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¿Hacia dónde van los libros?

El mayor acceso a contenidos en los celulares, el éxito de los sitios de streaming y la sobreproducción editorial hacen peligrar al libro físico. Te contamos como será su metamorfosis.

En la novela “La máquina del tiempo” de H.G. Wells el protagonista viaja a un futuro en apariencia idílico: los seres humanos no tienen necesidad de trabajar, poseen una salud excelente y viven en un mundo con seguridad y estabilidad garantizadas, por lo que no hay luchas sociales de ningún tipo. Cuando el viajero pregunta por una biblioteca para ilustrarse sobre lo ocurrido a lo largo de los siglos y entender ese presente descubre que los habitantes no saben lo que son los libros. El precio que pagó el porvenir para acceder a esa “blanda belleza” fue renunciar a la inteligencia. Y los libros, que él encuentra hechos polvo por tanto tiempo de olvido, son un símbolo de ello.

Este objeto hecho de tinta y papel desde siempre fue un incuestionable sinónimo de sabiduría. Su poder liberador asustó a muchos poderosos y no es casual que los estados totalitarios intentaran, mediante quemas y prohibiciones, destruir aquellos textos inspiradores o transgresores que los amenazaban.  El libro no solo ayudó a la Humanidad a superar la oralidad como única forma de transmitir historias y conocimiento. Cuando Johannes Gutemberg inventó la imprenta hizo del libro el primer objeto producido en serie, cambiando las reglas de la economía y anticipando a la Revolución Industrial. La pujante industria editorial que surgió luego de ese hito y manejó la circulación de textos en todo el mundo atraviesa hoy la mayor crisis de su historia.

Una mezcla de cambios en los consumos culturales, popularización de los soportes digitales, la concentración del mercado editorial en pocas manos y una desproporción entre la cantidad que se edita y la que se vende hace peligrar el libro de papel. Esto tomó por sorpresa a la industria, que durante años reaccionó ante el cambio como aquellos maestros que prohibían el uso del celular en clase hace una década, viéndolo como un enemigo en lugar de un aliado potencial. Hoy muchos docentes incorporaron los teléfonos móviles y la digitalidad como un elemento importante en su labor ¿Podrán editores, autores y lectores dar el mismo paso de una manera armónica?

Es una situación que se insinúa desde hace décadas. En 1996 aparecieron las primeras discusiones con respecto al futuro del libro, en ese momento enfrentado a los hoy olvidados CD-room y a la tímida aparición de internet. Umberto Eco – semiólogo, escritor y uno de los bibliófilos más famosos del mundo – dio por entonces una profética conferencia titulada “From Internet to Gutemberg”  donde anticipaba la mutación que protagonizaría el hábito de la lectura. “La World Wide Web es la Abuela de Todos los Hipertextos, una biblioteca mundial donde uno puede, o podrá dentro de poco tiempo, tener acceso a todos los libros que desee. La web es el sistema general de todos los hipertextos existentes” señaló el ensayista.  Inmediatamente advirtió sobre lo inútil que es resistirse a la aparición de nuevos formatos.

Con antecedentes tan dispares como la maestra gallega Ángeles Ruíz Robles, el jesuita italiano Roberto Busa y el escritor estadounidense Michael S. Hart, el libro electrónico se gestó varias décadas antes de la aparición de internet. Pero recién a fines de los 90’, cuando ya era posible el almacenamiento de textos en CD´s y diskettes, algunos dispositivos permitieron la lectura de forma portátil.  Fue la antesala de la aparición del Kindle de Amazon en el año 2007, el lector de libros electrónicos más popular.  Los fanáticos de lo analógico dijeron extrañar ciertos ritos emotivos que fortalecían su relación con el objeto: pasar las páginas con la punta de los dedos, anotar y subrayar el texto e incluso la ausencia del característico ‘olor a papel’. Las empresas tomaron nota de esto, buscando reproducir esas sensaciones en sus dispositivos y permitiendo que el usuario acceda a enlaces externos en otras plataformas para enriquecer el volumen original. Hoy incluso se pueden recibir notificaciones que avisan sobre los puntos en común que tenemos con otros lectores del mismo libro, haciendo de la lectura una experiencia más global e inmersiva. El hipertexto de Eco se hizo realidad.

