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Luis Alberto Pescara

Luis Alberto Pescara

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Breve historia del consumo irónico

Entre las películas nominadas a mejor guión de la última entrega de los Oscar se encontraba "The Disaster Artist", dirigida y protagonizada por James Franco. El film retrata el desventurado proceso que dio origen a "The Room", la creación de Tommy Wiseau que ostenta el dudoso honor de ser considerada la peor película de la historia. Este calificativo no impide que cientos de personas se reúnan periódicamente para ver este melodrama mal actuado, con diálogos imposibles y pobre factura técnica. A pesar de sus nulas virtudes es mucha la gente que se siente atraída a verlo una y una vez, festejándolo sin importarle lo que diga la crítica. Incluso varias estrellas de Hollywood se declararon fanáticos de este engendro cinematográfico.

El fenómeno de disfrutar de manifestaciones culturales mediocres o bizarras es conocido con el nombre 'consumo irónico' y es algo muy representativo de las últimas décadas. Hasta la primera mitad del siglo XX las personas con un buen nivel de educación rara vez se acercaban a las producciones denostadas por su mal gusto o a los fenómenos populares masivos, dejando en claro que estaban un escalón más arriba con respecto a esas expresiones vulgares. Hoy no es extraño que un público universitario exprese sus impresiones sobre el reality show de moda, comparta fragmentos de filmes clase B made in Bollywood y baile un tema de Ráfaga sin cuestionarse nada. Todo con una obligatoria cuota de sarcasmo cómplice que deja en claro que nadie se toma en serio demasiado estas cosas. Un ejemplo vernáculo de esta tendencia es el éxito de la "Bizarren Miusic Party", una serie de fiestas en las que se puede disfrutar de Carlitos Balá, Machito Ponce, Sergio Denis o Vilma Palma e Vampiros sin culpa alguna.

Las clases populares de hace un siglo concurrían a los teatros de vaudeville o leían los más cursis folletines románticos sin ver estas expresiones a través de un filtro irónico. Tenían un acercamiento cristalino a esas producciones que las entretenían luego de una jornada laboral complicada. Lo mismo ocurría con el humor chabacano, ese que alarma a las personas más acomodadas pero que con su procacidad ayuda a desenmascarar ciertas hipocresías. Por entonces la ironía era un recurso propio de personajes ilustrados, una tradición sofisticada con raíces en la Antigüedad que apuntaba sus dardos hacia el Poder de turno pero que no se centraba en los gustos populares menos glamorosos.

Serán las vanguardias artísticas de las décadas del 20' y 30' las primeras en intentar borrar la supuesta barrera entre alta cultura y baja cultura. Cuando la obra de Marcel Duchamp llamada "Fountain" (consistente en simple urinal) fue rechazada por los organizadores de una exhibición del Grand Central Palace de New York pocos advirtieron la declaración de principios que había detrás de esa creación del artista francés: en lo cotidiano y vulgar también había cultura. Con la industria de medios masivos creciendo a pasos agigantados era necesario derribar los prejuicios de la academia sacándole al arte a su carácter sagrado y elitista. La obra de Duchamp no era un calculado gesto cool, se trataba de una ruptura necesaria un una época de fuertes cambios.

Sin embargo habrá que esperar hasta la posguerra para ver las primeras señales de una nueva forma de acercarse a la cultura de masas. Por entonces el término posmodernismo fue usado por primera vez, mucho antes de transformarse en el eje de casi todas las tesis de estudiantes de ciencias sociales y críticos culturales del mundo. Los espectadores, lectores y amantes de la música perdieron la inocencia de antaño para empezar a plantarse con una opinión crítica frente a todo lo que la industria del entretenimiento les ofrecía. De pronto resultó evidente que una película como "El monstruo de la Laguna Negra" (1954) - o cualquier otra producción de bajo presupuesto – estaba realizada con escaso profesionalismo. O que muchos programas dirigidos a los jóvenes baby boomers (como se denomina a la generación nacida entre 1945 y 1960) perseguían puros fines comerciales.

