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Asesinos a la criolla

Aprovechando la fascinación reciente de los realizadores argentinos por los crímenes basados en casos reales hacemos un repaso por algunos asesinos notables de nuestra historia.

Los asesinos, tanto seriales como ocasionales, son uno de los tópicos más rentables para el cine. Se trate de una historia policial, un relato de terror o de un drama basado en un caso real, el público siempre se vuelca masivamente a ver estas historias que muestran una de las acciones más oscuras de las que es capaz un ser humano: quitarle la vida a otro. Esta tradición, que lleva muchas décadas de vigencia en Hollywood, empezó a ser explotada recientemente por el cine local. Y no es para menos, ya que Argentina tiene un remarcable historial de crímenes célebres.

Durante el año 2020 en Netflix convivieron los éxitos de Crímenes de familia de Sebastián Schindel (quien ya se había destacado con El patrón, también basado en un caso real) y la miniserie documental Carmel sobre el caso García Belsunce. Estos filmes se sumaron a El clan (2015), película de Pablo Trapero, y a El ángel (2018) de Luis Ortega en la intensión de llevar casos truculentos locales a la pantalla. La crónica policial argentina está plagada de sucesos lo suficientemente escabrosos como para disparar la imaginación de cualquier guionista astuto. Esto no es de extrañar en un país con una historia oficial rica en hechos de sangre y cuyo texto literario fundacional se llama El matadero. A continuación, repasamos algunos asesinos vernáculos célebres, los cuales en distintas épocas dejaron su marca rojo sangre.

Gerónimo G. Solané: El país estaba aún en pleno proceso de organización cuando el 1 de enero de 1872 ocurrió la Masacre de Tandil. Ese día 36 inmigrantes fueron asesinados en dicha localidad bonaerense por un grupo de gauchos bajo el grito de “¡Viva la religión, mueran los gringos y masones!”. Jacinto Pérez, líder de la turba enfurecida, dijo que el hecho fue instigado por Gerónimo Solané, un supuesto chamán conocido como el Tata Dios. En Tandil, por entonces una tranquila localidad de 1500 habitantes, había instalado un polémico centro de curaciones, congregando a un gran número de criollos gracias a sus dudosos poderes milagrosos. El hecho disparó un frenesí de violencia, con la policía y varios pobladores enfurecidos atrapando a los autores de la matanza, con varios muertos en el proceso. Una vez apresado, el Tata Dios negó todos los cargos, lo cual no evitó que fuera asesinado en su celda por un balazo anónimo. El juicio fue muy irregular y nunca se esclarecieron de manera definitiva las verdaderas motivaciones detrás de uno de los crímenes más truculentos del siglo XIX.

El Petiso Orejudo: Su nombre verdadero era Cayetano Santos Godino y continúa siendo el criminal más famoso de la historia argentina. Hijo de inmigrantes italianos, su infancia desgraciada transcurrió entre constantes enfermedades, a las que se sumaban las fuertes golpizas que le daba su padre alcohólico. Esto quizás influenció los informes médicos que se conocieron tras su detención, en los que se afirmaba que era “un alienado mental, degenerado hereditario, un tipo agresivo, sin sentimientos ni inhibición moral”. Su caso es notable tanto por la temprana edad de sus víctimas como por el sadismo exhibido en sus asesinatos, a lo que se les sumaban otras patologías como la piromanía y el maltrato a los animales. Detenido en diciembre de 1912, confesó cuatro homicidios, además de detallar otros ataques en los que no logró su cometido. Terminó sus días en el mítico  penal de Ushuaia, en donde fue sometido a constantes abusos por parte de otros reclusos. Allí murió el 14 de noviembre de 1944 en circunstancias nunca aclaradas; aunque la versión más aceptada es que fue asesinado como reprimenda por haber matado al gato que era la mascota de la cárcel.

Florencio Roque Sánchez: Su forma de atacar le ganó el alias de “el vampiro de la ventana”. Convencido de ser un chupasangre, este tucumano vivía en una cueva y aprovechaba el calor veraniego, que obligaba a la gente a dejar las ventanas abiertas, para atacar a sus víctimas, a las que mordía en el cuello para beber su rojo contenido. Se estima que mató a unas 15 jóvenes en la localidad de Montero durante la década del 50´. Apresado en 1960, fue diagnosticado con  esquizofrenia y pasó el resto de sus días en una institución psiquiátrica.

Carlos Eduardo Robledo Puch: “¡Esto fue un circo romano! ¡Algún día voy a salir y los voy a matar a todos!”. Esas fueron las palabras que gritó Robledo Puch mientras era retirado del juzgado que lo condenó por los numerosos asesinatos, robos y abusos que cometió en varias localidades de la Zona Norte de Buenos Aires entre 1971 y 1972. Nacido en una buena familia, jamás experimentó urgencias económicas y la prensa lo llamó “Ángel de la muerte” por su aspecto de chico bien con rizos rubios. Preso en el ominoso penal de Sierra Chica desde hace 49 años, hace tiempo que gestiona un permiso de libertad condicional, aunque las probabilidades de que la Corte Suprema se lo otorgue parecen remotas. En el cine lo interpretó Lorenzo Ferro con una actuación que equilibra la perversión y la sensualidad por partes iguales.

Yiya Murano: Su documento la identificaba con el extenso nombre de María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano y durante sus últimos años se la podía ver, con su aspecto pintoresco, recordando su caso en algún programa televisivo. No pocas veces concurrió con una bandeja de masitas amasadas por ella misma, sabiendo que su modus operandi consistía en agregar cianuro en los bocados y en el té de sus víctimas. Su accionar podría haber pasado desapercibido, pero cuando en 1979 tres amigas a las que “Yiya” les debía dinero fallecieron en el lapso de 2 meses todos empezaron a sospechar. Las autopsias realizadas pusieron en evidencia la presencia del veneno, coincidiendo con testigos que afirmaban haber visto a Murano con un misterioso frasquito en las inmediaciones de la escena del crimen. La señora fue apresada, teniendo que esperar tres años su sentencia. Sin embargo, fue liberada debido a problemas de salud y a falta de pruebas. Recién en 1985 se la encontró culpable de las tres muertes, aunque a mediado de los 90s fue liberada sin cumplir la sentencia original a cadena perpetua. Aunque ella siempre negó todos los crímenes, su hijo Martín se ocupó de retratarla de la peor manera en el libro Mi madre, Yiya Murano. Ella siempre disfrutó su popularidad, por lo que debe haberse sentido frustrada cuando su estado mental la llevó a terminar sus días en un geriátrico de Caballito donde no podía dar entrevistas. Falleció anónimamente en el año 2014.

Existen numerosos artículos sobre la fascinación del público por las historias truculentas basadas en hechos reales. Quizás Sigmund Freud tenía razón y todos tenemos una pulsión de muerte, un impulso natural como seres vivos por volver al estado contrario a la vida, algo que se manifiesta en esa atracción por las historias reales escabrosas. Quizás secretamente sabemos que la línea que nos separa de realizar algunos de estos actos es tenue, por lo que verlos en pantalla es una forma terapéutica de canalizar ciertas fantasías extremas. El cine también sirve para calmar a las fieras.

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