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Una foto que retrata al mundo entero

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Una creencia muy difundida en la cultura popular es que los aborígenes americanos tenían fobia a ser fotografiados porque creían que esa acción les robaba el alma. Usada muchas veces con fines humorísticos, esta afirmación no deja de ser un reflejo de cierto acercamiento colonialista a las culturas diferentes. La antropóloga Caroline J. Marr afirmó que si bien algunas tribus del noroeste de Estados Unidos manifestaban temor frente a las máquinas de fotos, esto se debía a que pensaban que eran armas. Las muertes causadas por los rifles de los colonizadores habían diezmado a los pobladores originarios, ocasionando un justificado temor ante cualquier artefacto desconocido.

Por otro lado existe un abundante legado de arte visual precolombino que prueba que los habitantes de nuestro continente sentían, al igual que los europeos, una pulsión por retratar el mundo que los rodeaba. La necesidad de capturar la realidad que nos rodea es tan antigua como la raza humana. Desde los tempranos dibujos en las cavernas prehistóricas hasta las cientos de selfies que hoy se toman a diario, todo obedece a la urgencia de nuestra especie por atrapar instantes específicos, dejando constancia perenne de un momento o escenario memorable. Esa lucha por contrarrestar aunque sea simbólicamente el paso del tiempo es la base del espíritu fotográfico. Y la explicación de su actual vigencia.

En los últimos años, coincidiendo la posibilidad de que casi todo el mundo disponga de un artefacto para registrar imágenes, se produjo un resurgir de la técnica del daguerrotipo. Cuando Louis Daguerre presentó al público este mecanismo en 1839, luego de perfeccionarlo durante muchos años basándose en técnicas como la camera oscura, nunca pensó en sus posibilidades artísticas y mediáticas. En el París posterior a la Revolución Industrial los inventores fascinados por las nacientes maravillas técnicas solían pensarse más cerca de la ciencia que del arte. Sin embargo personalidades como Charles Baudelaire denunciaron al nuevo invento como una abominación que venía a remplazar a la pintura y un periódico alemán conservador calificó al invento de "diabólico artificio francés". El temor de muchos europeos ante esta novedad era más irracional que las futuras sospechas de los nativos americanos.

El reinado del daguerrotipo – que necesitaba de una prolongada exposición de la imagen para que esta quedara fijada en una única lámina de plata – duró solo 20 años. Para la segunda mitad del siglo XIX máquinas cada vez más baratas y livianas empezaron a popularizar la fotografía. Pero el mayor cambio que trajeron estos avances fue la posibilidad de hacer numerosas copias de lo registrado, lo que marcó un cambio en la forma de difundir y consumir imágenes. Hasta entonces solo los monarcas, políticos y aristócratas tenían la posibilidad de retratarse, pero ahora las clases populares también accedieron a sesiones fotográficas, las cuales se asumieron como un lujoso ritual. Coleccionar momentos dentro de un libro especialmente diseñado para tal fin generó en las personas una forma totalmente nueva de acercarse al pasado. A partir de entonces el álbum de fotos familiar fue un objeto infaltable en cualquier casa, un archivo de consulta y nostalgia.

En las fotografías primitivas las personas aparecían posando de una manera ceremonial, muchas veces acompañadas de una modesta puesta en escena decidida por el fotógrafo. Esto obedecía a la aún fuerte influencia que los retratos pintados ejercían sobre la nueva disciplina, pero también a cierta necesidad de ficcionalizar la realidad. Este fenómeno es el centro de uno de los debates preferidos por los académicos que escribieron sobre esta disciplina: ¿Hasta qué punto es confiable la supuesta objetividad del registro fotográfico? Actualmente, cuando existen miles de formas de intervenir las imágenes al alcance de la mano, esta ambigüedad está más presente que nunca. Ya en la década del 70, Susan Sontag lo había sentenciado: "La fotografía no se limita a reproducir lo real, lo recicla".