Durante la década del 60' los sectores medios alcanzaron cierto bienestar y en muchas familias se dio el caso de una primera generación que accedió a una educación superior. En Argentina los jóvenes más informados de las grandes ciudades buscaron diferenciarse de sus padres acercándose a géneros musicales más nuevos y asistiendo a cine clubs, pero también tomando distancia de aquellos productos que, a pesar de tenerlos como destinatarios, evidenciaban la presencia del stablishment adulto detrás. Por ello los pioneros del rock nacional se paraban en la vereda de enfrente del Club de Clan, una fábrica de ídolos juveniles planeada por empresarios discográficos y televisivos. Ese posicionamiento fue el primer paso para la lectura irónica de esa época, la cual en los últimos años se materializó en varios sketches de Diego Capusotto.

Bizarren

A pesar que esta autoconciencia frente a la cultura popular aún no recibía el nombre con el que hoy la conocemos ciertos intelectuales notaron el cambio. En 1964 Umberto Eco editó su influyente ensayo "Apocalípticos e integrados" en el que utiliza estas dos categorías para señalar la posición crítica o favorable de la gente frente a la cultura de masas. El gran acierto de semiólogo italiano fue que trató la popularidad de la televisión, los cómics y el arte pop sin la solemnidad de los círculos académicos, pero evitando las lecturas superficiales. El texto parecía coincidir con Oscar Wilde, quien había dicho "la mala poesía también florece de sentimientos genuinos". Que una producción estética no cumpla con cierto canon de calidad no es motivo para descartarla como creación cultural.

El rock, con sus 60 años de historia, es un buen termómetro del avance del consumo irónico. En los años siguientes al fracaso de los ideales hippies varios artistas reciclaron humorísticamente el costado más meloso de la música pop de distintas épocas, justo cuando la industria se apoderaba definitivamente del movimiento. Con las estrellas de la época respondiendo a una estética decididamente kistch (ABBA, Bee Gees) el periodismo empezó a hablar de ellas con un tono burlesco. Es la época en la que aparecieron las primeras películas, canciones o revistas expresamente realizadas con una factura mediocre. "El ataque de los tomates asesinos" (1979), por ejemplo, es una película clase B que se ríe de las películas clase B. La complicidad del público acompañó estas tendencias.

Hoy la ironía es regla y cualquier manifestación mediática es pasada por el filtro del sarcasmo con inmediatez. Las novelas de la tarde, un hit veraniego que amamos odiar o las escenas de una película tan bizarra como "The Room" son consumidas por muchos jóvenes que - con acidez - encuentran un valor de disfrute social en esas expresiones. La práctica se arraigó a tal grado que no son pocos los que alzaron una voz de alarma, ya que esa pátina de humor sirve para despegarse de cualquier compromiso a la hora de justificar gustos. La superficialidad que tanto asustaba a Umberto Eco está agazapada detrás del consumo irónico. Quizás la activista canadiense Naomi Klein tiene razón y se trata de una forma de aceptar la cultura impuesta por el mercado dejando en claro que somos conscientes de ello.

"La ironía posmoderna y el cinismo se han convertido en un fin en sí mismas, en una medida de la sofisticación en boga y el desparpajo literario. Pocos artistas se atreven a hablar de lo que falla en los modos de dirigirse hacia la redención, porque les parecerán sentimentales e ingenuos a todos esos ironistas hastiados". Estas palabras del escritor David Foster Wallace son un diagnóstico certero sobre los tiempos que corren. Detrás del uso constante del sarcasmo se esconde una peligrosa forma de conformismo. Y quizás se trate de la peor de todas, ya que se disfraza de rebeldía.

Los vikingos más pacíficos

Este año será muy distinto para muchas de las ciudades más nórdicas del planeta. Por primera vez los islandeses tendrán la oportunidad de ver a la selección de su país jugar en la Copa Mundial de Fútbol, lo que seguramente ya tendrá entretenidos a los periodistas deportivos de aquel país ¿Serán tan escandalosos como sus colegas argentinos? Islandia, al estar ubicada justo antes del Círculo Ártico, aparenta ser una nación fría y distante. Sin embargo estos lejanos vikingos encierran varias curiosidades cuando nos adentramos en su historia y cultura.

