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Luis Alberto Pescara

Luis Alberto Pescara

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Una foto que retrata al mundo entero

Una creencia muy difundida en la cultura popular es que los aborígenes americanos tenían fobia a ser fotografiados porque creían que esa acción les robaba el alma. Usada muchas veces con fines humorísticos, esta afirmación no deja de ser un reflejo de cierto acercamiento colonialista a las culturas diferentes. La antropóloga Caroline J. Marr afirmó que si bien algunas tribus del noroeste de Estados Unidos manifestaban temor frente a las máquinas de fotos, esto se debía a que pensaban que eran armas. Las muertes causadas por los rifles de los colonizadores habían diezmado a los pobladores originarios, ocasionando un justificado temor ante cualquier artefacto desconocido.

Por otro lado existe un abundante legado de arte visual precolombino que prueba que los habitantes de nuestro continente sentían, al igual que los europeos, una pulsión por retratar el mundo que los rodeaba. La necesidad de capturar la realidad que nos rodea es tan antigua como la raza humana. Desde los tempranos dibujos en las cavernas prehistóricas hasta las cientos de selfies que hoy se toman a diario, todo obedece a la urgencia de nuestra especie por atrapar instantes específicos, dejando constancia perenne de un momento o escenario memorable. Esa lucha por contrarrestar aunque sea simbólicamente el paso del tiempo es la base del espíritu fotográfico. Y la explicación de su actual vigencia.

En los últimos años, coincidiendo la posibilidad de que casi todo el mundo disponga de un artefacto para registrar imágenes, se produjo un resurgir de la técnica del daguerrotipo. Cuando Louis Daguerre presentó al público este mecanismo en 1839, luego de perfeccionarlo durante muchos años basándose en técnicas como la camera oscura, nunca pensó en sus posibilidades artísticas y mediáticas. En el París posterior a la Revolución Industrial los inventores fascinados por las nacientes maravillas técnicas solían pensarse más cerca de la ciencia que del arte. Sin embargo personalidades como Charles Baudelaire denunciaron al nuevo invento como una abominación que venía a remplazar a la pintura y un periódico alemán conservador calificó al invento de "diabólico artificio francés". El temor de muchos europeos ante esta novedad era más irracional que las futuras sospechas de los nativos americanos.

El reinado del daguerrotipo – que necesitaba de una prolongada exposición de la imagen para que esta quedara fijada en una única lámina de plata – duró solo 20 años. Para la segunda mitad del siglo XIX máquinas cada vez más baratas y livianas empezaron a popularizar la fotografía. Pero el mayor cambio que trajeron estos avances fue la posibilidad de hacer numerosas copias de lo registrado, lo que marcó un cambio en la forma de difundir y consumir imágenes. Hasta entonces solo los monarcas, políticos y aristócratas tenían la posibilidad de retratarse, pero ahora las clases populares también accedieron a sesiones fotográficas, las cuales se asumieron como un lujoso ritual. Coleccionar momentos dentro de un libro especialmente diseñado para tal fin generó en las personas una forma totalmente nueva de acercarse al pasado. A partir de entonces el álbum de fotos familiar fue un objeto infaltable en cualquier casa, un archivo de consulta y nostalgia.

En las fotografías primitivas las personas aparecían posando de una manera ceremonial, muchas veces acompañadas de una modesta puesta en escena decidida por el fotógrafo. Esto obedecía a la aún fuerte influencia que los retratos pintados ejercían sobre la nueva disciplina, pero también a cierta necesidad de ficcionalizar la realidad. Este fenómeno es el centro de uno de los debates preferidos por los académicos que escribieron sobre esta disciplina: ¿Hasta qué punto es confiable la supuesta objetividad del registro fotográfico? Actualmente, cuando existen miles de formas de intervenir las imágenes al alcance de la mano, esta ambigüedad está más presente que nunca. Ya en la década del 70, Susan Sontag lo había sentenciado: "La fotografía no se limita a reproducir lo real, lo recicla".

