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Controversias made in Nobel

Los desaires más célebres que sufrió este premio vinieron de parte de los escritores.

El premio Nobel se originó debido a una controversia. Cuando en 1888 un diario francés informó erróneamente sobre la muerte del empresario creador de la dinamita ilustró el obituario diciendo «El Dr. Alfred Nobel, quien se hizo rico inventando la forma de matar la mayor cantidad de gente de la manera más rápida, ha muerto ayer». Esto no le hizo mucha gracia al señor Nobel, que ideó la ceremonia que hasta el día de hoy se celebra cada año en Estocolmo para dejarle un legado positivo al mundo. Desde entonces este evento no cesó de ser fuente de innumerables contradicciones y polémicas.

Son días de incertidumbre para la Academia sueca, ya que luego de varios días Bob Dylan pareció reconocer al fin el premio que le fue otorgado con una austera frase en su página web, solo para eliminarla unas horas más tarde. La polémica desatada en el mundo literario sobre si es lícito que un cantautor reciba el galardón tomará un giro más inesperado si el folk singer de 75 años rechaza el reconocimiento, uniéndose al selecto grupo de personalidades que – por convicciones personales o presiones coyunturales – no aceptaron el diploma, la medalla y las 10 millones de coronas suecas, equivalentes a un tentador millón de euros. Por el momento Dylan fue calificado de «maleducado y arrogante» por uno de los académicos escandinavos.

Los desaires más célebres que sufrió el Nobel vinieron de parte de los escritores. En 1958 la novela «El Doctor Zhivago» era un fenómeno popular en todo el planeta, a pesar de haber sido censurado en la U.R.S.S., su país de origen. Boris Pasternak – hasta entonces un destacado poeta – se vio sorprendido tanto por el éxito de su libro como por el reconocimiento de la academia sueca que decidió premiarlo. Sin embargo toda esta visibilidad no era casual, ya que la CIA había emprendido en los meses previos una campaña para popularizar la obra del autor soviético con el objetivo de exponer el costado menos feliz del gobierno comunista. Enterado de estas maquinaciones de la propaganda estadounidense las autoridades soviéticas le dijeron a Pasternak que si abandonaba el país rumbo a Estocolmo no se le permitiría volver a su patria. «Dejar este país sería para mí lo mismo que morir. Estoy atado a Rusia por nacimiento, vida y obra» escribió el autor al premier Nikita Kruschev luego de su renuncia al galardón.

«Un escritor que adopta posiciones políticas, sociales y literarias debe actuar solo de manera acorde a lo que le compete, que es el mundo de la escritura. Todos los honores que este reciba exponen a sus lectores a una presión que yo no considero deseable». El autor de esta explicación es Jean-Paul Sartre, quien enterado de los planes de la institución sueca para premiarlo en 1964 intentó detener el proceso con una carta que no llegó a tiempo. Comprometido con las luchas obreras y la pelea del pueblo argelino por independizarse de Francia, el filósofo dejó en claro que el Nobel era un premio 100% occidental que había cometido muchos olvidos objetables.

El mundo estaba convulsionado durante las décadas del 60′ y 70′ y cada decisión eran un termómetro de los conflictos internacionales. En 1973Henry Kissinger y Le Duc Tho fueron galardonados con el premio Nobel de la Paz, que se entrega en Noruega, «por los esfuerzos en los acuerdos de paz que pusieron fin a la Guerra de Vietnam». Ambos funcionarios se habían reunido secretamente durante años para lograr el cese el fuego en el país asiático hasta que finalmente lograron que las partes firmen el Acuerdo de Paz de París para poner fin al conflicto. Sin embargo Tho aseguró que tanto la administración de Estados Unidos como la de Saigón no estaban cumpliendo muchos de los puntos acordados, por lo que él aceptaría el galardón solo cuando la paz real fuera algo tangible. Kissinger no coincidió con esta afirmación y aceptó el premio sin problemas. EE.UU. se fue definitivamente de Vietnam 2 años más tarde.

