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Creciendo en la pantalla

Hoy la infancia no tiene el carácter inmaculado que se le asignaba antaño. El cine y las series retrataron este cambio, valiéndose tanto de conflictos reales como de tramas fantásticas.

La relación que tenemos con la niñez es bastante ambigua, ya que a pesar que todos pasamos por ella, estamos imposibilitados de recordarla sin el filtro de nuestra experiencia como adultos. Por eso es común cierta tendencia nostálgica a idealizarla como un periodo de inocencia, algo que se refleja constantemente en el arte. Esto tiene mucho que ver con el éxito Stranger Things, donde la eterna disposición para la aventura de la infancia se marida con un recuerdo purificado de los años 80’. La serie de Netflix funciona al abarcar los dos conflictos que suelen empujar las ficciones que hablan del cambio de edad en esos años tempranos: uno fantástico y otro real. El primero engloba la resolución de la conspiración sobrenatural central, mientras que el segundo retrata la búsqueda de la identidad dentro de una familia fragmentada y la experiencia del primer amor. Estos tópicos se complementan apoyados con solidez en una larga tradición narrativa.

En el mundo anglosajón se agrupa bajo la denominación de coming of age a las ficciones que presentan a niñas o niños atravesando sus primeros pasos hacia la adultez. Se trata de historias en los que los protagonistas, de entre 10 y 18 años, sufren una experiencia conflictiva que los empuja a madurar de manera repentina. La pérdida de la inocencia y el encuentro con la sexualidad y los primeros problemas adultos son constantes de estas narraciones. Las raíces de este género se encuentran en las alegorías religiosas y en ciertas fábulas morales, pero es el nicho que los críticos literarios llaman bildungsroman, término alemán que puede traducirse como “novela de aprendizaje”, el antecedente que más evidente.

El cine tardó bastante tiempo en abrirse a miradas oscuras o ambiguas sobre la infancia, mostrándola casi siempre en fuerte contraste con el mundo de los adultos. En el clásico El Mago de Oz de 1939 la realidad y sus problemas están fotografiados en blanco y negro, pero cuando la soñadora Dorothy comienza su periplo fantástico aparecen espectaculares colores en la pantalla. Al final la muchacha termina volviendo a su granja natal para concluir que “no hay ningún lugar como el hogar”. En esos años no se concebía mostrar en la ficción que los pequeños podían tener un destino distinto, lejos de padres y tutores. Recién a mediados de la década del 50’ aparecerán otros discursos, como en la obra maestra La noche del cazador, con sus niños sin familia escapando del temible Robert Mitchun, o The Bad Seed, historia de una niña criminal que inauguró todo un género dentro del cine del terror. Pero los mayores cambios se gestaron fuera de Hollywood.

Durante la posguerra el neorrealismo italiano, especialmente con el clásico El ladrón de bicicletas, sentó las bases para una visión más descarnada de esos primeros años de crecimiento. En los años siguientes su influencia estuvo presente en películas tan variadas como Phater Panchali de la India, Los 400 golpes de Francia, Crónica de un niño solo de Argentina y Kess de Inglaterra. Todas eran historias que apostaban al realismo sin artilugios, donde sus nóveles protagonistas se movían entre familias fragmentadas y sociedades empobrecidas. ¿Cómo asimilaría el cine industrial estas nuevas maneras de narrar ficciones sobre la infancia?

La respuesta llegó en forma de tres títulos de principios de los 70’, muy distintos entre sí. Uno de ellos fue Willy Wonka y la fábrica de chocolate, primera adaptación de la novela de Roald Dahl, con su audaz aventura psicodélica muy representativa de la época. Por otro lado, la brillante Harold and Maude presentó a un muchacho obsesionado con la muerte que encuentra un inesperado aliento en una jovial anciana. Finalmente, con un espíritu más luminoso, Melody fue todo un hito generacional. La historia de dos niños de 10 años que deciden, sin mayor explicación que la de sentir el deseo de hacerlo, contraer matrimonio continúa emocionando hasta el día de hoy. Spoiler alert: todo termina con la joven pareja huyendo a realizar su sueño romántico lejos de la mirada inquisidora de los mayores. Esto ocurre sin la necesidad de un hecho traumático que empuje a los protagonistas hacia la madurez, simplemente siguen su propio impulso vital. Estas tres producciones se anticiparon a la explosión de cine fantástico pubescente de la década siguiente.

