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Medicina demente

Cuando las irregularidades y las estafas con fines comerciales salpican a la ciencia médica.

Si hay algo de lo que hemos hablado desde comienzos del 2020 es sobre la salud, debido a la pandemia mundial de coronavirus. Después de un largo tiempo si bien no ha terminado «la pesadilla», hay millones de personas vacunadas y la gravedad de los casos, en líneas generales, han disminuido notoriamente.

Durante el otoño y el invierno, estaciones pródigas en pestes de todo tipo, la figura del médico cobra un lugar central en nuestra vida. Cuando aparecen los primeros síntomas de una gripe y la salud flaquea todos tenemos un doctor de cabecera en quien confiamos ante una inminente enfermedad. Sin embargo los discípulos de Hipócrates no siempre se han destacado por su cordura y valores.

Para muestra basta un botón: en el año 2013 el respetado psiquiatra Leon Eisemberg reconoció que el Trastorno de Atención e Hiperactividad, conocido como TDAH, que se le suele diagnosticar a los niños inquietos es una “enfermedad ficticia”, un invento. Inmediatamente estalló el debate ético y cundió la alarma ¿Cuántas veces habremos confiado ciegamente en un profesional de la salud que en realidad nos embaucaba?

Las irregularidades salpican toda la historia de la medicina. A veces se trató de oscuras estafas con fines comerciales, otras de errores que respondían a la ignorancia de la época, pero los diagnósticos bizarros y los medicamentos extravagantes existen desde siempre. Como toda ciencia, la medicina responde a un sistema de conocimientos que se encuentra en eterna mutación fruto de constantes descubrimientos y experiencias. Pero al aplicar el método científico basado en “ensayo y error” sobre algo tan delicado como la salud, los resultados pueden tener graves implicancias. O simplemente caer en el delirio, como testimonian algunos de los casos históricos.

La práctica contemporánea – difundida sobre todo en EE.UU. – de medicar a los niños con hiperactividad no es algo nuevo. Hacia fines del siglo XIX una serie de “jarabes calmantes” (el más popular fue “Mrs. Winslow´s Soothing Syrup”) se vendía en farmacias y tiendas para que los padres atareados de la belle epoque, mientras se acomodaban el monóculo, pudieran controlar mejor a sus chicos. Estos tranquilizantes contenían pequeñas dosis morfina, cloroformo, codeína y cannabis, lo cual provocó la publicación de un artículo en The New York Times denunciando sus peligros. Hacia 1910 dejaron de fabricarse, para fortuna de los infantes victorianos.

Durante la misma época cayó en desuso el jarabe de caracol, un viscoso líquido al que erróneamente se consideraba ideal para curar la tos y otros problemas de la garganta. Hoy todavía se sigue promocionando la baba de caracol como algo ideal para limpiar el cutis. Aparentemente se trata de un molusco milagroso.

En el terreno de la medicina estética, la pérdida de peso es una vieja obsesión para la humanidad. Uno de los métodos más extravagante que los especialistas recomendaron para mantener la línea fue la ingesta de huevos de lombrices solitarias. Se vendían en baldes gigantes y las publicidades aseguraban que eran “fáciles de tragar”. Los profesionales afirmaban que las tenias devoraban los sobrantes de comida dentro del vientre, provocando un adelgazamiento notable. La realidad es que esto causaba infecciones en el aparato digestivo e, irónicamente, distención abdominal; todo lo contrario al efecto buscado. Este caso puede parecer una estafa demasiado evidente, pero hay que señalar que una enorme cantidad de pastillas para adelgazar que circularon a lo largo de las décadas eran nocivas para la salud, causando fiebre, problemas cardiacos y adicción.

Electroterapia y disfunción eréctil son dos términos que jamás deberían formar parte de la misma oración. Pero la llegada de la electricidad provocó tanto entusiasmo que no tardaron en atribuírsele poderes curativos de todo tipo. Una de sus aplicaciones más insólitas consistió en la creación de una serie de cinturones eléctricos (hubo varias marcas compitiendo en el mercado promocionadas por serios doctores) que afirmaban combatir los problemas de erección. El pobre usuario recibía pequeñas descargas que buscaban llenar de vigor su entrepierna, preparándolo para el momento de las relaciones. Si el uso de viagra para muchos es humillante, cuesta imaginarse lo embarazoso que debe haber sido ser descubierto con tanto voltaje rodeando la cintura.

Todos estos remedios tuvieron el aval de la medicina a la hora de ser comercializados y pueden entenderse como aberraciones debidas al desconocimiento y la falta de legislaciones de la época. Todo se torna más truculento cuando visitamos diversas técnicas de cirugía primitiva, muchas de las cuales podrían darle pesadillas al mismísimo Jack el destripador. Prácticas como la trepanación – consistente en realizar un agujero en el cráneo ante enfermedades mentales – o el desangrado provocado para limpiar el cuerpo de enfermedades son escalofriantes. Por no citar la eliminación de hemorroides mediante hierros calientes. Todas se realizaban sin ningún tipo de anestesia.

Más allá de esta crónica del espanto, es necesario confiar en la ciencia médica. Y sobre todo en su capacidad de superación con respecto al pasado. En la actualidad, a diferencia de las sociedades de antaño, tenemos toda una sólida reglamentación que nos ampara. Como dice el recordado Dr. House en un capítulo: “Casi todo lo que prescribo aquí es adictivo y peligroso, la única diferencia es que es legal”.

 

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