party", una serie de fiestas en las que se puede disfrutar de Carlitos Balá, Machito Ponce, Sergio Denis o Vilma Palma e Vampiros sin culpa alguna.

Las clases populares de hace un siglo concurrían a los teatros de vaudeville o leían los más cursis folletines románticos sin ver estas expresiones a través de un filtro irónico. Tenían un acercamiento cristalino a esas producciones que las entretenían luego de una jornada laboral complicada. Lo mismo ocurría con el humor chabacano, ese que alarma a las personas más acomodadas pero que con su procacidad ayuda a desenmascarar ciertas hipocresías. Por entonces la ironía era un recurso propio de personajes ilustrados, una tradición sofisticada con raíces en la Antigüedad que apuntaba sus dardos hacia el Poder de turno pero que no se centraba en los gustos populares menos glamorosos.

Serán las vanguardias artísticas de las décadas del 20' y 30' las primeras en intentar borrar la supuesta barrera entre alta cultura y baja cultura. Cuando la obra de Marcel Duchamp llamada "Fountain" (consistente en simple urinal) fue rechazada por los organizadores de una exhibición del Grand Central Palace de New York pocos advirtieron la declaración de principios que había detrás de esa creación del artista francés: en lo cotidiano y vulgar también había cultura. Con la industria de medios masivos creciendo a pasos agigantados era necesario derribar los prejuicios de la academia sacándole al arte a su carácter sagrado y elitista. La obra de Duchamp no era un calculado gesto cool, se trataba de una ruptura necesaria un una época de fuertes cambios.

Sin embargo habrá que esperar hasta la posguerra para ver las primeras señales de una nueva forma de acercarse a la cultura de masas. Por entonces el término posmodernismo fue usado por primera vez, mucho antes de transformarse en el eje de casi todas las tesis de estudiantes de ciencias sociales y críticos culturales del mundo. Los espectadores, lectores y amantes de la música perdieron la inocencia de antaño para empezar a plantarse con una opinión crítica frente a todo lo que la industria del entretenimiento les ofrecía. De pronto resultó evidente que una película como "El monstruo de la Laguna Negra" (1954) - o cualquier otra producción de bajo presupuesto – estaba realizada con escaso profesionalismo. O que muchos programas dirigidos a los jóvenes baby boomers (como se denomina a la generación nacida entre 1945 y 1960) perseguían puros fines comerciales.

Durante la década del 60' los sectores medios alcanzaron cierto bienestar y en muchas familias se dio el caso de una primera generación que accedió a una educación superior. En Argentina los jóvenes más informados de las grandes ciudades buscaron diferenciarse de sus padres acercándose a géneros musicales más nuevos y asistiendo a cine clubs, pero también tomando distancia de aquellos productos que, a pesar de tenerlos como destinatarios, evidenciaban la presencia del stablishment adulto detrás. Por ello los pioneros del rock nacional se paraban en la vereda de enfrente del Club de Clan, una fábrica de ídolos juveniles planeada por empresarios discográficos y televisivos. Ese posicionamiento fue el primer paso para la lectura irónica de esa época, la cual en los últimos años se materializó en varios sketches de Diego Capusotto.

Bizarren

A pesar que esta autoconciencia frente a la cultura popular aún no recibía el nombre con el que hoy la conocemos, ciertos intelectuales notaron el cambio. En 1964 Umberto Eco editó su influyente ensayo "Apocalípticos e integrados" en el que utiliza estas dos categorías para señalar la posición crítica o favorable de la gente frente a la cultura de masas. El gran acierto de semiólogo italiano fue que trató la popularidad de la televisión, los cómics y el arte pop sin la solemnidad de los círculos académicos, pero evitando las lecturas superficiales. El texto parecía coincidir con Oscar Wilde, quien había dicho "la mala poesía también florece de sentimientos genuinos". Que una producción estética no cumpla con cierto canon de calidad no es motivo para descartarla como creación cultural.

El rock, con sus 60 años de historia, es un buen termómetro del avance del consumo irónico. En los años siguientes al fracaso de los ideales hippies varios artistas reciclaron humorísticamente el costado más meloso de la música pop de distintas épocas, justo cuando la industria se apoderaba definitivamente del movimiento. Con las estrellas de la época respondiendo a una estética decididamente kistch (ABBA, Bee Gees) el periodismo empezó a hablar de ellas con un tono burlesco. Es la época en la que aparecieron las primeras películas, canciones o revistas expresamente realizadas con una factura mediocre. "El ataque de los tomates asesinos" (1979), por ejemplo, es una película clase B que se ríe de las películas clase B. La complicidad del público acompañó estas tendencias.

Hoy la ironía es regla y cualquier manifestación mediática es pasada por el filtro del sarcasmo con inmediatez. Las novelas de la tarde, un hit veraniego que amamos odiar o las escenas de una película tan bizarra como "The Room" son consumidas por muchos jóvenes que - con acidez - encuentran un valor de disfrute social en esas expresiones. La práctica se arraigó a tal grado que no son pocos los que alzaron una voz de alarma, ya que esa pátina de humor sirve para despegarse de cualquier compromiso a la hora de justificar gustos. No faltan quienes ya hablan de 'apropiación cultural' o 'racismo hipster' a esta mirada sardónica de origen burgués. La superficialidad que tanto asustaba a Umberto Eco parece estar agazapada detrás del consumo irónico. Quizás la activista canadiense Naomi Klein tiene razón y se trata de una forma de aceptar la cultura impuesta por el mercado dejando en claro que somos conscientes de ello.

"La ironía posmoderna y el cinismo se han convertido en un fin en sí mismas, en una medida de la sofisticación en boga y el desparpajo literario. Pocos artistas se atreven a hablar de lo que falla en los modos de dirigirse hacia la redención, porque les parecerán sentimentales e ingenuos a todos esos ironistas hastiados". Estas palabras del escritor David Foster Wallace son un diagnóstico certero sobre los tiempos que corren. Detrás del uso constante del sarcasmo se esconde una peligrosa forma de conformismo. Y quizás se trate de la peor de todas, ya que se disfraza de rebeldía.

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