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Luchadoras y visibles

muchos historiadores fueron recuperando algunas de las figuras femeninas que tuvieron un papel importante en distintas ramas del desarrollo humano.

En uno de los inteligentes diálogos de «Antes de la medianoche», el último filme de la trilogía del realizador Richard Linklater, Celine – el personaje que interpreta Julie Delpy – lamenta que las mujeres no tengan tantos modelos para seguir dentro de su género. Esta afirmación evidencia el silenciamiento al que fue condenada la participación femenina a lo largo de la Historia, siempre soslayada por la mirada masculina, eternamente preocupada por ubicarse en el pedestal.

La tradición patriarcal a lo largo de los siglos se ha visto fortalecida por una serie de conceptos fuertemente arraigados en nuestra cultura. Cuando en la Edad Media la Iglesia y el Estado impusieron el matrimonio como una forma de institucionalizar las relaciones amorosas, generaron un notable cambio en la idea del amor romántico. Esto no hizo más que evidenciar el papel que la mujer tenía asignado en el orden social: el de esposa sumisa, madre abnegada y amante aplicada, mientras que el hombre era quien se adjudicaba los logros y las aventuras. Se trataba de la «mujer rota» que describiría Simone de Beauvoir siglos más tarde, «víctima estupefacta de la vida que ella misma eligió: una dependencia conyugal que la deja despojada de todo y de su ser mismo cuando el amor le es reusado». Esta situación desembocó en dos injustas consecuencias: la violencia machista de distinto tipo hacia la mujer y la desaparición de su participación en la historia oficial, perpetuando una versión misógina de los acontecimientos.

Se conoce con el nombre de «Efecto Matilda», llamado así en honor a Matilde Gage, luchadora por el derecho al sufragio femenino a fines del siglo XIX, al mecanismo de invisibilización de las mujeres en distintos ámbitos laborales y culturales. Con el paso del tiempo muchos historiadores fueron recuperando algunas de las figuras femeninas que tuvieron un papel importante en distintas ramas del desarrollo humano pero que no eran reconocidas por las crónicas. La filósofa bizantina Hipatía, pionera de la astronomía y las matemáticas modernas, y la pintora renacentista Artemisia Gentileschi, tantas veces obviada detrás de nombres ilustres como Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci, son algunas damas reivindicadas en las últimas décadas. Esta clase de ejemplos se encuentran en todos los campos imaginables.

Umberto Eco alguna vez señaló la gran trampa que esconde la frase «Detrás de todo gran hombre existe una gran mujer», la cual sospechosamente nunca se usa en el sentido opuesto. Esto es fácil de notar dentro del mundo de la ciencia, donde los empleadores y los galardones suelen ningunear a las investigadoras. En este sentido hay que citar a la física austriaca Lise Meitner, quien jugó un papel central en el descubrimiento de la fisión nuclear pero vio como el premio Nobel por ese trabajo era obtenido por su colega Otto Hahn. Similar destino corrió Rosalind Franklin, la química inglesa que recién póstumamente recibió el merecido reconocimiento por su aporte esencial para el descubrimiento de la doble hélice del ADN.

Incluso las guerras tienen una importante participación femenina, a pesar que rara vez es recordada en las ficciones bélicas. Se trata de una injusticia parcialmente subsanada por el libro «La guerra no tiene rostro de mujer» de la escritora Svetlana Aléxievich, en el que recoge 200 testimonios de francotiradoras, conductoras de tanques, telegrafistas y enfermeras que participaron de la Segunda Guerra Mundial ¿Por qué no hay casi registro de sus historias? ¿A qué se debe el olvido del rol fundamental que jugaron? Esta negación del carácter heroico de la mujer se hace extensiva a las ficciones de la literatura y el cine, donde solo recientemente las damas están pudiendo demostrar su contundencia como luchadoras. Sobre esto nos extendimos en el artículo «Chicas de armas tomar»: http://tupaladar.com.ar/2016/07/31/chicas-de-armas-tomar/

Ya en 1856 el manifiesto «Las novelas tontas de ciertas damas novelistas» atacaba la idea de que la literatura femenina debía ser siempre romántica y edulcorada. Quien firmaba aquel ensayo era George Eliot, pseudónimo usado por la escritora Mary Anne Evans para arremeter contra varias autoras populares de la época. Como otras mujeres destacadas de su siglo, Evans debía usar un nombre masculino para que sus escritos circularan sin problemas en la prejuiciosa sociedad victoriana. Al leer su texto descubrimos que muchas características de aquellas historias estereotipadas se mantienen hasta nuestros días. ¿Son realmente las chicas desorientadas que protagonizan historias como «El diario de Bridged Jones» o «Sex and the city» muy distintas de aquellas que aparecen en las clásicas novelas rosas? La filosofa Judith Butler señala que actualmente estamos en una era de cambios, en la que conviven valores neoconservadores con una mayor libertad en las elecciones sexuales y más independencia económica. Todo esto se refleja en los libros, series y películas que nos rodean.

Otra de las ideas impuestas por los sectores más conservadores señala que las mujeres deben explayarse estrictamente sobre temas femeninos. Como bien sostiene la uruguaya Cristina Peri Rossi: «Yo no creo que el hecho de ser mujer determine ni los temas ni la manera de escribir, o el hecho de ser hombre tampoco. Un escritor tiene muchísimas veces la necesidad y las ganas de romper el condicionante que es: si yo tengo el condicionante de ser mujer desde el punto de vista biológico y genético para el resto de mis días, puedo vencer esa limitación imaginariamente y a veces me pongo en la cabeza de un hombre». Ese derecho de las chicas a poder crear sin someterse a parámetros temáticos y estéticos que las limiten también es una forma de evitar el «Efecto Matilda», ya que todo etiquetamiento esconde una forma de control.

Hace un siglo atrás las mujeres no estaban habilitadas para votar en casi ningún país del mundo. Repasar los discursos de quienes se oponían al sufragio femenino resulta una experiencia entre nefasta y pintoresca («El Estado debe amparar el derecho del hombre a mantener su autoridad» señaló algún asustado reaccionario), sobre todo porque no difieren demasiado de aquellos que hoy se alarman ante los actuales reclamos de las chicas, principalmente relacionados con tener poder de decisión sobre sus cuerpos, lograr mayor igualdad en el mundo laboral y lograr un rechazo tangible de hombres e instituciones a todo tipo violencia de género. Es una lucha justa y necesaria. Como señala el título de un recomendable documental reciente sobre el movimiento feminista: «Ella es hermosa cuando está enojada».

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