Esa ilusoria sensación de verosimilitud fue rápidamente aprovechada por el periodismo. Hasta 1850 los diarios y revistas depositaban la parte visual de sus páginas en ilustradores y grabadores. Si bien la Guerra Civil de Estados Unidos (1861 – 1865) ya había sido registrada por fotógrafos especialmente enviados para cubrir el acontecimiento, hubo que esperar dos décadas para que el recurso se constituyera en infaltable en los periódicos más prestigiosos del mundo. La mayor liviandad de los nuevos artefactos junto a avances como la invención del flash en 1887 fueron de enorme importancia, mejorando la calidad de los registros para que las imprentas pudieran incluirlos entre los textos con más nitidez. Al año siguiente Jacob Riibs, dinamarqués afincado en Estados Unidos, publicó el libro How Lives the Other Half (Cómo vive la otra mitad), un retrato de los habitantes más pobres de Nueva York que es considerado fundacional dentro del fotoperiodismo, además de ser una confirmación de su poderío como documento social.

Fotografía

Se puede repasar el siglo XX ubicando de manera cronológica una serie de fotografías icónicas. El rostro de una madre migrante durante la Gran Depresión retratado por Dorothea Lange, el desembarco de Normandía registrado por Robert Capa, un monje budista inmolándose capturado por Malcolm Browne, una niña huyendo del napalm en Vietnam según la lente de Huynh Cong Ut o un buitre observando la agonía de un niño africano en la famosa foto tomada por Kevin Carter, son momentos que resumen una historia turbulenta. Pero el gigantesco fresco que conforman estas instantáneas no está exento de polémicas, como la puesta en duda de la verosimilitud de algunas fotos famosas (como Muerte de un miliciano de Capa)  o el dilema moral que implica la no intervención del fotógrafo frente a la situación monstruosa que retrata.

Actualmente la fácil intervención de lo fotografiado que permite la tecnología digital pone en cuestión al fotoperiodismo. En el año 2012 la premiada captura de una procesión fúnebre en el territorio de Gaza ocupado por las tropas israelíes, obra del suizo Paul Hansen, fue sometida a peritaje por parte de la prestigiosa World Press Photo. Todo indica que la imagen es una composición de varias capturas, provocando un debate sobre los límites éticos de presentar una fotografía como real cuando ha sido modificada. Una polémica vigente teniendo en cuenta que la práctica de aplicar filtros y 'retoques' a todo lo fotografiado es casi universal.

De todas maneras la riqueza de las imágenes siempre va a depender más de quien observa que de quien las toma. En este sentido es ejemplar la lectura que el filósofo alemán Walter Benjamin – otro fascinado por esta disciplina durante la década del 30' – hace de una foto del niño Franz Kafka. En ella se observa al futuro escritor con una mirada melancólica en una escenificación pretendidamente exótica. "En su tristeza sin riberas esta imagen ofrece un contraste con aquellas primeras fotografías en la que los hombres todavía no miraban el mundo con tanto desarraigo y abandono como aquel muchacho" sostiene el pensador. Benjamin intuye todas las desgracias que el futuro traería sobre el ser humano a partir de esa instantánea desoladora del autor de La metamorfosis ¿Qué conclusión sacaría de las cientos de selfies radiantes que se comparten hoy desde celulares, en facebook, Instagram o Twitter? Quizás toda esa impostada felicidad encierra algo más que una forma de compartir momentos, buscando distraer(nos) del horror del mundo.

En el relato "Del rigor de las ciencias" Jorge Luis Borges imagina a un grupo de cartógrafos que realiza un mapa tan preciso de un Imperio que llega a tener el mismo tamaño de este, registrando cada montaña, cada valle, cada recóndito rincón. Como fruto de esta meticulosidad los habitantes piensan el mapa como una realidad concreta, olvidándose que es solo una representación. Quizás si hoy unimos como un puzzle todas las fotos de todos los formatos que se toman todos los días en los más distintos sitios y situaciones, se pueda hacer real esta fantasía borgeana. El resultado final sería una gran fotografía que retrata al mundo entero. El dilema es que quizás tendría que ver muy poco con lo real.

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