Es inevitable hablar del cine ochentero sin mencionar a Steven Spielberg, admirador del espectáculo del viejo Hollywood, pero también de la ternura realista de Francois Truffaut. Ambas tradiciones coincidieron en su exitosa E.T. – el extraterrestre, cuyo título título original era A boy’s life (La vida de un chico), pues se centraba en el efecto que tenían sobre un niño la separación de sus padres. El recuerdo autobiográfico del realizador, que se creó en un “amigo imaginario” cuando sus padres se divorciaron, se refleja en un film que logra ese soñado equilibrio entre brillantez técnica y profundidad emocional. Spielberg fue una figura fundamental para muchas películas de la época, produciendo filmes como Volver al futuro, la cual usó el recurso de los viajes en el tiempo y un tono de comedia brillante para contar la historia de un adolescente que debe pelear para encontrar su identidad (incluso con un fugaz beso incestuoso) y Gremlins, donde el caos creado por las criaturas del título ayuda al protagonista a adquirir un nuevo sentido de responsabilidad.

Es la década que mejor perfeccionó la alquimia del coming of age. Títulos como Los ladrones del tiempo, La historia sin fin, Laberinto y Big, quisiera ser grande mostraron, detrás de su factura industrial, a niñas y niños que encuentran en la aventura fantástica una forma de escape frente a sus problemas cotidianos. Los protagonistas son víctimas del bullying o tienen entornos familiares distantes, por lo que las peripecias a las que se enfrentan tienen el carácter iniciático de aquellos viajes que emprendían los héroes míticos. Al final de esas travesías terminarán siendo una persona distinta. Curiosamente el filme más entrañable de la camada no tiene ni una pizca de fantasía, pero retrata las trasformaciones de esa edad complicada a la perfección. Basado en un relato del ícono del terror Stephen King, Cuenta conmigo de 1986 se sostiene por su mirada humana a partir de una anécdota mínima pero atrapante. “Nunca volví a tener amigos como los de los doce años» afirma sobre el final el protagonista, y es muy difícil no estar de acuerdo con él.

Hoy un conjunto de cineastas perteneciente a la generación que creció viendo esos filmes se destaca con una mirada compleja sobre la niñez y la pubertad. Spike Jonze con Donde viven los monstruos, Wes Anderson con Moonrise Kingdom, John Cartney con Sing Street y Paul Thomas Anderson con Licorice Pizza apuestan a un cine muy diseñado desde lo visual, pero preocupado por ese momento en el que hijas e hijos sienten el impulso de enfrentarse al entorno hogareño y buscar su destino fuera de él. Incluso una saga tan mainstream como Harry Potter busca explícitamente homenajear a los éxitos juveniles de antaño años a pura magia y pasiones de pubertad. Esta tendencia llega a su acabado más perfecto con Stranger Things, que balancea aventura, drama, terror y coming of age. Aunque la serie sea efecto del cálculo (se dice que Netflix creó el show basándose en algoritmos sobre lo más visto en la plataforma) nadie puede negar su impacto como entretenimiento.

Crecer es una tarea difícil, pero frecuentemente el paso del tiempo atenúa el recuerdo de los golpes recibidos. La infancia y la adolescencia son épocas de aprendizaje, en las que cada experiencia traumática repercute en la formación de nuestra personalidad, con la compleja realidad del mundo penetrando inexorable a medida que maduramos y nuestro refugio poético de los primeros años se desvanece de a poco. Un proceso que se aceleró en las últimas décadas, donde los más jóvenes se ven forzados a abandonar cada vez más rápido su etapa lúdica para transformarse en activas unidades de consumo. En este contexto resulta profética la frase que en una secuencia clave de La noche del cazador dice una anciana: “Son tiempos difíciles para los seres pequeños”.

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