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Elementos filtrados por fecha: Lunes, 30 Abril 2018

¿Cómo piensan los animales?

No es ninguna novedad que los animales nos emocionan mucho. Sobre todos en aquellas criaturas domesticadas, cuyo cariño, amistad incondicional y espontaneidad nos hacen ver algo en ellos que no encontramos con frecuencia entre los humanos. En general damos por hecho este lazo invisible que existe entre nuestra especie y los demás seres que habitan el planeta, por lo que pocas veces nos preguntamos seriamente cómo funcionan sus emociones o cuál es la mecánica de sus pensamientos, los cuales aparentan ser mucho más cristalinos que los nuestros.

Como piensan y sienten los animales es una preocupación ancestral para el hombre. Los filósofos presocráticos ya se habían interesado por el tema, pero fue Aristóteles el primero en dedicarle un ensayo profundo en el que llegó a la conclusión de que todo ser vivo tiene alma (anima en griego), aunque con distintos tipos de complejidad. En su "Ética Nicomaquea" el pensador plantea que la noción de 'frónesis' - la virtud de tener pensamiento moral - es exclusiva del ser humano. Sin embargo más tarde en "Investigación sobre los animales" considera pensantes a varias especies, especialmente aquellas que a su juicio tienen conductas similares a las nuestras.

Esta visión antropocentrista, que aplica categorías humanas para clasificar a otros seres, se sostuvo a lo largo de muchos siglos. Incluso en el mundo de la ficción la humanización de las criaturas salvajes es un recurso ideal para crear relatos que encierran una enseñanza moral. Un buen ejemplo son las fábulas de Esopo, La Fontaine y Samaniego, llenas de animales antropomórficos que se entregan a la avaricia, la pereza o la ira; entre otras bajas emociones. Este mecanismo narrativo, muy habitual dentro de la literatura infantil, genera historias aleccionadoras que funcionan como un reflejo simbólico del mundo humano.

Posteriormente, en 1873, Charles Darwin realizó comparaciones entre las formas de expresar emociones en los animales y en las persones, anticipando algunos de los conceptos que más tarde desarrollaría la psicología. Fiel a su raíz evolucionista, el naturalista inglés señaló que la mayoría de las conductas de los seres vivos son innatas, heredadas de las generaciones anteriores. Sus estudios serán retomados luego por el psicólogo Paul Thomas Young en el libro "La emoción en el hombre y en el animal", en el que estudia las reacciones ante distintos estímulos en criaturas de todo tipo. En este ensayo se evidencia que el ser humano es un ser qué ante todo actúa guiado por instintos y hábitos antes que por el ejercicio sólido del razonamiento moral. Esta idea será retomada con fuerza por Sigmund Freud en sus libros de principios del siglo XX.

Poco a poco la psicología comparada empezó a tomar al ser humano como un animal más, rompiendo con la tradición antropocéntrica. Sin embargo tendrían que pasar varias décadas – y cientos de horas observando el comportamiento de gatos, abejas y gansos en distintos entornos naturales y en laboratorios – para que el establishment científico acepte que se estaba presenciando el nacimiento de una nueva disciplina. Una serie de investigadores de Holanda y Austria fueron quienes más exploraron estos tópicos ante el descreimiento general. De a poco lo que más adelante se conocería como Etología empezó a tomar forma.

Animales

Cuando en 1973 Niko Timbergen, Konrad LorenzKarl von Fisch reciben el Premio Nobel por sus investigaciones sobre la conducta animal se produjo un gran cambio de paradigma en las ciencias biológicas. Durante los siguientes años se populariza la edición de libros sobre el tema, algo que va desde los sólidos "Estudios de Etología" de Timbergen hasta exitosos textos de divulgación científica como "El mono desnudo" de Desmond Morris. La gente necesita saber qué es lo que tiene en común con los animales, a pesar que tras la Revolución Industrial estos están cada vez menos presentes en su vida cotidiana. El ciclo se cierra cuando los métodos de investigación etológicos son utilizados para estudiar y tratar el autismo en los niños con notables resultados.

Todo este recorrido llegó a un momento cumbre en julio del año 2012, cuando una serie de neurólogos se reunieron en la Universidad de Cambridge bajo la supervisión del físico Stephen Hawking para responder la pregunta fundamental: ¿Los animales son conscientes de sus actos y proceden de una manera moral?. La Declaración de Cambridge sobre la Conciencia, como se conoce al manifiesto, dejó una fuerte conclusión: "Las evidencias convergentes indican que los animales no humanos tienen los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos, y neurofisiológicos de los estados de la conciencia junto con la capacidad de exhibir conductas intencionales. Consecuentemente, el grueso de la evidencia indica que los humanos no somos los únicos en poseer la base neurológica que da lugar a la conciencia. Los animales no humanos, incluyendo a todos los mamíferos y pájaros, y otras muchas criaturas, incluyendo a los pulpos, también poseen estos sustratos neurológicos". Una forma compleja de decir que los seres que nos rodean razonan de una manera parecida a la nuestra, por lo que también pueden cometer aciertos y errores como lo hacemos los humanos.

Como señalaba el escritor John Berger, el ser humano de las zonas urbanas le atribuye una inocencia desmesurada a los animales, quizás celoso por esa cotidianidad en apariencia más despreocupada que llevan. Pero cualquier habitante rural o documentalista atento sabe que el mundo animal está lleno de crueldad y nihilismo. Son criaturas complejas y, por ello, tan imperfectas como nosotros. Solamente han tenido el buen gusto de no intentar estropear el planeta con esa gesta megalómana que conocemos como civilización. Un gesto de humildad que se les agradece.

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