Apenas son unos 349.000 habitantes los que viven en esta isla de 103.000 Km2, lo que la hace nación con menos densidad de población por kilómetro cuadrado. Con casi tres cuartos de la población total viviendo en Reikiavik (la capital mundial ubicada más al norte en el mundo), el resto de los asentamientos urbanos son ciudades pequeñas e incluso aldeas. Palpitando el primer partido mundialista de Argentina compartamos algunas curiosidades de este particular país.

Celtas y vikingos: Descubrimientos de ruinas que datan de entre los años 770 y 800, son rastros de unos monjes irlandeses denominados Papar, un grupo de cristianos primitivos que buscaban difundir la religión por la zona y fuerion sus primeros pobladores. Sin embargo la llegada masiva de personas a la región se da hasta el siglo IIIX, cuando empezaron a llegar navegantes desde Escandinavia. Un barco sueco al mando del vikingo Garoar Svavarsson recorrió toda la costa del territorio y determinó que se trataba de una isla. Si bien algunos pasajeros decidieron quedarse antes que la nave retornara al continente, recién un noruego llamado Ingolfr Alnarsson y su esposa crearon el primer asentamiento permanente en lo que hoy es Reykjavik. Desde entonces los vikingos siguieron llegando en distintas oleadas, muchas veces trayendo esclavos celtas - irlandeses y escoceses - como servidumbre. Estos grupos son los ancestros de los actuales habitantes del país.

Pacifistas y progresistas: Islandia no tiene ejército nacional ni fuerzas armadas de ningún tipo. A pesar de ser descendientes de un pueblo guerrero y tener una historia bastante violenta (que incluye fuertes hambrunas, el trato colonial por parte de Dinamarca y una invasión británica en 1940) los islandeses se ganaron una justificada fama de gente pacífica. Los hechos delictivos son mínimos y los crímenes violentos inexistentes. Quizás por ello durante la Guerra Fría los mandatarios Ronald Reagan (EE.UU.) y Mijaíl Gorbachov (U.R.S.S.) se reunieron allí para discutir el proceso de desarme en 1986. Pero hay otros aspectos en los que esta nación es un ejemplo ético: es pionera en legislar la igualdad de género y fortalecer los derechos civiles, casi toda la energía que utiliza proviene de recursos renovables y tiene uno de los más altos porcentajes de inscripción y finalización de carreras universitarias.

No somos tan fríos: Contrariamente a lo que se puede pensar - y teniendo en cuenta la latitud en la que se encuentra - Islandia tiene un clima templado, aunque húmedo y ventoso. Esto último se ve acrecentado por la ausencia total de bosques en el territorio. Sus costas son alcanzadas por la Corriente del Golfo que llega desde México entibiando el mar de sus playas sureñas. Pero además la isla es cálida desde lo geográfico, ya que tiene un fuerte actividad volcánica. Algunas erupciones, como la del monte Laki en 1783, tuvieron efectos devastadores, causando la muerte de cerca de un tercio de la población. Aún hoy se estima que cada 4 años algún volcán entra en actividad. Esto, sumado a los numerosos geiseres y aguas termales configuran algunos de los paisajes más particulares del mundo. Algunas de estas maravillas se pueden ver en las escenas de ensueño del filme "La vida secreta de Walter Mitty" de Ben Stiller.

Panchos y tiburones: Las legislaciones de Islandia con respecto al control de los hábitos alimenticios de sus habitantes son bastante particulares. Hasta el año 1989 la venta de cerveza estuvo prohibida en el país, lo cual hace pensar que se trata de personas poco inclinadas a los excesos. Sin embargo la comida más popular del país es el hot dog, que se vende literalmente en todos lados. También son el mayor consumidor de Coca Cola per capita, a pesar de ser tan pocos habitantes. Pero sin lugar a dudas la comida más representativa es el Háralk, un bocadillo consistente en pequeños pedazos de tiburón fermentado y seco. Una tradición gastronómica que tiene la particularidad de tener como materia prima al Tiburón de Groenlandia, cuya carne es tóxica. Solo un proceso de entre 8 y 12 semanas, en el que trozos del escualo son enterrados entre piedras y sal, provoca que los fluidos venenosos abandonen el snack. Una insólita delicatessen.

