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Calamar navideño

Antes de que finalice el año Andrés Calamaro dio a conocer su nueva placa a la que el puso "Volumen 11".

Los últimos años no fueron los más felices para Andrés Calamaro, al menos en lo musical. Figura repetida en los programas de chimentos y animador desde la tribuna en el show «Bailando por un sueño», muchos dieron por hecho que los mejores tiempos artísticos del hombre nacido en Avellaneda ya eran parte del pasado. Sin embargo, a pesar de la pirotecnia mediática, el músico nunca dejó de componer y editar con su habitual frenesí creativo.

Hace unos meses entregó su tercer CD de grabaciones encontradas, titulado «The Romaphonic Sessions», ese enjambre de covers, colaboraciones, versiones en vivo y canciones sobrantes que el Salmón recopila periódicamente para apabullar a sus fans. Y ahora, justo cuando el año se va, edita «Volumen 11», un trabajo con 19 temas que lo acercan al sonido más árido y directo de su obra. Bastan los primeros segundos de «Apocalipsis en malasaña», con un riff entre country y metalero, para darse cuenta que lo que primará será el rock n´roll. Un inicio sazonado con imágenes entre nocturnas y bíblicas.

Las cosas se tranquilizan con el spinettiano «Frío y barro», cantado con una voz irreconocible y con un fragmento rapeado. ‘Andrelo’ nunca ocultó su deuda con el rock argentino más clásico, y eso se nota en varios pasajes del disco como el cover de «Como el viento voy a ver» de Pescado Rabioso. Además del añorado Flaco Spinetta otra presencia latente es la de Norberto Pappo Napolitano, tangible en canciones como «Tan triste no es el blues», «El huevo y la gallina» y «El blues de Santa Fe», versión de un clásico del guitarrista de Paternal. Los temas ajenos continúan con la interpretación abolerada de «Mareo» de Babasónicos.

Por supuesto que, tratándose del ex-Abuelos de la Nada y ex-Los Rodríguez, las canciones con destino de himno no tardan en aparecer. Por el lado más rockero el primer corte promocional «La noche» y el stoniano «Pánico en el Benidorm» dejan su marca. En la otra punta están las baladas que son marca de fábrica de la casa, como «Rock y juventud» y su sentida versión del clásico mexicano «Ojalá que te vaya bonito» en tiempo de vals.

Desde las letras el cantante recurre repetidamente a imágenes tangueras y a postales portuarias de altamar («Mi cuerpo es mi barco» llega a afirmar en algún momento), acentuando su perfil de perdedor solitario que recorre los bares, a pesar que hace años que abandonó esa vida. Todo frecuentemente narrado con el estilo grave de Lou Reed. Hacia el final llega «Blues y orquesta» y la zapada instrumental «Trujillo Libre», con el aporte fundamental del tecladista Guido Wiedemer, que adornó con sus órganos moogs, pianos eléctricos y mellotrones varias de las páginas de este álbum.

Otros que acompañan a Andrés son los guitarristas Julián Kanevsky y Baltassar Comotto, el bajista Mariano Domínguez y el baterista Sergio Verdinelli. Todos buscan sonar más llanos y directos, lejos de la producción pulida de discos como «Honestidad brutal», clásico que ya está cumpliendo 20 años. Una vez más encontramos al Salmón moviéndose entre acordes simples, estribillos pegadizos y algunos pasajes más caóticos que pueden asustar a los seguidores que solo gustan de su faceta disciplinada. Un trabajo desmesurado, adictivo y desigual, 100% Calamaro.

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