Esa ilusoria sensación de verosimilitud fue rápidamente aprovechada por el periodismo. Hasta 1850 los diarios y revistas depositaban la parte visual de sus páginas en ilustradores y grabadores. Si bien la Guerra Civil de Estados Unidos (1861 – 1865) ya había sido registrada por fotógrafos especialmente enviados para cubrir el acontecimiento, hubo que esperar dos décadas para que el recurso se constituyera en infaltable en los periódicos más prestigiosos del mundo. La mayor liviandad de los nuevos artefactos junto a avances como la invención del flash en 1887 fueron de enorme importancia, mejorando la calidad de los registros para que las imprentas pudieran incluirlos entre los textos con más nitidez. Al año siguiente Jacob Riibs, dinamarqués afincado en Estados Unidos, publicó el libro How Lives the Other Half (Cómo vive la otra mitad), un retrato de los habitantes más pobres de Nueva York que es considerado fundacional dentro del fotoperiodismo, además de ser una confirmación de su poderío como documento social.

Fotografía

Se puede repasar el siglo XX ubicando de manera cronológica una serie de fotografías icónicas. El rostro de una madre migrante durante la Gran Depresión retratado por Dorothea Lange, el desembarco de Normandía registrado por Robert Capa, un monje budista inmolándose capturado por Malcolm Browne, una niña huyendo del napalm en Vietnam según la lente de Huynh Cong Ut o un buitre observando la agonía de un niño africano en la famosa foto tomada por Kevin Carter, son momentos que resumen una historia turbulenta. Pero el gigantesco fresco que conforman estas instantáneas no está exento de polémicas, como la puesta en duda de la verosimilitud de algunas fotos famosas (como Muerte de un miliciano de Capa)  o el dilema moral que implica la no intervención del fotógrafo frente a la situación monstruosa que retrata.

Actualmente la fácil intervención de lo fotografiado que permite la tecnología digital pone en cuestión al fotoperiodismo. En el año 2012 la premiada captura de una procesión fúnebre en el territorio de Gaza ocupado por las tropas israelíes, obra del suizo Paul Hansen, fue sometida a peritaje por parte de la prestigiosa World Press Photo. Todo indica que la imagen es una composición de varias capturas, provocando un debate sobre los límites éticos de presentar una fotografía como real cuando ha sido modificada. Una polémica vigente teniendo en cuenta que la práctica de aplicar filtros y 'retoques' a todo lo fotografiado es casi universal.

De todas maneras la riqueza de las imágenes siempre va a depender más de quien observa que de quien las toma. En este sentido es ejemplar la lectura que el filósofo alemán Walter Benjamin – otro fascinado por esta disciplina durante la década del 30' – hace de una foto del niño Franz Kafka. En ella se observa al futuro escritor con una mirada melancólica en una escenificación pretendidamente exótica. "En su tristeza sin riberas esta imagen ofrece un contraste con aquellas primeras fotografías en la que los hombres todavía no miraban el mundo con tanto desarraigo y abandono como aquel muchacho" sostiene el pensador. Benjamin intuye todas las desgracias que el futuro traería sobre el ser humano a partir de esa instantánea desoladora del autor de La metamorfosis ¿Qué conclusión sacaría de las cientos de selfies radiantes que se comparten hoy desde celulares, en facebook, Instagram o Twitter? Quizás toda esa impostada felicidad encierra algo más que una forma de compartir momentos, buscando distraer(nos) del horror del mundo.

En el relato "Del rigor de las ciencias" Jorge Luis Borges imagina a un grupo de cartógrafos que realiza un mapa tan preciso de un Imperio que llega a tener el mismo tamaño de este, registrando cada montaña, cada valle, cada recóndito rincón. Como fruto de esta meticulosidad los habitantes piensan el mapa como una realidad concreta, olvidándose que es solo una representación. Quizás si hoy unimos como un puzzle todas las fotos de todos los formatos que se toman todos los días en los más distintos sitios y situaciones, se pueda hacer real esta fantasía borgeana. El resultado final sería una gran fotografía que retrata al mundo entero. El dilema es que quizás tendría que ver muy poco con lo real.

El beatle incansable

¿Se puede decir algo nuevo después de más de 55 años de carrera? La respuesta más evidente es que es muy difícil que esto pase. La carrera solista de Paul McCartney no da señales de detenerse a casi 5 décadas de la separación de la banda que lo llevó a la inmortalidad. Cuando pasan unos años desde su último lanzamiento muchos piensan que finalmente se retiró a vivir de las jugosas regalías que las canciones de los Beatles le rinden mes a mes. Pero entonces la noticia de la grabación de un nuevo disco deja en claro que el músico de Liverpool no tiene intenciones de abandonar el negocio.