Bjork-and-the-Suarcubes

Artistas sin industria pero con talento: Otro de los records que tiene Islandia es el de ser el país que produce más cantidad de escritores en relación a la mínima población que posee. Quizás el hecho de que idioma islandés casi no tuvo cambios en más de 1000 años ayuda, haciendo que muchos textos antiquísimos sean perfectamente legibles para un ciudadano contemporáneo. Esto no evita que para el resto del mundo sea una lengua inentendible, empujando a muchos autores y músicos locales a usar el inglés para expresarse. En particular la escena musical es de una pujanza envidiable, con Bjork como figura más internacional, seguida por Of Monsters and Men y Sigur Ros en popularidad. Otras bandas que merecen atención son GusGus (electrónica), Kaleo (blues rock), Emilia Torrini (indie-pop) y Mammút (rock alternativo). La mayoría de ellos artistas independientes al carecer su patria de una industria que los cobije, una dificultad que sin embargo ayudó a los músicos a ser más originales.

En el año 2009 Islandia estuvo en el foco de la tormenta. Rompiendo con la imagen de Escandinavia como un lugar siempre estable, el país sufrió la peor crisis económica de su historia. Después de décadas de crecimiento, fruto de oscuros manejos bancarios, estos vikingos tranquilos salieron a las calles a reclamar un cambio político que controlara a los grupos financieros poderosos. Desde entonces la isla fue mejorando su situación con un porvenir que se adivina optimista. Quizás su participación en el Mundial de Rusia 2018 sea la frutilla del postre después de la tormenta. Después de todo, con una población tan escasa, es probable que no exista islandés que no sea familiar o amigo de algunos de los miembros del equipo nacional.

Los monstruos que más nos gustan

"Adoro a los monstruos. Realmente es a los humanos a quienes encuentro repulsivos. Por eso, con esta exposición trato de mostrar el horror y la belleza de los monstruos". El autor de esta frase no es otro que Guillermo del Toro, el realizador mexicano que acaba de ganar el Oscar a mejor película gracias a "La forma del agua" y la pronunció al inaugurar una muestra sobre su obsesión por los seres viscosos y deformes. La historia de su último filme – en el que la empleada muda de un laboratorio militar se enamora de una criatura acuática – es un capítulo más en la historia de fascinación que las personas sentimos frente a lo monstruoso. Esos seres estéticamente grotescos representan "lo otro", aquello que no se adapta a la norma social imperante.

La idea de que los monstruos son en realidad una expresión de la mente en lugar de una visita desconocida venida del exterior es vieja. El gran pintor español Francisco de Goya lo explica en su obra "El sueño de la razón produce monstruos", en la que vemos un hombre durmiendo apoyado sobre un escritorio mientras es acosado por oscuras criaturas. El concepto es claro: detrás de muchas empresas que consideramos civilizadas se esconde lo irracional, aquello que surge cuando el ser humano abandona la seguridad de la sensatez.

El cine se hizo eco de esta idea y hace más de un siglo que viene poblando la pantalla con aterradores seres dispuestos a destruirlo todo. Un monstruo derrumbando un edificio o devorándose a una persona es una creación exclusivamente cinematográfica, ya que no hay otra disciplina que pueda mostrar semejante escena de una manera tan efectiva. Además de buscar provocar terror en el espectador al hacer tangible la posibilidad de una muerte en manos extrañas, estas películas nos recuerdan – mediante la destrucción sistemática de ciudades y otros elementos de propiedad privada – lo insignificantes y pasajeros que son los bienes materiales a los que nos aferramos. Por todos estos motivos estas criaturas son mucho más que recursos truculentos del espectáculo. A continuación repasamos algunos de los más inolvidables esperpentos monstruosos que nos brindó el séptimo arte.

El Golem (1920): La bestia de este clásico temprano del expresionismo alemán puede parecer ridícula si se la compara con el tamaño y aspecto de futuros monstruos, pero resulta ejemplar por mostrar un esquema clásico del horror: la criatura que termina volviéndose en contra de su creador (el mismo mecanismo que siguen "Frankenstein" y "Jurassic Park"). Basada en una leyenda de Europa del Este, el Golem es un ser humanoide de extraño peinado creado por un rabino para proteger a su pueblo de un emperador que busca desterrarlos. Una película extrañamente premonitoria, teniendo en cuenta la persecución que los judíos sufrirían años más tarde en Alemania.

