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La era de los trailers

Cada vez es más común que la industria cinematográfica modifique sus películas ante la respuesta negativa del público frente a un trailer ¿Está bien otorgarle tanto poder a los fanáticos?

Lejos de ser algo secundario o menor, los adelantos de las películas, esos que las personas mayores llamaban “colas”, son una parte integral de la experiencia cinematográfica. Al concurrir a las salas son muchos los que quieren estar temprano en las butacas para ver los trailers de los próximos estrenos, un ritual que siempre desata comentarios y expectativas entre los espectadores. Pero es en internet donde los avances generan más revuelo, provocando en los últimos años un fenómeno creciente con enormes consecuencias para la cultura audiovisual.

Quienes hace poco tuvieron que tomar medidas ante la viralización de las reacciones negativas fueron los estudios Sony Pictures, que demoraron tres meses el estreno de Sonic: la película debido al repudio que originó el aspecto humanoide del personaje protagonista. Una vez que la criatura fue modificada para parecerse a la del videojuego original, un nuevo trailer generó un feedback mucho más positivo. Al fin, cuando la película se estrenó, tanto la crítica como el público fueron amables con el resultado, lo que tuvo buenas consecuencias en las boleterías. Fue una historia tensa que tuvo un final feliz, aunque no siempre las cosas se dan de esta manera. En otras ocasiones el avance anticipa un film mediocre y, por más cambios que los productores realicen, su destino ya está marcado. Eso ocurrió con Cats a fines del 2019, a la que ni su enorme elenco de celebridades pudo salvar del fracaso.

Muchos señalan que, iniciada la era de internet, fue la campaña promocional de Catwoman, aquel desastre protagonizado por Halle Berry, la primera en despertar un enérgico rechazo popular. Pero corría el año 2004, un tiempo en el que Youtube y las redes sociales estaban en su etapa seminal. Recién el backlash despertado por los trailers de Jack and Jill (2012), con Adam Sandler al frente, y la polémica remake de Ghostbusters (2016) pusieron en el mapa el cuidado que es necesario poner en la factura de teasers, trailers y promociones. Por supuesto que todo esto termina atentando contra la espontaneidad que debe primar en todo proceso creativo.

Ante este escenario los productores muchas veces apuestan a lo seguro, sobre todo en aquellas sagas que constituyen fenómenos culturales muy arraigados en el gusto popular. Debido a esto, los trailers de las películas de Star Wars, por ejemplo, acentúan siempre el factor emotivo de su universo, apelando exclusivamente a la memoria nostálgica de sus seguidores para evitar cualquier reclamo o boicot. Este mecanismo recibe el nombre de fan delivery, ya que le da al fanático lo que quiere. El grado de precaución aumenta cuando la historia se basa en un libro o en un cómic, ya que quienes conocen el original están dispuestos a mostrar su disconformidad online ante cualquier diferencia.

Otras veces los cambios responden a una coyuntura histórica particular. Cuando se conocieron las primeras imágenes de Joker, la premiada producción con Joaquín Phoenix en el papel titular, muchos ciudadanos de EE.UU. pusieron el grito en el cielo. Ocurre que la evolución del personaje, que va de un freak incomprendido víctima del bullying a un villano inmoral, recordaba mucho al perfil de los autores de esos asesinatos masivos tan frecuentes en los colegios estadounidenses. Tanto familiares de las víctimas como simples civiles preocupados publicaron textos solicitándole a los Estudios Warner que manejen el asunto con tacto. Esto derivó en la supresión de algunas escenas en el corte final de la historia, lo que no evitó que la discusión continuara aún luego del estreno. Es un reclamo similar al que suelen recibir los videojuegos que le permiten al jugador disparar a distintos objetivos (Fortnite, Hatred, Active Shooter, etc).

¿Está bien dejar que las opiniones del público tengan tanto peso sobre el trabajo creativo de terceros? Los tiempos del artista solitario y talentoso que escribía, componía o filmaba sin importarle lo que opinara el receptor son parte del pasado. Hoy la audiencia hace saber su opinión con un grado de elocuencia desproporcionado, generando una atmósfera alrededor de cada obra que condiciona fuertemente su aceptación. El cine, por su carácter industrial, se ve obligado a evaluar estas reacciones que, no pocas veces, terminan teniendo consecuencias directas sobre la taquilla. En este sentido el trailer es hoy un termómetro de las posibilidades comerciales de una película, tal como lo son los focus groups en los que se exhibe el film para testearlo previo a su lanzamiento.

Pero el fandom – término que designa a la comunidad de fanáticos de algún film, serie o músico en articular – puede llegar a ser violento si no se respetan sus deseos. Lejos de la imagen del nerd recluso que no interacciona con los demás, hoy los seguidores llegan con frecuencia a niveles de acoso intenso hacia las personas ligadas a su creación favorita. Como ejemplos basta citar los ataques por parte de fans ortodoxos a la actriz Kelly Marie Tran al estar disconformes con su personaje en Star Wars: The Last Jedi, o las presiones sufridas por George R.R. Martin para que termine Juego de Tronos.

Estas conductas son fruto de una larga tradición enraizada en la historia del entretenimiento. La leyenda cuenta que cuando Arthur Conan Doyle decidió matar a Sherlock Holmes en su cuento The Final Problem la reacción del público fue desmesurada. Varios londinenses usaron una cinta negra durante los días siguientes a la publicación de la historia, mientras que otras personas cancelaron su suscripción a The Strand, la revista en la que el relato se editó en 1893. Una década más tarde, debido a la presión popular, el autor resucitó al famoso detective, en un ejemplo temprano de modificación de una ficción para satisfacer al consumidor. Con la cultura pop recién en pañales, aquel simple hecho fue un inocente trailer para la intensa película llena de susceptibilidades que hoy protagonizamos.

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