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Sobre pieles y pantallas

Las últimas entregas de los premios Oscars se caracterizaron por la mayor diversidad étnica en los films nominados. Esto desató un debate entre la incorrección y la inclusión que no para de crecer.

Durante la entrega de los últimos premios de la Academia de Hollywood, popularmente conocidos como Oscars, las redes sociales acompañaron la ceremonia – reducida en espectacularidad debido a la actual pandemia – con comentarios irónicos sobre su corrección política. En twitter una imagen que rezaba “Cómo empezaron las cosas/Cómo son ahora” mostró una placa con una foto de Cary Grant, galán de los 50’ y 60’, enfrentando a otra de Chloé Zhao, realizadora china premiada por su film Nomadland. El posteo quería señalar sarcásticamente como en su búsqueda de mayor inclusión Hollywood estaba perdiendo mucho del viejo glamour.

Durante la era dorada de la industria, cuando los films eran realizados casi exclusivamente por grandes estudios, los castings extravagantes abundaban y las estrellas eran aplaudidas por su ductilidad al interpretar personajes de distintos orígenes étnicos. Se trataba de una época aún no existían muchas oportunidades para las minorías en la industria, coincidiendo con el afianzamiento del star system, o sea, una apuesta al estrellato de actores y actrices para garantizar la concurrencia del público a las salas. Por esto los productores jamás pensaban en buscar representantes de minorías para interpretar los roles de sus películas. Además, al ser la narrativa clásica un mecanismo enraizado en lo artificial (la búsqueda del realismo se hizo fuerte recién en los 60’), aquellas elecciones protagónicas no generaban controversia. Así fue como varias generaciones crecieron en un mundo donde Fred Astaire interpretaba a un afroamericano, Natalie Wood a una aborigen, Mickey Rooney a un bufonesco japonés, mientras que Marlon Brando le daba su rostro al líder mexicano Emiliano Zapata y John Wayne al emperador Gengis Khan. Recién en lo década del 60’ figuras como Sidney Poitier y Rita Moreno empezaron a lograr papeles de importancia en películas populares.

Si bien la mayor visibilidad que alcanzaron las distintas minorías en las ficciones, sumados a los logros en materia de derechos civiles de los últimos 50 años, decantaron en una mayor pluralidad en la pantalla, ciertos estrenos de la última década parecen demostrar lo contrario. Las críticas que se alzaron contra películas como The Last Airbender, Argo, Aloha, Doctor Strange y Ghost in the Sheld por repetir el mecanismo de poner artistas blancos a interpretar a personajes racialmente diversos son a veces exageradas, pero acordes a un mundo cada vez más globalizado. A este proceso de occidentalizar la apariencia de los personajes se le dio el nombre de whitewashing, mientras que otros utilizan el término más amplio de racebending para así incluir a toda forma de adulteración racial en la ficción.

El estreno en el año 2016 de La gran muralla, con Matt Damon como protagonista, reactivó el debate sobre esta práctica que es una forma sutil de adulteración de la Historia. El realizador Zhang Yimou, figura importante en el cine chino desde hace más de 30 años, se justificó diciendo que China debía enorgullecerse de tener una película de gran escala que difunde en el mundo una historia con fuerte raíces locales. Más sincero fue Ridley Scott, director de Exodus: Gods and Kings, quien al ser criticado por contratar solo actores blancos para un film que retrata una historia del Atiguo Egipto dijo: “No puedo montar una película de este presupuesto y decirle al productor que mi protagonista es Mohamed etc, etc, etc. Así nunca voy a conseguir financiamiento”. Una explicación menos materialista la dio el psicólogo Jeffrey Mio al afirmar que los ejecutivos de Hollywood, siendo en un 94% personas blancas de ascendencia europea, se sienten cómodos trabajando con gente que consideran próxima: “A pesar de vivir en una sociedad multicultural todos tendemos a quedarnos en nuestros propios silos” concluyó.

Por supuesto, está bien pensar que los castings deben priorizar el desempeño de los intérpretes, ante todo, más allá de su origen. Sin embargo, detrás de estas decisiones es posible encontrar un proceso de invisibilización de las minorías que no difiere mucho de lo que hicieron los pintores del Renacimiento al europeizar a las figuras bíblicas en sus obras. O de las prácticas del teatro minstrel, que se hizo popular en Estados Unidos durante el siglo XIX gracias a actores caucásicos que se pintaban la cara perpetuando estereotipos afroamericanos, mientras robaban canciones del repertorio negro.