Ese mismo año Henry Kissinger había jugado un papel siniestro como ideólogo del golpe de estado contra Salvador Allende en Chile. Desde 1970, junto a la CIA, el funcionario organizó una campaña de propaganda y desestabilización para derribar el gobierno socialista electo, complot que llevaría al dictador Augusto Pinochet a ocupar el sillón presidencial durante 17 años en el país transandino. Podría decirse que se trató de un desacierto excepcional de no ser porque la historia del Nobel está llena de decisiones similares, con personajes cercanos a los que Bob Dylan critica en su canción «Masters of War» siendo insólitamente reconocidos por su tarea pacificadora.

El que es terrorista para una cultura es un héroe para otra y viceversa. En 1994 el premio Nobel de la Paz conjunto al líder palestino Yasser Arafat y a los israelíes Simón Peres e Isaac Rabin intentó repetir aquella maniobra salomónica de 1973 con Kissinger y Le Doc Tho. En este caso se reconoció la «contribución histórica al proceso de paz sustituyendo la guerra y el odio por la cooperación» en Oriente Próximo, pero fue inevitable que no todos estuvieran de acuerdo, incluido algún miembro del comité de premiación que renunció en el proceso. Mucho más cuestionada fue la decisión de otorgarle el reconocimiento a Barack Obama en el año 2009, en una nominación y proceso realizados a velocidad relámpago. El mandatario estadounidense ha bombardeado siete países distintos durante sus dos periodos presidenciales, superando a todos sus antecesores.

Otra polémica inevitable tiene que ver con las omisiones ocurridas a lo largo de los años. Mahatma Gandhi fue nominado nada menos que 5 veces entre 1937 y 1948, año en que fue asesinado. Por entonces la institución sueca no consideraba la posibilidad de otorgar el reconocimiento póstumamente y cuatro décadas más tarde, como un gesto de justicia tardía, el Dalai Lama afirmó que aceptaba su premiación como un tributo al líder indio. No son pocos los que creen que la negativa a premiar a Ghandi se debió a presiones diplomáticas británicas que buscaban evitar una oleada anticolonialista que imitara el ejemplo de la India.

En casi todas las secciones del premio hay algún alvidado de fuste: el químico ruso Dimitri Mendeleyev, creador de la famosa tabla de los elementos, el médico Jonas Salk, cuya vacuna contra la polio terminó erradicando esa mortal enfermedad, y hasta el físico Stephen Hawking – aún en actividad – son algunas de los personajes ignorados por el Nobel. Pero los olvidos más más evidentes se dieron en el área de la literatura. Creadores tan influyentes como León Tolstoi, Marcel Proust, James Joyce, Vladimir Nabokov, Ezra Pound y Jorge Luis Borges nunca recibieron el galardón. En los últimos dos casos la decisión fue claramente política, ya que ambos escritores tuvieron simpatía con gobiernos totalitarios. Es curioso que la academia juegue a ser políticamente correcta luego de algunas de las decisiones arriba expuestas, además de que no tuvo reparos en reconocer la obra de Luigi Pirandello en 1934, cuando aún era simpatizante y funcionario del gobierno de Benito Mussolini.

Este año ninguno de los premios fue a manos femeninas. En números totales solo 49 mujeres fueron premiadas a lo largo de más de un siglo de ceremonias, contra 825 hombres reconocidos. Aparentemente el legado de Marie Curie – dos veces ganadora a principios del siglo XX – no encontró un equivalente contemporáneo para la academia sueca. Es probable que este tipo de desproporciones sean las que llevan a Bob Dylan, quien ya tiene un Príncipe de Asturias y un Pulitzer en su poder, a no apurarse a aceptar su galardón. O quizás simplemente adhiere a las palabras de otro ganador del Nobel, el británico Rudyard Kipling: «Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos con la misma indiferencia».

 

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