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Ciencia para el pueblo

Libros científicos que lograron gran popularidad por causar polémicas o por cambiar nuestra forma de ver el mundo.

Existe una anécdota sobre los intentos de Albert Einstein por explicarle su Teoría de la Relatividad a un ciudadano poco entendido. Para que fueran entendidas el físico graficó sus ideas con un cuento sobre trenes que se movían a diferentes velocidades y luces que se prendían en distintos lugares, pero ante el rostro confundido de su interlocutor debió recurrir a ejemplos cada vez más simples y didácticos. Cuando el hombre finalmente dijo satisfecho que al fin había entendido todo el científico respondió «Que bueno, pero ya no es la Teoría de la Relatividad».

Aunque la veracidad de este hecho nunca fue comprobada, sirve para poner en cuestión el mayor peligro de la divulgación científica ¿Cómo hacer accesible un conocimiento complejo que fue fruto de años de investigación y experimentos? ¿La ciencia puede lograr una masividad similar a la de la literatura sin perder su seriedad? Colecciones como la recordada «Biblioteca científica Salvat» de los años 80′ o la reciente «Ciencia que ladra» lograron imponer en la agenda pública temas de astronomía, física, matemática, química, paleontología, antropología, etología y un largo etcétera. Estos textos sacaron al conocimiento de academias y laboratorios para acercarlo a la gente que, en algunos casos, hasta terminó eligiendo a la ciencia como profesión gracias a ellos.

A continuación un listado parcial de aquellos libros científicos que lograron una gran popularidad. Ya sea por causar polémicas, explicar con claridad conceptos aparentemente herméticos o por modificar nuestra forma de ver el mundo, estos títulos son una puerta de entrada ideal al mundo del conocimiento duro.

El origen de las especies (1859) – Charles Darwin: Aunque los niveles de analfabetismo aún eran muy altos durante la segunda mitad del siglo XIX nada evitó que cualquier ciudadano hablara de este libro. La Iglesia tenía una enorme influencia sobre la opinión pública, por lo que los conceptos evolucionistas de Darwin fueron resistidos con una violenta campaña, algo que atormentó al autor, ya que había sido criado en un ambiente muy religioso. Sin embargo, gracias al apoyo de pensadores pertenecientes al llamado ‘X Club’, la controversia desembocó en la definitiva secularización de la ciencia, un proceso que comenzó en Inglaterra y terminó imponiéndose en todo el mundo. Hoy las ciencias biológicas aceptan unánimemente que las formas de vida atraviesan un proceso de adaptación evolutiva mediante un proceso de selección natural.

Adolescencia y cultura en Samoa (1928) – Margaret Mead: Esta investigación se convirtió en un inesperado best seller cuando se publicó. Mead era una joven antropóloga de Philadelphia que durante dos años observó la vida de las tribus samoanas, centrándose en el comportamientos de sus miembros adolescentes. Las conclusiones de la científica – en las que comparaba el estrés y los prejuicios que rodean a la vida sexual de Occidente con las costumbres más relajadas reinantes en las islas del Pacífico – causaron un fuerte impacto popular. Aunque décadas más tarde la seriedad de muchos de sus métodos fue puesta en cuestión por la antropología contemporánea, este texto enfureció a los conservadores y fue adoptado como consulta obligatoria por muchos especialistas en ciencias humanistas. Quizás por ello se considera que tuvo un peso desencadenante en la revolución sexual de los 60′.

El hombre que calculaba (1949) – Malba Taham: Aunque quizás no tenga el rigor académico de los demás títulos de esta lista, estos relatos ambientados en Medio Oriente crearon todo un subgénero en el que la ficción se encuentra con las ciencias exactas, tantas veces demonizadas. El nombre real de Taham era Julio César de Mello y Souza, profesor y matemático brasileño que hizo realidad su idea de popularizar su pasión por los números y la lógica. El libro, que no deja de reeditarse en todo el mundo con una envidiable vigencia, allanó el camino para futuros predicadores aritméticos como Martin Gardner y Adrián Paenza.

