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Made in Corea

Es muy difícil que un país no occidental imponga su cultura a nivel global, sobre todo en la música. Pero el éxito del K-pop está cambiando todo con su mezcla de espectáculo visual, estribillos pegadizos y coreografías perfectas.

Para muchos se trata de una sorpresa difícil de explicar, pero los iniciados saben que se trata de un fenómeno que se viene cocinando desde hace décadas. Artistas como BTS, Blackpink, Red Velvet, Shinee, Bigbang o EXO ya se instalaron en el gusto de fans de todo el mundo que no dejan de seguirlos en las redes sociales. Estas juegan un papel central en el crecimiento de estos grupos, por lo que no es errado afirmar que se trata de la primera corriente de pop que se impone totalmente desde internet. Pero el K-pop tiene una historia compleja, en la que coinciden turbulentos cambios políticos, empresas ambiciosas, rigurosos castings y viralización en redes.

A diferencia de otros países asiáticos, como Japón o China, Corea tardó bastante tiempo en tener una identidad cultural definida. Su historia como territorio ocupado o manipulado por distintas potencias, como el Imperio Japonés hasta 1945 o la influencia estadounidense desde mediados de mediados del siglo XX, impidió su desarrollo independiente. La actual división en dos Coreas es una consecuencia de estas maquinaciones. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, con Japón abandonando definitivamente el territorio, el país quedó bajo la órbita de Rusia en la zona norte y de Estados Unidos en la zona sur. Luego de la Guerra de Corea (1950/1953), uno de los primeros enfrentamientos significativos de la Guerra Fría, los gobiernos de ambos territorios tuvieron características totalitarias. Recién a fines de los años 80’ el sur inició un exitoso proceso democrático acompañado de un notable crecimiento económico que llega hasta nuestros días.

¿Pero qué ocurría con la música en este contexto? Si bien durante los años de efervescencia del hipismo existió una escena de psicodelia y hard rock, la censura del gobierno y el aislamiento con respecto al resto del mundo limitaron el surgimiento de estrellas locales en el sentido tradicional del término. El hecho fundacional que marcó un antes y después en la industria fue la formación de Seo Taiji and the boys, un trío de dance-pop que nació informalmente, influenciado por el hip-hop y el R&b sin demasiadas pretensiones comerciales. A Seo solo le interesaba explorar la tecnología MIDI que permitía grabar, procesar y editar música de manera independiente. Por eso el trío se sorprendió cuando al pasar por un programa televisivo de talentos (en el que recibieron el más bajo puntaje) su canción “Nan Arayo” se transformó en un enorme éxito en 1992. Esto se repitió con cada uno de sus lanzamientos durante los siguientes cuatro años, a pesar de su cambio hacia un sonido más agresivo con elementos de heavy metal y gangsta rap. Sin buscarlo sembraron una semilla que cambió la música popular coreana para siempre.

Por esos años también se fundaron las agencias de talentos que jugarían un papel central en el crecimiento del género. El primer paso la había dado Lee Soo-Man, un ex rockero que desde 1989 intentaba crear nuevas estrellas pop, influenciado por MTV y la cultura del entretenimiento occidental que conoció de cerca al estudiar en Estados Unidos durante los años 80’. Luego de algunos fracasos iniciales, Soo-man rebautizó su empresa SM Entertaiment en 1995, dándole forma a un modelo que fue imitado por otros empresarios coreanos: la compañía se encarga del casting, entrenamiento, elección de repertorio y educación (incluidos idiomas y etiqueta) de los jóvenes elegidos, para luego destinarlos a formar parte de un grupo de chicos o chicas que serán presentados al público por una gigantesca campaña de márketing. En los siguientes años siguieron su ejemplo YG Entertaiment, fundada por Yang Hyun-suk, ex miembro de Seo Taiji and the boys, y JYP Entertaiment del solista Park jin-young. Así nacieron las primeras academias de idols, un concepto basado en las bandas pop japonesas que habían logrado triunfar en Corea.

Las primeras camadas de grupos tenían aún características en común con las boys bands y girls groups estadounidenses e inglesas como Back Street Boys, Take That, Spice Girls y NSYNC, con algunos elementos locales. En ese contexto H.O.T. fue el primer grupo coreano en lograr un éxito de impacto, ampliando su suceso más allá de su país, al llegar a naciones vecinas como Taiwan, China y Japón. A fines de los 90’ también triunfaron Shinhwa, NRG y el trío femenino S.E.S, todas agrupaciones preparadas durante años por las exigentes productoras del distrito de Gangman, el barrio de alta sociedad de Seúl. La barrera idiomática nunca fue un problema en esta expansión. Ni la crisis económica del sudeste asiático en esos años logró detener su creciente popularidad.

