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Corazones góticos

Los orígenes del culto al lado oscuro del alma humana son literarios.

Hace unos años se puso de moda hablar de las tribus urbanas. Emos, floggers, otakus, gammers y otros grupos fueron analizados por sociólogos y periodistas poco serios como expresiones contemporáneas de la cultura popular joven. Entre todas estas tendencias la movida dark se destaca por su visibilidad y por ser la que tiene las raíces más clásicas.

El reciclaje pop de la imaginería gótica despierta desconfianza en muchos flancos. Padres desconcertados, psicólogos preocupados y sacerdotes asustados no dejan de darle vueltas al fenómeno. No es casual que hace unos años una página cristiana lanzara el artículo «La música gótica destruirá a sus chicos» advirtiendo sobre los peligros de este movimiento. Obviamente que este tipo de discursos parte desde un lugar conservador y superficial. En realidad se trata de una tradición compleja en constante movimiento, en la que conviven The Cure, Edgar Allan Poe y el folklore rumano.

Los orígenes del culto al lado oscuro del alma humana son literarios. Hacia fines del siglo XVIII se publicaron en Inglaterra las que son consideradas las primeras novelas góticas: «El Castilllo de Otranto» de Horace Walpole y «The Old English Baron» de Clara Reeves. Ambas tuvieron un notable éxito. También se destaca el polaco Jan Potocki, autor del alucinante «El Manuscrito encontrado en Zaragoza«, quien al igual que otros escritores alemanes y rusos estaba influenciado por las tradiciones folclóricas y sobrenaturales de Europa.

En 1816 ocurrió un hecho fundamental para la popularidad de este estilo. El poeta Lord Byron organizó en su villa de descaso del Lago Lemán – Suiza – una reunión que tuvo como invitados a los escritores Percy Bysshe Shelley, Mary Shelley y John William Polidori. Allí participaron de una competencia para ver quién creaba el relato más aterrador. De aquella suerte de brainstorming lúgubre nacieron dos historias clásicas: «Frankenstein o el moderno Prometeo» de Mary Shelley (quien tenía solo 19 años al momento de escribirlo) y «El Vampiro» de Polidori. Estos títulos influenciaron al naciente movimiento romántico y a la literatura vampírica respectivamente. Los sucesos de aquella insólita jornada literaria fueron narrados en el cine por Ken Russell en el filme «Gothic» de 1986.


Todas estas historias ganaron tanta popularidad que rápidamente fueron objeto de críticas y lecturas satíricas. Un ejemplo es el de Jane Austen, quien en 1818 editó «La Abadía de Northanger» contando la historia una joven de 17 años, fanática de las novelas góticas, que intenta llevar los parámetros de la ficción a la vida real mientras experimenta su despertar amoroso. Otro personaje ilustre que criticó la tendencia fue el Marqués de Sade, que la consideró una prolongación de los cambios que provocados por la Revolución Francesa y sus consecuencias. El miedo social y político se reflejaba en estas páginas de terror. Mientras tanto, del otro lado del Atlántico, un Edgar Allan Poe alcóholico y atormentado empezaba a desarrollar su influyente obra.

Los títulos siguieron multiplicándose durante la era victoriana, sobre todo los relativos al vampirismo. Este es un mito fuertemente erótico, en el que un ser es penetrado por otro para usurpar sus fluidos, lo cual puede explicar la fascinación que ejerce sobre los adolescentes. Sheridan Le Fanu en «Carmilla» fundó muchos tópicos del subgénero, con una protagonista en pleno despertar sexual, flirteos lésbicos incluidos. Un cuarto de siglo después Bram Stoker publicó «Drácula«, terminando de definir una mitología que se sostiene hasta nuestros días. A partir de allí la historia del conde transilvano sería sometida a todo tipo de adaptaciones, y solo los más despiertos advierten que detrás de sus detalles truculentos encierra una gran historia de amor.

¿Cómo es que toda esta mitología oscura y europea llega hasta la juventud actual? Durante el siglo XX todo aquel macabro bagaje comienza a ser aceptado por la cultura popular. Los cómics y seriales pulp, los radioteatros, el cine clase B (y no tanto) buscarían saciar el apetito del público por los escalofríos y las historias retorcidas. Y la música pop también se hizo eco de esto, con el histriónico pionero Screamin’ Jay Hawkinsnarrando historias de hechizos y sarcófagos en sus canciones de los 50′. «Shock Horror» llamarán los críticos a esta tendencia, que más tardeAlice Cooper explotará con profundidad.

Años más tarde Tony Wilson, al responder en una entrevista cómo definiría la música de sus protegidos de Joy Division, decidió calificarla como «gótica». A partir de allí la prensa musical inglesa se encargó de difundir el término, usándolo con bandas de la época como Siouxie and The Banshees, Bauhaus y The Cure. Todos ellos son bibliómanos confesos, fanáticos de los poetas malditos y de los ciclos de terror de trasnoche. La música dark vive su periodo de auge durante los 80′ y luego se diversifica en bandas tan distintas como Marylin Mason yEvanecense. Paralelamente Anne Rice publica «Entrevista con un vampiro«, iniciando una exitosa saga centrada en los chupasangres durante los años en que los futuros fans de «Crepúsculo» y sus clones usaban pañales.

Por fuera del género de terror, Tim Burton rescata lo gótico desde un costado más accesible, creando un universo visual de gran difusión en las últimas décadas y que hoy se refleja en cientos de adolescentes usando mochilas con los personajes de «El extraño mundo de Jack«. Es la evolución lógica de lo dark en la era de las redes sociales. Llegará el día en el que los chicos que leen a Stephenie Meyer empezarán a adentrarse en las obras de los autores seminales del horror y descubrirán una tradición literaria que lleva más de dos siglos. Un proceso inevitable que debe realizarse con la misma convicción con la que un par de colmillos se hunden en la garganta de alguna dulce muchacha.

Por Luis Alberto Pescara

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