"Egypt Station" es el título del álbum de estudio número 18 de Sir Paul, sin contar las muchas recopilaciones y colaboraciones en las que participó. Si "New", su anterior lanzamiento, insinuaba una renovación del sonido con alguna que otra bienvenida incursión electrónica, aquí se apuesta a lo seguro, con alguna que otra pincelada refrescante. Un ejemplo de esto es el corte "Fuh You", fuertemente influido por el pop millenial de celebridades como Ed Sheeran.

Aquí lo que prima son las baladas, con muy pocos solos de guitarra. Allí está "I Don't Know", canción para piano ideal para escuchar una tarde melancólica de domingo, con el protagonista preguntando "¿Qué me está pasando?" sin obtener respuesta. No todas son dudas y durante varios pasajes el legado beatle se hace sentir, pero probablemente nunca tanto como en el folkie "Happie With You", que parece saludo directamente del Álbum Blanco. Lo mismo corre para "Confidante", cuyo tono nostálgico parece dedicado a Linda, su esposa fallecida en 1998.

No hay muchos más momentos rockeros durante este viaje. Uno de ellos es "Come On To me", que trae ritmo y la siempre envidiable capacidad del bajista y cantante para entregar estribillos simple y contagiosos. Un estupendo riff de vientos sobre el final eleva la canción a otro nivel. Otro es "Who Cares", inspirado por el maltrato de medios y haters hacia Taylor Swift, confirmando que el veterano artista está al día con los sucesos del star system actual. Por otro lado el groove de "Back In Brazil", rico en percusión, invita a mover la cabeza de forma inevitable.

Por supuesto que también aquí están esos temas 100% McCartney que podrían haber formado parte de cualquier vieja entrega de su discografía, como "People Want Peace" o "Hand In Hand". En dichos casos los cínicos bostezarán ante el inevitable deja vu. Pero por suerte los numerosos cambios de ritmo del casi progresivo "Despite Of Repetied Warnings", que recuerda a Wings, su grupo de los 70', nos dicen que este hombre de 76 años aún puede sorprender.

Paul McCartney nunca fue un vanguardista, para eso ya hubo gente como David Bowie. Lo suyo siempre fue la emoción y la melodía, dos elementos que abundan en esta estación egipcia cuyo arte de tapa pertenece al músico. En un momento de la vida en el que parece estar bajando varios cambios y aceptando su edad, como lo testimonian las canas que finalmente no oculta, este puede ser un buen disco para adentrarse en una obra solista que ya está a la altura de la de su legendaria banda de los 60'. Más de lo mismo, pero hecho de una manera más que placentera.

  • Publicado en Música

Comedia sin límites

Un recordado sketch de Monty Python plantea la historia de un chiste tan divertido que quienes lo oyen mueren riéndose, lo que provoca que el ejército lo utilice como un arma mortal contra su enemigo. El problema es que cada soldado debe contar solo un fragmento de la broma, ya que si la conoce en su totalidad también puede morir alcanzado por su efectividad letal. El humor en cierta manera siempre fue un arma de doble filo, un recurso capaz de criticar a los poderosos y acompañar causas justas pero que también puede ser usado para herir susceptibilidades varias.

En esta época en la que todos los debates se libran en la esfera pública la discusión sobre cuáles son los límites del humor está más viva que nunca. Desde destacadas personalidades públicas a anónimos usuarios de redes sociales se quejan porque hoy es muy dificultoso hacer bromas sobre una multitud de tópicos, muchos de ellos relacionados con minorías étnicas o sexuales, defectos físicos o desigualdades sociales. El término "políticamente correcto" se utiliza despectivamente para designar a quienes reaccionan alarmados ante alguna forma de humor que usa un tema sensible para incomodar. Y si siempre hubo cómicos audaces como Lenny Bruce y George Carlin (ambos estuvieron presos por la acidez de sus rutinas), hoy abundan los incorrectos a tiempo completo que buscan shockear al espectador sin más impulso que la burla pura.