El mono desnudo (1967) – Desmond Morris: La teoría darwiniana que, por considerar al ser humano como un miembro más del reino animal, había alarmado a la opinión pública un siglo atrás ya había sido aceptada por la comunidad científica. Entonces hacía falta un ensayo que detallara los cambios zoológicos que se dieron en nuestra especie desde el lejano Australopitecus robustus hasta el contemporáneo Homo sapiens. Este libro logra esa tarea a lo largo de una serie de capítulos temáticos (origen, sexo, crianza, exploración, alimentación y confort) que terminaron dándole forma a una nueva disciplina: la sociobiología. Posteriormente una serie de excelentes documentales realizados por Morris para la BBC expandieron sus conceptos y popularizaron la imagen – hoy extendida – del científico mediático.

El gen egoísta (1976) – Richard Dawkins: Si bien la palabra meme hoy se relaciona con las cientos de imágenes de cultura pop que, tendenciosamente intervenidas, circulan en internet, originalmente se trata de un concepto biológico que define a toda unidad teórica de información que se va transmitiendo de una generación a otra de seres vivos. Partiendo del famoso dilema «¿Qué existió primero: el huevo o la gallina?» Morris explica que los individuos son apenas medios de pasaje para los genes, quienes son los verdaderos encargados de la evolución de una especie. A partir de esa idea el especialista intenta explicar los conflictos de género, el racismo, las diferencias generacionales y otras relaciones sociales.

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Cosmos (1980) – Carl Sagan: Concebido a la par de la exitosa serie televisiva de Sagan (Cosmos: un viaje personal), este volumen provocó un boom de la divulgación científica y muchos editores crearon colecciones buscando repetir el suceso. «Estamos hechos de polvo de estrellas» dice el astrónomo – con su carisma amable y notable capacidad retórica – aunando conceptos científicos complejos con un lenguaje llano y universal. Tanto la serie original, que está disponible online, como el libro son revisitados constantemente por los nostálgicos, pero también por los más jóvenes, confirmándose la atemporalidad de su mensaje ecológico y humanista.

La historia del tiempo (1988) – Stephen Hawking: «Alguien me dijo que cada ecuación que incluyera en el libro reduciría las ventas a la mitad. Por consiguiente, decidí no poner ninguna en absoluto» afirma Hawking en la introducción a este best seller. Durante los años previos a la publicación el físico le había manifestado su idea de escribir un libro de cosmología destinado al gran público a varios colegas, quienes desconfiaron bastante del éxito del proyecto. Con más de 20 millones de ejemplares vendidos, hoy nadie duda del impacto causado por este texto responsable de introducir términos como agujeros negros, conos de luz, supercuerdas y Teoría de la Gran Unificación en la conciencia popular. Una hazaña aún más loable si se tiene en cuenta que al autor, cuando supo que padecía esclerosis lateral amiotrófica a los 21 años, se le pronosticaron no más de 3 años de vida. Aún sigue entre nosotros ocupando un lugar central entre los investigadores modernos.

La física de lo imposible (2009) – Michio Kaku: Este título busca responder desde la ciencia algunas preguntas que todos nos hicimos alguna vez: ¿Serán posibles los viajes en el tiempo? ¿Podremos alcanzar la invisibilidad a voluntad? ¿Qué tan plausible es la teletransportación para moverse rápidamente a lugares lejanos? Estas páginas fascinantes explican que estos recursos, tantas veces retratados en la ciencia ficción, tienen serias posibilidades de materializarse en un futuro no muy lejano. El físico nipón-americano Kaku ejemplifica magníficamente como son los divulgadores científicos del siglo XXI: personajes carismáticos que utilizan cada medio posible – shows de TV, internet, redes sociales, experimentos espectaculares – para predicar los últimos avances de la ciencia a todos los destinatarios posibles, sean ilustrados o no.

Aquella imagen del científico loco, aislado del mundo entre probetas y extraños artefactos eléctricos mientras realizaba sus experimentos a espaldas del mundo, hoy parece lejana. Lentamente la comunidad científica hizo realidad una de las más recordadas frases de Leonardo Da Vinci: «La ciencia más útil es aquella cuyo fruto es más comunicable».

Por Luis Alberto Pescara

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