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Colmillos de punta

Las últimas películas sobre vampiros nos muestran a gente bella y apuesta, a diferencia de las tradicionales producciones. Acá te mostramos algunos de esos films.

Colin Farrell y Edward Pattison lo fueron en la última década; Brad Pitt, Antonio Banderas y Tom Cruise en los ’90; y hasta chicas como Kristen Dunst y Kate Beckinsale se destacaron en el rubro. A diferencia de los viejos chupasangres, los vampiros cinematográficos de los últimos años son gente bonita y apuesta, pero igualmente dispuestos a buscar cuellos jóvenes para saciar su sed.

La leyenda de personas que se alimentan de sangre humana data de tiempos antiquísimos, pero recién hace unos dos siglos tomó forma narrativa concreta. Pioneros notables en tratar el tema fueron John Polidori con su cuento fundacional «El vampiro» (1812) y Sheridan Le Fanu con «Carmilla» (1972). Pero será el irlandés Bram Stoker con «Drácula» (1897) quien crearía los lugares comunes en los que se basaría casi toda la narrativa vampírica posterior.

La historia es conocida: un joven abogado inglés viaja a Transilvania a trabajar para un oscuro Conde que quiere mudarse a Londres. Detrás de aquella gestión se esconde la intención de acechar a la novia del abogado, a quien confunde con su mujer Mina, a quien perdió siglos atrás. Allí se describen por primera vez la fobia al ajo, las trasformaciones en lobos y murciélagos y la atmósfera de romanticismo gótico típica del personaje. También aparece el profesor Van Hellsing como el archienemigo obsesionado con matar a la criatura.

En 1927 Friedrich Murnau fue el primero que vio el potencial cinematográfico que la novela de Stoker tenía, pero para no pagar derechos le cambió el nombre a su adaptación e introdujo varios cambios en la historia. Su obra «Nosferatu; una sinfonía de horror» introdujo además un monstruo distinto al que conocemos; pálido, calvo y con afilados incisivos en vez de los típicos colmillos. Ese siniestro ser se transformó en una figura icónica del expresionismo alemán.

Esta versión resultó enormemente influyente con el paso del tiempo. Otro alemán ilustre y demente, Werner Herzog, realizó una nueva lectura del film en el ’79, esta vez con el temible Klaus Kinski en el protagónico. Más tarde la película «La sombra del vampiro» (2000) fomentó la teoría de que el protagonista original de Nosferatu era un vampiro verdadero, algo que la excelente actuación de Willem Dafoe ayuda a creer.

Con la llegada del sonido vinieron nuevos Dráculas, adaptaciones reconocidas de la novela original. En 1931 Tod Brownig dirigió al húngaro Bela Lugosi en el protagónico, quien le dio una impronta más romántica a la criatura. En cambio en los años ’50 la empresa inglesa Hammer le otorgó a Christopher Lee el papel del chupasangre, con un toque más morboso y decadente. Lee interpretó al conde en numerosos filmes, algo que le ganaría la admiración de gente como Tim Burton y de lo que él mismo se burlaría brillantemente en una escena de «Gremlins 2«.

Finalmente en 1992 Francis Ford Coppola decidió realizar la versión definitiva de la novela de Stoker ayudado por un reparto estelar: Keanu Reeves y Winona Ryder como la joven pareja, Anthony Hopkins como Van Hellsing y Gary Oldman como un cambiante Drácula moderno. La película por primera vez narró los orígenes del mito, cuando el personaje todavía se llamaba Vlad Thepes y era un feroz combatiente cristiano contra las invasiones musulmanas. La pérdida de su amada Mina fue lo que empujó a la locura y el vampirismo.

Pero no todo giraba en torno al famoso conde rumano en materia de chupasangres. En 1968 Roman Polanski realizó la excelente sátira «El baile de los vampiros» que incluye elementos tan heterodoxos como un vampiro homosexual y un baile coreografíado en el que nada es lo que parece. Ya en los ’80 las lecturas pop del mito se multiplicaron, como lo demuestra la notable «La hora del espanto«, de la cual recientemente se hizo una remake estelarizada por Collin Farrell.

Otra variante interesante es la que propone la existencia de seres humanos normales – sin ningún origen sobrenatural – a los que les gusta tomar un poco de hemoglobina cada tanto. Esta idea, ya expuesta en «Martin» de George A. Romero en la década del ’70, fue llevada al límite en «The Vampire kiss» de 1989. Allí Nicholas Cage es un yuppie que luego se ser mordido por un murciélago se convence de que ya no puede vivir como alguien normal. Incluye una famosa escena en la que el bueno de Nick engulle una cucaracha viva buscando mayor realismo. Épico.

Dos años antes se había estrenado «The lost boys» – aquí llamada «Que no se entere mamá» – que puede considerarse un antecedente sin moralina de «Crepúsculo«. En aquella película Kiefer Sutherland lideraba una pandilla de jóvenes vampiros y estaba dispuesto a robarle las novias a los adolescentes del pueblo. El vampiro siempre ha sido un personaje dotado de mucha carga sexual, por el que las damas sienten una oscura atracción, dejándose mordisquear con placer en más de una oportunidad.

Paralelamente la escritora Anne Rice le daba vida a una popular saga vampírica con la publicación de «Entrevista con el vampiro«, adaptada al cine de 1995, y sus secuelas. Esta serie de novelas narró los enfrentamientos entre distintos clanes de monstruos, a la vez que expuso las contradicciones que tiene el hecho de ser inmortal. No es fácil sentar cabeza para unas criaturas condenadas una y otra vez a ver morir a las personas que aman. Recientemente se anunció la producción de nuevas películas basadas en la saga, algo ideal para los amantes del gótico-pop.

Pero en el nuevo siglo ha sido una autora mormona llamada Stephanie Meyers quién dio en el blanco comercialmente. «Crepúsculo«, su exitosa serie de libros sobre vampiros adolescentes, buscaba advertir sobre los peligros de perder la castidad a temprana edad, pero irónicamente el resultado terminó siendo el contrario. La saga se ha ocupado de actualizar el costado erótico de los personajes, aunque todo es lo suficientemente ligth como para no alarmar a los padres. Lejos de las épocas en que el vampirismo era sinónimo de lo prohibido y oculto, el mito se nos presenta en su versión apta para todo público.

La reciente «Drácula: la historia jamás contada» retoma la leyenda de Vlad, el empalador – que Coppola mencionara brevemente en su versión – y busca insuflar nuevos aires la criatura. Es que es difícil para un monstruo asustar a alguien en la actualidad; hay demasiada competencia en la vida cotidiana. No es casual que los libros de autoayuda hayan desarrollado la teoría de los «vampiros emocionales». Todos conocemos alguien a quien nos gustaría clavarle una estaca en el pecho.

Por Luis Alberto Pescara

 

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