Esto nos coloca ante un dilema ¿Debe el humor tener como única función hacer reír sin ninguna preocupación ética? Algún guionista sostuvo que si la única defensa para justificar un chiste es que "se trata solo de un chiste" quizás este no sea uno muy bueno. Habría que preguntarle a Seth McFarlane, quien luego de hacer varias bromas que fueron juzgadas como sexistas al ser anfitrión de la ceremonia de los Oscars sufrió semanas de acoso en las redes sociales y vio afectada negativamente la performance de taquilla de Ted 2. Casos similares se vienen repitiendo en distintos países, alcanzando también a personalidades locales. Recientemente Roberto Pettinato vio bajar de cartel su nuevo espectáculo cómico debido a una serie de declaraciones pretendidamente sarcásticas que no fueron bien recibidas por el movimiento feminista.

Lo que para muchos es solo un cambio de paradigma dentro del humor para otros es una forma de vigilancia reaccionaria. El actor cómico estadounidense Patton Oswalt señaló que esta clase de reacciones "van a dañar al movimiento progresista de este país mucho más que cualquier otra cosa". Otras estrellas consagradas como Jerry Seinfeld y Chris Rock afirmaron que las audiencias universitarias actuales se volvieron tan susceptibles que califican cualquier cosa como sexista o racista, por lo que muchas veces prefieren autocensurarse apostando al material más seguro. Los casos son tantos que el periodista Jon Ronson los documentó en su libro You've Have Been Publicly Shamed (Fuiste públicamente avergonzado), que critica el uso justiciero de las redes para denunciar humoristas.

Desde siempre muchas colectividades y grupos oprimidos usaron el recurso de la auto-referencia despectiva para fortalecerse en los entornos desfavorables. Es lo que permitió que el comediante negro Richard Pryor usara la ofensiva palabra nigger en la década del 60', en plena época de agitación racial, y que Damon Wayans parodiara el look gangster de sus morenos colegas. Este uso del humor como defensa también aparece en las ironías sobre ciertas conductas lesbianas de los monólogos de la australiana Hannah Gadsby y en las burlas del argentino-japonés Akira Kaneto hacia los estereotipos orientales. Pero la línea de la acidez es delgada y la pertenencia a la comunidad aludida no siempre evita polémicas. La actriz de ascendencia asiática Margaret Cho realizó una imitación del presidente norcoreano Kim Jong-un que no fue bien recibida por el público de los Golden Globes. "La gente le dice a los orientales cómo deben sentirse sobre su raza porque tienen demasiado miedo de decírselo a los negros" señaló con ironía Cho.

Por supuesto que las bromas incorrectas no nacieron con internet ni con la con la cultura del stand-up. La picaresca popular siempre apeló a lo escatológico, lo irreverente y lo vulgar para provocar carcajadas. Los relatos de origen oral reunidos por Geoffrey Chaucer en Los cuentos de Canterbury y por Giovani Boccacccio en El Decameron están llenos de incorrección, logrando de modo genuino una mezcla de incomodidad gozosa en quien los lee. Pero los aldeanos ingleses y las campesinas italianas no disponían de Facebook o twitter para expresar su descontento por una broma demasiado ofensiva. Por otro lado estos textos también incluían divertidos ataques a la Iglesia y a la monarquía, equilibrando sus dardos hacia los oprimidos sectores plebeyos con golpes a los más altos círculos de Poder. Estos últimos siempre tuvieron la ventaja de poder cortar cabezas si algún bufón se ponía más transgresor de lo recomendable.

TheProducers

Aquí aparece una de las primeras consideraciones a tener en cuenta a la hora de ejercer la comedia irreverente: no es lo mismo burlarse de alguien importante que tiene medios legales o físicos para defenderse que estigmatizar a los miembros de alguna minoría que está en clara desventaja. No significa que no se pueda hacer chistes sobre grupos raciales, sexualidades diversas, impedimentos físicos y víctimas de tragedias, si no que hay que saber que, debido a las tremendas historias que los marcan, aquellos que son burlados tienen todo el derecho a reaccionar si se sienten agredidos. Quien juegue con estos tópicos debe estar dispuesto a sufrir las consecuencias de las palabras elegidas para su acto. De lo contrario caerá en uno de los estereotipos más tristes de la actualidad: el provocador que no quiere ser provocado.

