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Canciones en venta

La reciente compra de todo el repertorio de Red Hot Chilli Peppers por parte de un fondo inversor confirma una tendencia que crece: muchos artistas están vendiendo los derechos de sus canciones a cambio de sumas millonarias.

A la hora de pensar una jubilación digna sin dudas 140 millones de dólares es una cifra más que tentadora. Eso mismo deben haber pensado los Red Hot Chilli Peppers cuando hace unas semanas vendieron los derechos de todas sus canciones a la firma de inversores británica Hipgnosis Song Fund. Esta es solo una de las varias empresas que durante los últimos años se abocó a la adquisición de catálogos de artistas de distintos géneros, tanto de números consagrados como de creadores de culto, para disponer de las ganancias que puedan generar a futuro. Estas operaciones, que ya venían ocurriendo impulsadas por los cambios en las formas de distribución de la música, terminaron de consolidarse en estos tiempos pandémicos.

La banda californiana liderada por Anthony Kiedis y Flea es apenas uno de los tantos artistas que decidieron vender los derechos de sus composiciones. Durante los meses anteriores músicos como Bob Dylan, Neil Young, Fleetwood Mac, Shakira, Blondie, The Offpring y los herederos de John Lennon se desprendieron de los royalties de sus canciones por una importante cantidad de dinero. Las sumas rondaron entre los 100 y 200 millones de dólares, aunque Dylan fue lo suficientemente astuto para rematar su obra por unos jugosos 400 millones ¿Quién puede criticarlo ante semejante número? Pero hay casos más polémicos, como el del empresario y mánager Scooter Braun, quien adquirió y luego vendió a la multinacional Disney los masters de los primeros seis discos de Taylor Swift sin pedirle autorización a la autora. El enojo de la cantante llegó a tal punto que anunció que grabará nuevamente su discografía canción por canción solo para tener control sobre sus viejas composiciones. Todo esto evidencia que el negocio del publishing, como se llama en inglés al manejo comercial del copyright musical, se encuentra en pleno apogeo.

Estos hechos pueden parecer una arista más del frío mundo de los negocios, pero reflejan cómo cambió el escenario alrededor de los derechos de autor en el siglo XXI. La explosión de plataformas de streaming como Spotyfy, YouTube y Apple Music provocó que la difusión de música se revitalizara. Como un veterano empresario le dijo a la revista Billboard: “la música y las bebidas alcohólicas son los únicos negocios que florecen tanto si la gente está alegre como triste”. Esta frase se aplica a la perfección al contexto actual, en el que los periodos de confinamiento volcaron a la población a consumir horas y horas de música. Algoritmo mediante, estos sitios influyen sobre el gusto de las personas, sin la costosa cadena de promoción que antes suponía esto. Quien sea propietario de una canción reproducida online tiene garantía de ganancias para siempre. Por otro lado, la producción audiovisual está ávida por usar temas, conocidos o no, en sus estrenos, por lo que los dueños de los derechos pueden licenciar indiscriminadamente canciones de todas las épocas para su uso en series, películas y publicidades. De pronto, un tema que solo sonaba en estaciones de radio nostálgicas es utilizado en un programa o película exitosa (como ocurrió con casi toda la banda sonora de Guardianes de la galaxia) y su popularidad se dispara en las plataformas. Así la rueda del dinero sigue girando más allá de las modas.

Desde el lado de los músicos, hay motivos más puntuales para desprenderse de sus canciones además de ganar un montón de dinero de una vez sin tener que esperar el burocrático goteo del pago de royalties. A lo largo de la historia estrellas como Aretha Franklin, Prince, James Brown o Tom Petty nunca se ocuparon con prolijidad del manejo de su propiedad intelectual, por lo que su obra quedó legalmente en manos ajenas cuando murieron. Esto hizo que sus familiares debieran enfrentarse judicialmente con las discográficas y managers que estaban en poder de su repertorio. Por eso muchos artistas veteranos quieren ahorrarles a sus descendientes estos problemas, prefiriendo beneficiarlos con las ganancias de la venta directa de su catálogo, mucho más fácil de administrar. A esto se sumó la coyuntura del Covid-19, que no les permite a los músicos salir de gira. Sin dudas alguien con 40 o 50 años de trayectoria está más cerca del retiro que de planear un nuevo tour, por lo que vender sus creaciones es un tentador negocio inmediato.

Los inversores están al tanto de toda esta situación a la hora de evaluar la compra de un catálogo musical. A veces son corporaciones con gran historia dentro de la música, como es el caso del poderoso sello Universal Group, que fue quien compró la totalidad de las canciones de Dylan. Pero la mayoría de las veces se trata de empresas nuevas, como Primary Wave, Concord o Round Hill Music, quienes se lanzaron a la explotación de esta ignorada mina de oro. De todo el conjunto el más exitoso es el citado Hipgnosis Songs Fund, conformado en el año 2018 por el representante Merck Mercuradis y el guitarrista Nile Rodgers, de extensa trayectoria como integrante del grupo Chic y luego productor de Madonna, Duran Duran y Daft Punk. Esta sociedad ya adquirió más de 57.000 canciones desde su formación y parece ser la que despierta mayor confianza entre los músicos. De hecho, aunque nombramos principalmente a artistas de larga trayectoria, figuras más jóvenes como Mark Robson, 50 Cent, Káiser Chiefs y Skrillex también realizaron su gran remate.

En una escena de la película The Doors se muestra la furia de Jim Morrison al enterarse que sus compañeros de banda vendieron los derechos del clásico Light my Fire para una publicidad de televisión. Más de medio siglo después este miedo continúa ¿Qué ocurre si amadas canciones como Like a Rolling Stone, Under the Bridge o Rockin’ in the Free World terminan transformadas en jingles comerciales o aparecen indiscriminadamente en series y películas olvidables? ¿Acaso no perderán así la magia que las hizo únicas? El tiempo lo dirá. Solo queda terminar con una frase poética: al enorme valor que tiene la música como fuente de bienestar personal y compañera de vivencias para millones de personas es imposible ponerle precio.

 

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