Luego de afianzarse en el Lejano Oriente, con nuevas empresas apostando a jóvenes artistas, el siglo XXI aportó algo fundamental para la difusión del género: el uso de internet como herramienta principal de llegada a los fans, los cuales siguen la vida de sus ídolos con pasión y compiten por lograr que estos consigan millones de reproducciones en las plataformas. De a poco las campañas de lanzamiento ganaron en complejidad, presentando a los artistas dramáticamente, con historias que se desarrollan durante meses. Así nacieron grupos como EXO, que tiene una versión para el mercado de Corea (EXO-K) y otra para el de China (EXO-M). O Loona, compuesto por 12 chicas con su propio look personalizado que conforman “sub-grupos” independientes dentro del total. En esta etapa de madurez las coreografías se volvieron más perfectas, los videos más espectaculares y la música más intensa, con cambios de ritmo frecuentes. En 3 o 4 minutos pueden desfilar segmentos electrónicos, luego hip-hop, synth pop ochentero y arreglos orquestales sin molestar la cohesión de la canción. Ejemplos de resta variedad son los temas Kill This Love de Blackpink, Bae Bae de Bigbang y la casi metalera Scream de Dreamcatcher.

Pero no todo es estética BTS en Corea. Los idols son apenas una de las vertientes del K-pop, que también tiene una amplia escena independiente. Muchos artistas encaran carreras autogestivas, sin ignorar las enseñanzas de los grupos manufacturados, especialmente en cuanto al uso de las redes y YouTube. Más allá de las apuestas que tienen millones reproducciones en Spotify los curiosos dispuestos a investigar pueden adentrarse en el disco-pop de Hyukoh o el folk indie de las chicas de Okdal, entre otras decenas de ejemplos. Propuestas despojadas que se formaron sin financiamiento empresarial, pero que pueden ser las próximas en copar el mercado occidental cuando el K-pop comercial pierda impulso. Y fue un outsider el que puso al pop coreano en los medios globales. Cuando el rapero PSY, un solista de tono humorístico con algunos escándalos por sus letras picarescas, lanzó “Gangsman Style” en el año 2012 expuso, con su video delirante pero adictivo, lo que estaba ocurriendo con el pop coreano. La hasta entonces discreta base de fans existente en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica se disparó por las nubes.

Los motivos de la popularidad del K-pop son muchos, pero responden sobre todo a dos factores. Uno es el enorme fomento que los gobiernos coreanos le dieron a su cultura nacional durante los últimos 25 años. Su política toma el modelo de Hollywood, con su capacidad para diversificarse en infinito merchandising y otros soportes más allá del cine, para imponer su producción audiovisual en el mundo. Esta Korean Wave comprende no solo a la música, si no al cine, los dramas de TV y la tecnología (Samsung, por ejemplo, es una compañía coreana), creaciones que generan ganancias millonarias y obtienen premios. En este sentido Corea es un ejemplo de lo virtuosa que puede ser la unión del Estado con el capital privado cuando se hace con responsabilidad. El otro factor determinante para el ascenso del K-pop es que la industria musical de Occidente parece agotada en lo creativo, con un estancamiento en la forma de producir las canciones (uso de beats de trap, autotune, canciones monótonas sin cambio de ritmo) que ya lleva más de una década. Ante esto el público empezó a buscar algo diferente en artistas de otras latitudes.

Una mirada superficial puede pensar que este movimiento es solo una respuesta a las bandas de dance-pop tan exitosas en occidente (de hecho, es un debate que hoy está produciéndose entre los nacionalistas coreanos). Pero los especialistas coinciden en se trata de una moda compleja, que creció a la par de la digitalidad adoptando características propias. Como si fuera poco la distancia cultural provoca que muchas lecturas estén centradas en aspectos sensacionalistas o prejuiciosos, como el estrés sufrido por ciertos participantes de las bandas o el look andrógino. Pero como señala el youtuber Matías Parkman estas miradas son etnocéntricas, ya que son críticas que rara vez se ejercen sobre la industria occidental, repleta de excesos y abusos.

El K-pop es la música adolescente del presente, llena de ritmo y colores, pero con inevitables grises. Los rockeros clásicos pueden mirarla con desconfianza, pero el profesionalismo de estas propuestas está fuera de discusión. Es el deber de todo melómano saber descubrir las ideas que se encuentran detrás de sus deslumbrantes coreografías.

 

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