En el año 2000 la banda de punk-pop SR-71 editó la canción Political Correct criticando la imposibilidad de hacer humor con libertad y señalando como Mel Brooks tendría serias dificultades para filmar sus películas en esta coyuntura hipersensible. Sin embargo el legendario director de absurdas comedias como The Producers y Blazzing Saddles hace años que viene ofreciendo su propia ética de la comedia. Desde su óptica La vida es bella de Roberto Benigni es un film fallido no solo por trivializar el Holocausto, si no por proponer la idea final de que una persona se puede recuperar de cualquier problema. "No, uno nunca se recupera de un campo de concentración" sentenció Brooks en una entrevista. Y lo dice el sujeto que imaginó un musical llamado Springtime for Hitler con el único objetivo de ridiculizar al tirano alemán. Al estrenarse en 1969 este clásico de la sátira ofendió tanto a judíos como a simpatizantes nazis. Nada de eso ocurrió cuando volvió a las salas 50 años después en formato musical.

Cada época tiene una noción distinta de lo que es tabú y transgresión a la hora de hacer humor. Así como las películas de Mel Brooks son un ejemplo de material cómico incendiario del siglo XX, hay textos más antiguos que también invitan al debate. Una muestra es el libro Una modesta proposición para que los niños de los pobres no sean una carga para sus padres o para el país y puedan ser útiles al público editado por Jonathan Swift en 1729. Allí el escritor propone solucionar la plaga de niños hambrientos de Irlanda usándolos como alimento para los más ricos terratenientes del país ¿Cuál sería el grado de tolerancia a este escrito hoy en día? Hay muchas formas de entender la comedia y cada persona imagina cuál es el límite que no se debe cruzar. El dilema es que ese límite es tan variado como el volumen de las carcajadas dentro de un teatro.

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Emociones en blanco y negro

Muchos críticos de cine de la vieja escuela se quejan de la idea de cinefilia que los jóvenes contemporáneos manejan. El acercamiento estrictamente pop al séptimo arte, en el que el fanatismo masivo por las sagas populares es más importante que los logros artísticos, junto a la explosión de las series como forma de interacción social y entretenimiento hacen que hoy muchos abandonen la forma antigua de formarse como amantes del cine. Como si las películas recién hubieran empezado a producirse hace 30 o 40 años, adentrase en el mundo del cine clásico para muchos es sinónimo de tedio.

Algunos memoriosos recordarán que hace algunos años existió cierta intención de los distribuidores de cine de fomentar el reestreno algunos títulos prestigiosos del pasado en las grandes salas. Fruto de ellos se exhibieron versiones restauradas de "Touch of evil", la obra maestra de Orson Welles originalmente estrenada en 1958, y de "Casablanca", la súper citada cinta de espionaje romántico protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Estas reposiciones permitían acercarse a las virtudes del clasicismo, que sirvió de base a muchas de las formas narrativas y estéticas que hoy caracterizan a lo que conocemos como cine. En particular la Edad de Oro de Hollywood – que comprende a las décadas del 30', 40' y 50' - forjó una serie de mecanismos ficcionales de importancia fundamental para que lo audiovisual evolucione como el arte más representativo de nuestro tiempo.

Por supuesto que también es inevitable realizar una lectura ideológica de ese periodo histórico, ya que también evidencia la cómo este medio audiovisual jugó un papel central en apuntalar a Estados Unidos como la potencia mundial. En esa edad dorada de los grandes estudios se forjaron los géneros cinematográficos tal como los conocemos hoy, con títulos que no casualmente son mencionados por realizadores de todo el mundo como una influencia fundamental. A continuación recomendamos varios títulos clásicos de esa época lejana, los cuales tienen una absoluta vigencia en la actualidad ya sea por su originalidad, solidez narrativa, innovación técnica o por crear un parámetro estético que aún se repite en la producción actual.

Freaks (1932): Mucha gente cree que no existía riesgo y capacidad revulsiva en el viejo cine. Todas estas personas abandonarán rápidamente este prejuicio luego de ver este filme único de Tod Browning. Un circo lleno de los seres más grotescos imaginables – personas con distintas forma anomalías físicas reclutadas especialmente para participar en la película) es el centro de esta historia que detalla un matrimonio por conveniencia que termina muy mal. La película generó enorme controversia al momento de su estreno y casi acabó con la carrera del director, pero resucitó décadas más tarde como un título de culto. Esta clase de experimentos era común en los departamentos destinados a producciones de bajo presupuesto de los grandes estudios, pero en 1934 las leyes de censura conocidas como "Código Hays" pusieron fin a tanta libertad. No es casualidad que Johnny Ramone lo considerara su película favorita.

