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Hay diversos relatos infantiles que son muchos más oscuros de lo que parecen y siempre es bueno darle otra mirada.

Periódicamente surgen voces críticas sobre los efectos contraproducentes que las historias de princesas – particularmente aquellas pertenecientes al universo Disney – tienen en la formación de los más pequeños. Casi todas estas películas están basadas o influenciadas por cuentos clásicos; relatos que son mucho más oscuros de lo que parecen. ¿Cuál es el secreto de la vigencia y universalidad de ese mundo de fantasía?

Cualquier lector de mirada atenta advierte que bajo la superficie maravillosa de los «cuentos de hadas» se esconde toda una galería de hechos truculentos. Niños abusados y perseguidos, tiranos rencorosos, animales antropomórficos, canibalismo y maldiciones de todo tipo hacen pensar que esas historias no estaban dirigidas al público infantil en un primer momento. Por no citar la mala prensa que madrastras y hermanastras han recibido gracias a clásicos como «La cenicienta» y «Blancanieves». Aunque las cientos de relecturas a las que estas narraciones fueron sometidas a través de los años negaron mucha de esa oscuridad, el costado perverso aún subsiste agazapado.

En su primitivo origen folklórico muchos de estos relatos buscaban aleccionar, dejar una moraleja final indeleblemente marcada en la cabeza del receptor. Y nada garantiza mejor la llegada de un mensaje contundente que el uso del terror y de las imágenes violentas. Esas historias que se transmitían de forma oral cumplían una función similar a la que el cine cumple en la actualidad, fortaleciendo lazos culturales mediante una conjunción de lo narrativo y lo efectista. Aunque la imaginería de estos relatos proviene principalmente del Medioevo europeo, existen textos de otros orígenes que pueden considerarse antecedentes, como las fábulas griegas de Esopo, «Las Mil y Una Noches» en Medio Oriente y el «Panchatantra» en la India.

Si bien inicialmente se trata de historias tradicionales de transmisión oral, en el siglo XVII autores del preciosismo francés como Charles PerraultJean de la Fontaine les dieron la forma literaria con la que hoy conocemos a muchas de ellas. Pero recién con la llegada de recopiladores como Musäus, Schönwerth y los célebres hermanos Jakob y Willhelm Grimm fue que el género quedó constituido como tal. Imitando el trabajo que habían realizado anteriormente Giovanni Boccaccio en «El decameron» y Geoffrey Chaucer en «Los cuentos de Canterbury» agrupando relatos de temática picaresca, estos escritores recuperaron de forma definitiva muchos relatos tradicionales como «Rapunzel», «Caperucita Roja», «Hansel y Gretel» y «Pulgarcito». En ese proceso terminaron influenciando a los nuevos autores, como el danés Hans Christian Andersen («El patito feo», «La sirenita», «El soldadito de plomo»), creando definitivamente el canon de los «cuentos de hadas». También atenuaron las referencias sexuales o la violencia excesiva de las historias, haciéndolas más accesibles a los niños.

Posteriormente muchos creadores célebres utilizaron la estructura de estos relatos para contar sus propias historias, como Oscar Wilde en «El príncipe feliz» y J.R.R. Tolkien en «El Hobbit». Ya en tiempos contemporáneos escritores especializados en la literatura infanto-juvenil como Roald Dahl, Michael Ende y Maurice Sendak actualizaron muchos de los tópicos de aquellos viejos relatos folklóricos.

Numerosos especialistas estudiaron los motivos por los que estas narraciones tienen tanto impacto popular. En primer lugar hay que decir que se trata de relatos míticos, que utilizan arquetipos narrativos universalmente reconocibles. Como señaló José Ortega y Gasset: «El mito, la noble imagen fantástica, es una función interna sin la cual la vida psíquica se detendría paralítica. Nos proporciona una adaptación intelectual a la realidad. El mito no encuentra en el mundo externo su objeto adecuado, pero en cambio suscita en nosotros las corrientes indirectas de los sentimientos que nutren el pulso vital. El mito es la hormona psíquica». Dicho de otro modo, estas ficciones breves constituyen un primer acercamiento del niño a ciertas formas de sociabilidad y a la resolución de obstáculos a los que los obligará la vida más adelante.

Algo muy parecido afirma, aunque desde un punto de vista más freudiano, el psicólogo Bruno Betthelheim. Su libro «Psicoanálisis de los cuentos de hadas» es un estudio de enorme influencia que describe los beneficios que los clásicos infantiles tienen en el desarrollo del niño. Estos se pueden resumir en que fomentan el desarrollo de su personalidad, ayudan a resolver conflictos de ansiedad y humillación, además de empujar a los pequeños a enfrentar sus miedos. En este sentido el investigador niega el lugar común que afirma que los cuentos infantiles, al describir universos mágicos y exóticos, acostumbran a sus jóvenes destinatarios a encerrarse excesivamente en la fantasía. Está bien que los personajes de los relatos se dividan esquemáticamente en buenos y malos, ya que esto se corresponde con una etapa del desarrollo infantil en la que los niños ven el mundo de una manera polarizada, sin tonos grises.

Igualmente las críticas hacia ciertos aspectos de los cuentos de hadas se han acrecentado en los últimos años. Ya en la década del 30′ del siglo pasado el folklorista ruso Vladimir Propp, que se especializó en el estudio morfológico del cuento, advirtió que se trata de realizaciones de un mito principalmente masculino, aún cuando muchas de ellas estén protagonizadas por mujeres. Hasta el citado Betthelheim resumió el esquema simplista de muchos relatos: «Los libertadores se enamoran de las heroínas debido a sus extraordinaria belleza que es símbolo de perfección. Después, los personajes masculinos tienen que pasar a la acción y demostrar que son dignos de la mujer que aman, cosa muy distinta de lo que las heroínas tienen que hacer: aceptar pasivamente que alguien las ame». Esos estereotipos de género hoy son puestos en cuestión.

Es indudable que la apropiación que el cine, y especialmente Walt Disney Pictures, hizo de muchas de estas historias tiene un fuerte impacto en como las percibimos. Algunos insistirán en que se trata de un escalón más en el proceso de edulcoración de leyendas para hacerlas lo más inofensivas posibles. Pero en el siglo XIX Charles Dickens ya se enojaba con los Hermanos Grimm por alterar algunas historias que recopilaron. La mitología maravillosa continuará adoptando nuevas formas más allá de los debates, como lo ha hecho desde el comienzo de los tiempos. En todo caso ninguna de estas historias llega a ser más siniestra que la vida adulta, pródiga en lobos feroces y monarcas malvados de todo tipo.

 

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