King Kong (1933): Los directores Merian C. Cooper y Ernest Schoedsack pusieron en escena esta fábula tardía que rescata el espíritu de las historias de aventuras del siglo XIX. Cuando un grupo de expedicionarios captura un simio gigante y lo saca de la isla prehistórica en la que vive para llevarlo a la gran ciudad no imaginan el error que están cometiendo. Pero más que la abrupta mudanza lo que perturba a este enorme mono es la belleza de Fay Wray, una rubia a la que secuestrará mientras escala el Empire State. Un momento que hoy una es una imagen icónica de la historia del cine. Aunque las remakes de esta historia - estrenadas en los años 1976 y 2005 - son entretenidas, esta versión original tiene el encanto de los ingeniosos FX's del legendario Willis O'Brien.

Godzilla (1954): Japón es el única nación que ha sufrido un ataque nuclear masivo, lo cual provocó un fuerte impacto en su cultura. El director Ishiro Honda (íntimo amigo de Akira Kurosawa) canalizó los miedos de sus compatriotas en este filme que creó una saga que continúa hasta nuestros días. El nombre de este reptil mutante que destruye todo con su aliento atómico parte de la unión de las palabras gorira y kujira, que en japonés significan gorila y ballena respectivamente. Su popularidad trascendió rápidamente su país de origen, transformándose es uno de los más reconocibles íconos nipones adoptado por la cultura pop universal. Además este lagarto dio origen al género Kaiju, que es como los orientales denominan a las películas de monstruos.

Tarántula (1955): La década del 50´es la era de los monstruos gigantes por excelencia. El llamado "terror atómico" caló hondo en la opinión pública de la época y se manifestó en decenas de películas con animales y criaturas gigantescas, las cuales – afectadas por la radiación – la emprendían contra ciudades y habitantes. Aquí es el arácnido del título el que adquiere enormes proporciones para luego arremeter contra la civilización toda. Jack Arnold, director del filme, invirtió dos años más tarde la ecuación al dirigir la ingeniosa "El increíble hombre menguante" (1957). Allí el protagonista se expone accidentalmente a una nube nuclear y empieza a achicarse poco a poco, lo que transforma su vida diaria en una pesadilla. Imperdible.

Godzilla

Los Cazafantasmas (1984): Aunque técnicamente se trata de una comedia de fantasmas, este clásico de los 80' tiene uno de los más originales monstruos de la historia. Cuando cerca del final los protagonistas son invitados por el malvado Gozer a poner su mente en blanco porque cualquier cosa que piensen se materializará de la peor manera, Ray (Dan Aykroyd) imagina que un simpático marinero hecho de malvaviscos es algo tan inofensivo que no representará peligro alguno para nadie. Inmediatamente una regordeta y enorme figura blanca aparece entre los edificios neoyorquinos, obligando los Ghostbusters a combatirlo con sus rayos protónicos. Una creación entrañable y destructiva por partes iguales. 

The Host (2006): Todo empieza con una escena de crítica política, en la que un científico estadounidense obliga a un asistente a vaciar cientos de botellas de formaldehido en mal estado a las aguas del río Ham de Seúl. Aquel hecho de contaminación engendrará a uno de los bichos más asombrosos de los últimos años, protagonista de una de las películas más vertiginosas del cine reciente. Melodrama familiar, comedia negra, terror y mensaje ecológico conviven sin molestarse en el filme más taquillero de la historia del cine coreano. Una de las vueltas de tuerca más originales al género de las monsters movies.

Cloverfield (2008): El recurso de presentar una película como si fuera found footage (un supuesto video real encontrado accidentalmente) no es novedoso, pero esta producción lo usa con sabiduría. Con el productor estrella J.J. Abrams digitando todo, "Cloverfield" comienza retratando a un grupo de jóvenes emprendiendo una noche de fiesta para luego brindar los sobresaltos más efectivos que dio el cine industrial de los últimos años. Un blockbuster inteligente.

