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¿De qué me perdí?

Las redes sociales son el condimento que sazona en la coyuntura de creciente ansiedad en la que vivimos. Este es el mundo del FOMO, el término que designa a la sensación de perderse algo importante en la red.

Un clásico del rock argentino firmado por Vox Dei reza que el momento más importante es “el presente y nada más”. El discurso alrededor de la importancia de valorar el momento que vivimos, evitando pensar en el pasado o estar pendiente de la mirada de los demás, es uno de los más arraigados en la historia de la humanidad. Lo alcanza a todo: desde la peor autoayuda hasta la más compleja filosofía. Muchos sabios y sabias de distintas épocas insistieron en que para tener una existencia plena lo mejor es centrarse en disfrutar los momentos mientras ocurren. Por supuesto que esto suena fácil en los papeles, pero es difícil de llevarlo a la acción, sobre todo en esta era en la que las redes sociales nos enrostran momentos de intensidad ajena constantemente.

En los últimos años se difundió el término FOMO, siglas en inglés para Fear of Missing Out, que puede traducirse como “Miedo a perderse algo”; aunque podría explicarse como temor a quedarse afuera. Es esa sensación algo angustiante que puede invadirnos cuando al recorrer las redes sociales o participar de una actividad online advertimos que hay un hecho, código u oportunidad de la que no estamos al tanto. Esto fomenta la falsa idea de que los demás tienen vidas más interesantes y divertidas que las nuestras. Estos síntomas están muy ligados al uso patológico de internet, que provoca que muchas personas le den más importancia a la experiencia digital que a la real, lo que desemboca en una idealización de lo que se ve en aplicaciones y redes.

Desde luego que esta sensación de juzgarse uno mismo a través de filtros poco reales no es nueva. En cierta manera se trata de una actualización de la frase “el césped del vecino siempre es más verde” a nuestro siglo XXI, una era en la que la conectividad constante nos hace ver los logros de los demás a toda hora. Porque la envidia siempre estuvo ahí, aunque encontró nuevas formas de experimentarse durante los últimos 70 años. Luego de la posguerra, cuando el consumo empezó a jugar un papel fundamental en la percepción del lugar que cada actor social ocupa, el status pasó a ser un fuerte indicador del éxito personal. La oferta creciente de bienes acentuó la presión en los ciudadanos por la competencia, lo que se tradujo en un boom económico de la clase media, pero también en un enorme crecimiento de los niveles de estrés. Esto puede considerarse una forma temprana de FOMO, con personas sintiéndose superadas por aquellas más exitosas.

Pero sin dudas la aparición de internet y los dispositivos portátiles abrió una nueva etapa de crecimiento para este malestar. Esta variante fue detectada por primera vez en el año 2000 dentro del mundo de márketing estratégico, donde solo se la pensó como una herramienta más para diseñar campañas publicitarias. Pero el término FOMO propiamente dicho fue acuñado por Patrick McGinnis en el año 2004, cuando era estudiante de la Escuela de Negocios de Harvard, como una variable irónica con la cual organizaba su vida social junto a sus amigos. De hecho, la sigla original era FOBO (Fear of Missing Opprtunities), ya que englobaba a la frustración de perderse un momento popular excitante durante los fines de semana universitarios ¿Es que acaso la vida no se transformó en una carrera por no perderse oportunidades valiosas? La aparición de las redes sociales, con su oferta de eventos y productos segmentados, le mostraban a McGinnis y su círculo cuando se quedaban afuera de algo interesante. Y hoy hacen lo mismo con nosotros.

La pulsión por desear estar en todos lados es un comportamiento fomentado por las redes desde su diseño. El Dr. Raian Ali, especialista en ansiedades contemporáneas ligadas a la tecnología, señala “Las redes sociales están hechas para ser atrapantes e inmersivas. Las notificaciones, los feeds personalizados, los titulares tentadores y todas las sugerencias son usadas para influenciar el comportamiento de las personas online. El FOMO ocurre no solo porque tenemos miedo de perdernos la oportunidad de saber qué es lo que otras personas están haciendo, sino también tememos no formar parte activa en ello, haciendo así crecer nuestra popularidad y sentido de pertenencia”. En cierta manera, las redes fomentan nuestra necesidad de ser parte de un lugar de status, como aquellos consumidores de los 50’ y 60’, aunque ahora este no se encuentre en el mundo físico.

Este malestar parece afectar sobre todo a hombres jóvenes, manifestándose en una creciente fatiga, estrés, problemas de sueño y bajo rendimiento en el estudio y el trabajo. Ante este escenario la prestigiosa revista Psychology Today detalló algunos tips para mantener esta ansiedad controlada en nuestra experiencia virtual: avanzar más despacio, practicar el discernimiento ante la información, permitirse no abarcarlo todo, enterarse de una cosa a la vez, disfrutar el proceso por sobre el fin y, de ser posible, practicar mindfullness. En definitiva, los consejos de la ciencia son bastante similares a los consejos de la autoayuda, haciéndonos volver al dilema sobre la importancia de vivir el presente. Eso tan fácil de pensar en teoría, pero tan difícil de lograr en la práctica.

Quizás el FOMO llegó para quedarse, porque las redes y sus algoritmos no paran de perfeccionar sus anzuelos para que vivamos pendientes de lo que les pasa a los demás. Se trata de una sensación ancestral que ahora está teniendo su actualización digital. Porque siempre hubo fiestas a las que no fuimos invitados, solo que hoy las podemos espiar todo el tiempo en la palma de nuestra mano.

 

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