Además de modificar el hábito de la lectura, los e-books impactan sobre la históricamente compleja cadena de logística y distribución del libro. La producción de la industria editorial durante décadas se caracterizó por publicar la mayor cantidad posible, inundar las librerías y esperar a que los lectores compren ejemplares apoyándose en escasa publicidad y en las recomendaciones de los libreros. Eso fomentaría la aparición de un éxito ‘salvador’. Esto decantó en un hecho inocultable: hay demasiados libros. Precisamente ese es el título de un excelente texto del mexicano Gabriel Zaid, un manifiesto contra la ‘grafomanía universal’ que afirma “La mayor parte de los libros nunca se comentan, nunca se traducen, nunca se reeditan, (…) pero tú sigues escribiendo libros”. Es que la necesidad de contar historias o difundir miradas a través de la palabra escrita está lejos de desaparecer, pero ahora tiene la posibilidad de llegar al lector de una manera más directa. La popularidad creciente de sitios como Wattpad, una red social centrada en la creación de narrativa que permite ganar lectores a medida que el usuario escribe una historia sin mediar editorial alguna, así lo demuestra.   

Ocurre que los fenómenos de ventas masivos son muy excepcionales y son manejados por las editoriales más poderosas. Como el mercado de habla hispana es dominado principalmente por dos corporaciones gigantescas – Penguin Random House y Grupo Editorial Planeta – el espacio para que un autor independiente logre destacarse es muy chico. Esto, que parece asfixiante a primera vista, contrasta con el boom de las editoriales jóvenes que plantean una forma mucho más racional de trabajo: tiradas más pequeñas, con una distribución acotada pero dirigida a los nichos realmente interesados en los títulos, fomentando una participación activa del autor en todo el proceso. La impresión on demand  permite un manejo consciente de las cantidades, evitando el gigantesco aparato logístico de siempre. La hipersegmentación, o sea la promoción dirigida específicamente al potencial lector gracias a las redes sociales, elimina intermediarios y conecta a los creadores con su público. Las grandes cantidades de libros que son “sacrificados” como papel picado porque nadie los compra pueden ser un recuerdo en un futuro cercano.

Siendo la falta de tiempo una excusa recurrente para relegar la lectura, los audiolibros se presentan como otro formato valioso, permitiendo el seguimiento de un texto mientras se realiza una actividad cualquiera. Si bien este formato existe hace décadas, en los últimos años creció a pasos agigantados, proponiendo no solo la simple grabación literal de un título publicado, si la posibilidad de expandir y enriquecer el texto original con producciones profesionales. “En Estados Unidos hay una oferta de más de 450.000 audiolibros. Es un mercado totalmente desarrollado, con 45.000 nuevos títulos que aparecen cada año y una tasa de crecimiento anual de 2 o 3 cifras. En español  es algo que aún está dando los primeros pasos. Recién este año se llegará a los 10.000 libros editados, lo que es muy poco” señala Daniel Benchimol, director de Proyecto 451, empresa pionera en publicaciones digitales y en estrategias innovadores para el sector editorial. Cerrando el ciclo: ¿será la oralidad, ahora mediada por la tecnología, la que salve a los libros, como ocurría en el final de la famosa novela de Ray Bradbury de la que el proyecto toma su nombre?

En la última edición de la Feria del Libro estos temas fueron fuente de discusión para libreros, editores, bibliotecarios y autores. Todo derivó en la idea de impulsar la creación de un Instituto Nacional del Libro, proyecto presentado en un evento del que participaron autores tan populares como Claudia Piñero, Darío  Sztajnszrajber y Luisa Valenzuela. Las medidas que prevé tomar el organismo se centran sobre todo en el papel de las editoriales, descuidando a las librerías. Todo indica que estas, ante lo inexorable del cambio, deberán apuntar también a la segmentación, buscando formar comunidades a su alrededor mediante redes y eventos.

En el libro “El fin de los medios masivos” Carlos Scolari afirma: “Más de un escriba se habrá querido tirar de la pirámide de Keops cuando aparecieron los primeros códices de pergamino, y mejor no pensar en las reacciones de los copistas medievales ante la ‘nueva tecnología’ inventada por Gutemberg a mediados del siglo XVI. Los soportes materiales y las discusiones pasan, las interfaces y los procesos semióticos de producción de sentido e interpretación, quedan”. En otras palabras, el hábito de la lectura perdurará, pero el libro de papel, símbolo milenario de sabiduría, irá mutando indefectiblemente. Seguiremos escribiendo y leyendo de maneras más dinámicas, mientras el recuerdo de la textura de las tapas y los aromas de las páginas empezarán a ser parte de nuestro recuerdo, despertándonos una nostalgia parecida a aquella que sentimos por el mantel de hule de la casa de nuestra abuela.

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