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Defensa de la brujería

La caza de brujas no fue solo un periodo oscuro de la Edad Media, ya que muchas de sus consecuencias se sienten actualmente. Llegó el momento de rescatar las virtudes de aquellas mujeres sabias.

A pesar del carácter comercial que tiene hoy en día, el origen de Halloween es muy anterior al surgimiento de la economía de mercado. Sus raíces están en las celebraciones que las culturas celtas realizaban hace siglos para despedir el verano boreal, tradiciones que el cristianismo buscó erradicar acusándolas de paganas. Como esto no fue posible, la religión las adoptó resignificando su contenido. Que hoy, para designar a esta fecha, se use la expresión “Noche de brujas” en Hispanoamérica es un homenaje involuntario a aquellos orígenes rituales para nada santos.

La historia de la criminalización de la brujería consiste en una serie de injusticias que debemos repasar para entender mejor muchos cambios y luchas de los últimos años. Para ello es necesario apartarse de los tópicos difundidos por la cultura popular. La imagen de una anciana de nariz aguileña inclinada sobre un caldero mientras prepara un misterioso brebaje es una construcción que partió de los grabados medievales para multiplicarse gracias a la literatura y al cine. Esa iconografía grotesca comenzó a imponerse en el siglo XIV, coincidiendo con el momento de mayor apogeo de la Inquisición, el conjunto de normas que la Iglesia Católica implementó para combatir la herejía. Un periodo oscuro de la historia occidental que comenzó con un tribunal en Languedoc, sur de Francia, para después difundirse por toda Europa y sus colonias alrededor del mundo.

Por supuesto que las historias de magia y hechicería existían desde mucho antes de la Edad Media, constituyendo una parte fundamental de la cultura de los pueblos. Quienes realizaban estas prácticas, mucho antes que el conocimiento científico cobrara la forma que hoy conocemos, tenían saberes básicos en campos como la medicina, la nutrición, la botánica y la química. Las mujeres representaban una gran cantidad de esas figuras de sabiduría, administrando el conocimiento, ejerciendo como parteras y consejeras en las comunidades antiguas. Su papel era central en tiempos en los que el grueso de la humanidad era rural e iletrada.

Pero cuando el Cristianismo se institucionalizó como religión predominante se impuso un plan para terminar con todas las actividades que se consideraba paganas. En un primer momento se persiguió a los cátaros, al judaísmo y a la homosexualidad, pero luego se amplió la condena a aquellas mujeres que practicaban alguna forma de curandería o adivinación. Las persecuciones comenzaron en el siglo XIV, luego de una orden del pontífice Juan XXII, la cual inspiró en 1487 al clérigo alemán Heinrich Kramer para editar el texto “Malleus Malleficarum”, presentándolo como el “manual definitivo sobre brujería”. Aunque su contenido manipulaba los hechos creando leyendas sensacionalistas y mezclándolas con pura superstición, el libro se volvió un material de cabecera para inquisidores y juristas.

El texto pergeñado por Kramer impuso muchos de los mitos relativos a las brujas, a pesar de ser objetado por muchos académicos de la época. Su popularidad se trasladó al gran público, que durante casi 200 años lo sostuvo como el libro más leído luego de la Biblia. Pueblan sus páginas ideas como la adoración de las hechiceras hacia el Diablo, su capacidad para lanzar hechizos, volar, robar bebés, reunirse en aquelarres e incluso coleccionar órganos sexuales masculinos. Esto último evidencia la característica más evidente del “Malleus Malleficarum”: su profunda misoginia. En un fragmento el volumen señala sin vueltas “Toda la brujería proviene de la lujuria carnal, la cual en las mujeres es insaciable” ¿A qué se debía ese temor al placer femenino?

Los motivos son mucho más complejos que el simple fanatismo religioso. En momentos en los que Estado y Religión buscaban imponer la idea del matrimonio – con el hombre en el centro – como única forma posible de familia, la existencia de muchachas independientes capaces de impartir conocimientos en una comunidad no era bienvenida. La profesora y activista italiana Silvia Federici en su libro “Calibán y la bruja” señala que el proceso jugó un papel central en el ascenso del capitalismo como sistema económico dominante, confinando a la mujer a un papel de sujeto reproductivo, algo ideal para multiplicar la fuerza de trabajo. Detrás del fuego de las hogueras y las torturas brutales se imponía una nueva forma de entender el empleo y las relaciones de género.

No existen cifras exactas sobre cuántas mujeres fueron asesinadas durante el periodo de histeria anti-brujas, aunque según las fuentes solo en Europa hubo entre 30.000 y 50.000 ejecuciones. En América el fenómeno también se hizo sentir, con algunos casos célebres como los juicios en la ciudad norteamericana de Salem o los asesinatos de hechiceras andinas. La falta de datos concretos evidencia cómo los estudiosos ningunearon el tema durante mucho tiempo, indistintos ante un genocidio cuyas víctimas fueron principalmente mujeres campesinas. Recién en la década del 70’ se dimensionaron en su justa medida los hechos, desencadenando los primeros estudios serios al respecto. Como dice Federici: “Las feministas reconocieron rápidamente que cientos de miles de mujeres no habrían sido masacradas y sometidas a las torturas más crueles de no haber sido porque planteaban un desafío a la estructura de poder”.

La cultura popular empezó a reflejar, en paralelo con los nuevos estudios académicos, ciertos cambios en la forma de retratar a las brujas. En los años 90’ el éxito de series como “Charmed” y “Sabrina: la bruja adolescente”, junto a films como “Jóvenes brujas”, pusieron al mundo de los hechizos en un nuevo foco de atención. Más recientemente hasta los Estudios Disney ofrecieron su visión humanizante de las villanas femeninas clásicas en “Maléfica”. Estos cambios empujaron a la revista alternativa Vice a publicar un artículo titulado ¿Por qué los adolescentes aman tanto a la brujería?” en el que la socióloga Helen A. Berger, especialista en neo-paganismo, señala que cada vez más chicas se animan a salir de “closet de la escoba”, interesándose en la historia de la práctica y contactándose online con gente que comparte esa pasión. Incluso la Wicca, surgida a mediados del siglo XX, es una nueva forma de brujería con sus propios rituales y un acercamiento solidario a la idea de lo mágico.

Pero la verdadera revancha no tiene nada que ver con el revisionismo de personajes populares ni con las formas posmodernas de entender la brujería. En el libro “El retorno de las brujas” la investigadora mexicana Norma Graf sostiene que el acelerado crecimiento de la cantidad de mujeres que entran al ambiente de la ciencia y la investigación hoy es una consecuencia de aquella brutal interrupción sufrida hace siglos. El conocimiento femenino, tan importante en las culturas antiguas, vuelve con fuerza a ocupar un lugar importante en el mundo. De esta forma la escoba, que durante tanto tiempo fue relegada a simple símbolo de los quehaceres domésticos, vuelve para ser parte de nuevos aquelarres. Un acto de justicia después de tanta lucha.

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