Este proceso no es exclusivo de Hollywood. Muy pocos saben que, en las venas de Alejandro Dumas, todo un emblema de las letras francesas, corría sangre negra. La abuela del autor de Los tres mosqueteros fue una esclava haitiana de quien heredó su cabello motoso y piel trigueña. Sin embargo, durante décadas la academia escamoteó esta información, mientras los pintores retrataban a Dumas como un blanquísimo europeo. Reforzando esto, cuando en el año 2010 se estrenó la película biográfica L´Autre Dumas muchos objetaron la elección de Gerard Depardieu para el protagónico, ya que escondía de nuevo el origen étnico del escritor.

Otro problema tiene que ver con los papeles asignados a los artistas de otras etnias, siempre atados a distintos arquetipos narrativos. Es lo que provoca que los actores asiáticos interpreten únicamente cine de artes marciales o, en el mejor de los casos, con un amigo nerd pero leal del protagonista. Por otro lado, los hispanos son encasillados como dealers, trabajadoras domésticas o fervientes católicos. Y no es necesario señalar el destino de los intérpretes de linaje árabe, casi siempre villanos o terroristas. Pero en general los roles étnicos se reparten en dos grandes grupos: el de pintoresco acompañante cómico del protagonista (cómic relief) o portador de una sabiduría o poder mágico con el que ayuda al líder blanco. Cuando la mayoría dominante les otorgan algún exotismo a las minorías raciales, estas quedan excluidas de los papeles de prestigio, poder y glamour, generalmente interpretados por las estrellas caucásicas.

Los casos más curiosos son aquellos en los que el realizador pertenece a una periferia étnica, pero igualmente privilegia la visión W.A.S.P. (siglas en inglés para blanco, anglosajón y protestante) de la historia. Esto ocurre con el citado caso de Yimou o con el director de origen indio M. Night Shyalaman, quien en el elenco de The Last Airbender, historia de imaginería oriental, solo incluyó a Dev Patel como el malvado de la historia, siendo el reto del cast totalmente occidental. A este proceso el académico franco-caribeño Frantz Fanon lo llamó “epidermización de la inferioridad” y se refleja en toda obra o conducta en la que el dominado se ve a sí mismo a través de los ojos de quien lo domina.

Son tiempos de cambio para el mundo y para la industria cinematográfica. Países como China y Rusia emergieron como los consumidores ávidos de cine industrial (de hecho, algunas películas que fracasaron en EE.UU. recuperaron su presupuesto gracias a la taquilla lograda en esas latitudes), mientras que la tecnología permite la comunicación entre distintas razas y culturas de una gran inmediatez. Este es el contexto en el que crecen las nuevas generaciones, para las cuales los pedidos de una representación más diversa de la Humanidad son una forma de demostrar empatía con esa realidad. El planeta se transformó en un enorme organismo multicultural e hiperconectado que afecta a todas las disciplinas.

En 1989 Spike Lee criticó con vehemencia Conduciendo a Miss Daisy, considerando el Oscar a mejor película que le otorgó la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood como un premio a la imagen del afroamericano pasivo y servil, estereotipo interpretado por Morgan Freeman. Todo lo contrario, a Haz lo correcto, el film que Lee había estrenado paralelamente con una mirada mucho más compleja sobre los problemas raciales. Evidentemente el stablishment todavía no estaba preparado para aceptar la imagen de un hombre de color combativo, prefiriendo al paciente sirviente por sobre los hombres de acción. Hoy películas que embanderan la diversidad como Judas and the Black Messiah, The White Tiger, Minari e incluso la animada Soul poblaron la temporada de premios, en fuerte contraste con una coyuntura política, muy exacerbada por internet, que no parece incentivar demasiado la tolerancia. En este contexto es bueno recordar que la misma naturaleza profunda de la proyección cinematográfica favorece a la diversidad. Después de todo el único momento en el que la pantalla queda totalmente en blanco es cuando la película termina.

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