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Comedia sin límites

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Un recordado sketch de Monty Python plantea la historia de un chiste tan divertido que quienes lo oyen mueren riéndose, lo que provoca que el ejército lo utilice como un arma mortal contra su enemigo. El problema es que cada soldado debe contar solo un fragmento de la broma, ya que si la conoce en su totalidad también puede morir alcanzado por su efectividad letal. El humor en cierta manera siempre fue un arma de doble filo, un recurso capaz de criticar a los poderosos y acompañar causas justas pero que también puede ser usado para herir susceptibilidades varias.

En esta época en la que todos los debates se libran en la esfera pública la discusión sobre cuáles son los límites del humor está más viva que nunca. Desde destacadas personalidades públicas a anónimos usuarios de redes sociales se quejan porque hoy es muy dificultoso hacer bromas sobre una multitud de tópicos, muchos de ellos relacionados con minorías étnicas o sexuales, defectos físicos o desigualdades sociales. El término "políticamente correcto" se utiliza despectivamente para designar a quienes reaccionan alarmados ante alguna forma de humor que usa un tema sensible para incomodar. Y si siempre hubo cómicos audaces como Lenny Bruce y George Carlin (ambos estuvieron presos por la acidez de sus rutinas), hoy abundan los incorrectos a tiempo completo que buscan shockear al espectador sin más impulso que la burla pura.

Esto nos coloca ante un dilema ¿Debe el humor tener como única función hacer reír sin ninguna preocupación ética? Algún guionista sostuvo que si la única defensa para justificar un chiste es que "se trata solo de un chiste" quizás este no sea uno muy bueno. Habría que preguntarle a Seth McFarlane, quien luego de hacer varias bromas que fueron juzgadas como sexistas al ser anfitrión de la ceremonia de los Oscars sufrió semanas de acoso en las redes sociales y vio afectada negativamente la performance de taquilla de Ted 2. Casos similares se vienen repitiendo en distintos países, alcanzando también a personalidades locales. Recientemente Roberto Pettinato vio bajar de cartel su nuevo espectáculo cómico debido a una serie de declaraciones pretendidamente sarcásticas que no fueron bien recibidas por el movimiento feminista.

Lo que para muchos es solo un cambio de paradigma dentro del humor para otros es una forma de vigilancia reaccionaria. El actor cómico estadounidense Patton Oswalt señaló que esta clase de reacciones "van a dañar al movimiento progresista de este país mucho más que cualquier otra cosa". Otras estrellas consagradas como Jerry Seinfeld y Chris Rock afirmaron que las audiencias universitarias actuales se volvieron tan susceptibles que califican cualquier cosa como sexista o racista, por lo que muchas veces prefieren autocensurarse apostando al material más seguro. Los casos son tantos que el periodista Jon Ronson los documentó en su libro You've Have Been Publicly Shamed (Fuiste públicamente avergonzado), que critica el uso justiciero de las redes para denunciar humoristas.

Desde siempre muchas colectividades y grupos oprimidos usaron el recurso de la auto-referencia despectiva para fortalecerse en los entornos desfavorables. Es lo que permitió que el comediante negro Richard Pryor usara la ofensiva palabra nigger en la década del 60', en plena época de agitación racial, y que Damon Wayans parodiara el look gangster de sus morenos colegas. Este uso del humor como defensa también aparece en las ironías sobre ciertas conductas lesbianas de los monólogos de la australiana Hannah Gadsby y en las burlas del argentino-japonés Akira Kaneto hacia los estereotipos orientales. Pero la línea de la acidez es delgada y la pertenencia a la comunidad aludida no siempre evita polémicas. La actriz de ascendencia asiática Margaret Cho realizó una imitación del presidente norcoreano Kim Jong-un que no fue bien recibida por el público de los Golden Globes. "La gente le dice a los orientales cómo deben sentirse sobre su raza porque tienen demasiado miedo de decírselo a los negros" señaló con ironía Cho.

Por supuesto que las bromas incorrectas no nacieron con internet ni con la con la cultura del stand-up. La picaresca popular siempre apeló a lo escatológico, lo irreverente y lo vulgar para provocar carcajadas. Los relatos de origen oral reunidos por Geoffrey Chaucer en Los cuentos de Canterbury y por Giovani Boccacccio en El Decameron están llenos de incorrección, logrando de modo genuino una mezcla de incomodidad gozosa en quien los lee. Pero los aldeanos ingleses y las campesinas italianas no disponían de Facebook o twitter para expresar su descontento por una broma demasiado ofensiva. Por otro lado estos textos también incluían divertidos ataques a la Iglesia y a la monarquía, equilibrando sus dardos hacia los oprimidos sectores plebeyos con golpes a los más altos círculos de Poder. Estos últimos siempre tuvieron la ventaja de poder cortar cabezas si algún bufón se ponía más transgresor de lo recomendable.

TheProducers

Aquí aparece una de las primeras consideraciones a tener en cuenta a la hora de ejercer la comedia irreverente: no es lo mismo burlarse de alguien importante que tiene medios legales o físicos para defenderse que estigmatizar a los miembros de alguna minoría que está en clara desventaja. No significa que no se pueda hacer chistes sobre grupos raciales, sexualidades diversas, impedimentos físicos y víctimas de tragedias, si no que hay que saber que, debido a las tremendas historias que los marcan, aquellos que son burlados tienen todo el derecho a reaccionar si se sienten agredidos. Quien juegue con estos tópicos debe estar dispuesto a sufrir las consecuencias de las palabras elegidas para su acto. De lo contrario caerá en uno de los estereotipos más tristes de la actualidad: el provocador que no quiere ser provocado.

En el año 2000 la banda de punk-pop SR-71 editó la canción Political Correct criticando la imposibilidad de hacer humor con libertad y señalando como Mel Brooks tendría serias dificultades para filmar sus películas en esta coyuntura hipersensible. Sin embargo el legendario director de absurdas comedias como The Producers y Blazzing Saddles hace años que viene ofreciendo su propia ética de la comedia. Desde su óptica La vida es bella de Roberto Benigni es un film fallido no solo por trivializar el Holocausto, si no por proponer la idea final de que una persona se puede recuperar de cualquier problema. "No, uno nunca se recupera de un campo de concentración" sentenció Brooks en una entrevista. Y lo dice el sujeto que imaginó un musical llamado Springtime for Hitler con el único objetivo de ridiculizar al tirano alemán. Al estrenarse en 1969 este clásico de la sátira ofendió tanto a judíos como a simpatizantes nazis. Nada de eso ocurrió cuando volvió a las salas 50 años después en formato musical.

Cada época tiene una noción distinta de lo que es tabú y transgresión a la hora de hacer humor. Así como las películas de Mel Brooks son un ejemplo de material cómico incendiario del siglo XX, hay textos más antiguos que también invitan al debate. Una muestra es el libro Una modesta proposición para que los niños de los pobres no sean una carga para sus padres o para el país y puedan ser útiles al público editado por Jonathan Swift en 1729. Allí el escritor propone solucionar la plaga de niños hambrientos de Irlanda usándolos como alimento para los más ricos terratenientes del país ¿Cuál sería el grado de tolerancia a este escrito hoy en día? Hay muchas formas de entender la comedia y cada persona imagina cuál es el límite que no se debe cruzar. El dilema es que ese límite es tan variado como el volumen de las carcajadas dentro de un teatro.

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