Sopa de ganso (1933): Esta es la cinta que le hace reflexionar a Woody Allen sobre la inutilidad del suicidio en el final de "Hanna y sus hermanas". Luego de verla es fácil entender por qué. En el reino ficticio de Freedonia todo es posible gracias a la infinita imaginación de los Hermanos Marx (Groucho, Chico, Harpo y Zeppo), un grupo cómico nacido en el voudeville que se encargó de traer anarquía al humor de la gran pantalla. No es exagerado decir que Chachachá y los Monty Python jamás hubieran existido sin esta troupe de delirantes neoyorkinos. Como prueba de la irreverencia de esta película basta decir que su burla sin inhibiciones contra la guerra y sus responsables enojó al mismísimo Benito Mussolini, que decidió prohibir esta cinta en Italia. Un título central de la sátira absurda.

Las uvas de la ira (1940): En el viejo Hollywood no todo era pasatismo y espectáculo, también había lugar para la denuncia social. El gran John Ford (famoso por sus westerns, pero también creador de obras notables en muchos otros géneros) dirigió a Henry Fonda interpretando a Tom Joad, un anti-héroe que junto a su sufrida familia recorre la mítica Ruta 66 presenciando toda clase de injusticias durante la Gran Depresión. El film concluye con el famoso y combativo monologo. "Estaré dando vueltas en la oscuridad. Estaré en todos lados, en cualquier lugar en el que puedan verme. En donde haya una pelea o existan personas que no tengan para comer, estaré allí. En donde un policía esté golpeando a un tipo, estaré allí. Estaré en los caminos en los que las personas gritan al volverse locas. Y en donde los niños rían al saber que la cena está lista luego de que pasaron hambre, y cuando la gente coma lo que ellos mismos sembraron en la casa que ellos construyeron; también estaré allí". Sin dudas Tom Joad fue el primer descamisado del celuloide.

Hitchcock

Extraños en un tren (1951): Lejos de aburguesarse, Alfred Hitchcock no perdió ni un ápice de su talento cuando pasó de la industria fílmica inglesa a la norteamericana. Incluso fue audaz a la hora de elegir qué novelas adaptar, como ocurre con esta historia de la genial Patricia Highsmith. Un tenista y un extraño hablan livianamente sobre lo ventajoso que sería para ambos intercambiar asesinatos para eliminar a las personas que les complican la vida ¿Quién sospecharía de ellos? Todo se complica cuando el segundo se toma las cosas demasiado en serio y decide. Los más informados ya se habrán dado cuenta de que este es el mismo argumento de "Tira a mamá del tren", película con la que Danny De Vito homenajeo explícitamente a este clásico de Hitchcock.

El apartamento (1960): Para quienes siempre se quejan de que muchas mujeres eligen a los tipos más despreciables como sus parejas, esta maravilla es un gran antídoto. La química entre Jack Lemmon y una muy joven Shirley MacLaine es imbatible, en una película tan divertida como humana. De fondo la cinta ofrece un punzante retrato del mundo laboral dentro de las oficinas, sin perder jamás la elegancia. Su director, Billy Wilder, huyó de Austria justo cuando Hitler tomaba el poder. Desde el exilio realizó en Hollywood algunas de las comedias más inolvidables de la historia, las cuales siguen teniendo una enorme influencia dentro del cine actual. Un film encantador que se disfruta tanto solo como en pareja.

Vale la pena superar los prejuicios y animarse a ver estos títulos que se sostienen en el tiempo con una sorprendente vitalidad. En todos ellos podrán reconocer cualidades y momentos luego utilizados en muchos filmes que vamos a ver a las salas semana tras semana. Hay que superar la fobia al blanco y negro y evitar la idea de que los tiempos narrativos de esos años son mucho más lentos de los que normalmente vemos. Estos clásicos son la demostración de por qué Hollywood se ganó merecidamente el apodo de la "Fábrica de Sueños", una factoría de imágenes que asustó al filósofo alemán Walter Benjamin, pero que nos sigue embriagando hoy en día.

  • Publicado en Cine/TV
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