Colossal (2016): ¿Qué relación existe entre una joven estadounidense con problemas con el alcohol que vuelve a su pueblo natal y una criatura gigante que destroza una ciudad coreana? Este particular filme del español Nacho Vigalondo relaciona esos dos hechos en una propuesta que exige mucha complicidad por parte del espectador. Pero. a pesar de lo ridículo de la consigna, la historia se sostiene con inteligencia gracias al carisma natural de Anne Hathaway. Una película diferente, para amar u odiar sin términos medios.

Por supuesto que son muchos los engendros que quedan afuera de esta lista. Pero sea cual fuera la criatura que habita la pantalla hay que recordar que es solo una expresión del lado oscuro humano, ese costado ominoso que tratamos de ocultar en el día a día. En nombre de la civilización hace siglos que se viene atentando contra la naturaleza en un acto megalómano que no conoce límites. Dándole la razón a Del Toro, los hechos demuestran que el ser humano es la más destructiva de las criaturas, ya que al combatir una otredad que lo asusta se transforma en el algo mucho más amenazante. Como lo advirtió Friedrich Nietzsche con su habitual agudeza: "El que lucha contra monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en monstruo". Un consejo que deberíamos tomar en serio.  

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Peleando el ascenso

Empecemos siendo obvios: la venta de discos hoy no es el ingreso central de ningún músico. Mientras que hasta los años 90' era casi obligatorio que los artistas entregaran nuevo material cada año hoy hay que esperar bastante tiempo para escuchar novedades de nuestras estrellas favoritas. Las giras, los festivales y las alianzas con sponsors de todo tipo son lo que lleva dinero a los bolsillos, por lo que los tiempos de presentación de nuevas canciones se estiraron considerablemente. Franz Ferdinand no es la excepción a la regla, ya que cinco años pasaron desde la aparición de su último álbum.

Desde octubre del año pasado "Always Ascending", tema que le da nombre al nuevo disco, suena como un adelanto promocional, equilibrando la inevitable influencia de David Bowie con esas frases finales bien machacadoras que la banda escocesa maneja a la perfección. Ahora que el trabajo se conoce en su totalidad queda claro que los muchachos de Glasgow buscan reflejar el cambio de formación en su música. La partida (aparentemente momentánea) del guitarrista Nick McCarthy para dedicarse a su familia y a otros proyectos musicales empujó a la banda a incorporar dos nuevos miembros. Esto provoca un cambio de sonido en ciertos pasajes, más cercanos al synth-pop que al rock bailable característico.

Sin embargo el bajo galopante de "Lazy boy", acompañado con un teclado juguetón y un riff a tono, nos acerca al sonido de sus primeros discos. Por otro lado hay algo de soul en "Paper Cages", pop electrónico en "Lois Laine" y funk, con saxo incluido, en "Feel the Love Go". Pero también encuentran tiempo para ponerse tiernos en "Slow Don´t Kill Me Slow", la muy británica balada que cierra el álbum. En varios momentos las guitarras están distorsionadas al punto que no se distinguen de los sintetizadores, una elección que probablemente no hará sonreír a los fans más tradicionales.

Pero más allá de lo musical, un factor fuerte en la identidad de Franz Ferdinand es el carácter satírico de sus letras, en las que parecen no tomarse muy en serio a sí mismos. Allí está "Academy Award" para demostrar esa inteligencia punzante que los aleja de la impostada 'sensibilidad' de otro artistas indies, mientras Alex Kapranos canta "Somos protagonistas en la película de nuestras vidas y el Oscar de la diversión lo ganaste vos". El estupendo video de "Feel The Love Go", con una estética de sitcom televisiva barata, es también una prueba del temperamento humorístico de estos cuarentones cool.

"Right Thoughs, Right Words, Right Action", el trabajo anterior del conjunto, había supuesto un suculento banquete de canciones que daba en el blanco del gusto popular. Este nuevo intento de Kapranos, Bob Hardy, Paul Thompson y los recién llegados Julien Corrie y Dino Bardot suena algo inconsistente. Cambiar siempre es positivo, aunque implique abandonar los caminos estilísticos conocidos y arriesgarse a defraudar a los viejos seguidores. Y en un disco llamado "siempre ascendiendo" ese riesgo se multiplica.

  • Publicado en Música
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