Cine/TVMultimedia

DiCaprio, Vaticano y black power

Se realizó una nueva edición de los Oscars. "Spotligth" fue reconocida como mejor película, Leonardo DiCarpio fue el mejor actor y Brie Larson se quedó con la estatuilla a mejor actriz. El mexicano Alejandro González Iñárritu fue elegido mejor director.

La ceremonia número 88 de la entrega de los Oscars estuvo precedida por un fenómeno curioso. No existe registro histórico de que el apoyo popular haya empujado a la Academia de Artes y Ciencias a premiar a un actor particular, pero no es descabellado pensar que Leonardo DiCaprio se llevó su estatuilla gracias la presión de la comunidad cinéfila. Más allá de los chistes y memes sobre esa situación, la noche estuvo plagada de subtextos dignos de mención.

Hace apenas dos décadas hablar de temas sociopolíticos en la ceremonia de premiación estaba proscripto, al menos si no estaba pautada de antemano. Eran épocas en las que si Tim Robbins y Susan Sarandon hacían alguna declaración comprometida fuera de guión la incomodidad en concurrentes a la gala y en directivos de la industria era palpable. Hoy los temas espinosos son incluidos dentro de los monólogos con un giro humorístico, cumpliendo así con las reglas de corrección política que todo lo alcanza hoy en día.

La polémica de este año pasaba por la ausencia de actores negros en los rubros más importantes, algo que se extendía incluso a la temática de de los filmes más nominadas. El boycot había comenzado en las redes sociales hace semanas y para el día de la entrega contaba con gente tan ilustre como Will Smith y Spike Lee. Por todo esto la Academia eligió al comediante Chris Rock como anfitrión, corrosivo humorista negro que – sin embargo – estuvo muy disciplinado en sus intervenciones. Hubo numerosas alusiones a la controversia racial (como las falsas escenas protagonizadas por artistas de color y el irónico reconocimiento a Jack Black), pero nada ocurrió fuera de lo predecible. En este sentido el momento más interesante fue aquel en el que Rock entrevistaba a espectadores negros a la salida de un cine y estos desconocían casi en su totalidad a todos los filmes nominados. No hace falta ser sociólogo para concluir que hay una brecha difícil de medir entre las películas que fascinan a los sectores populares y las que se llevan todos los premios. Y lo más desconcertante es que quizás ambas partes están en lo correcto.

Hablemos de cine. Si la ceremonia del 2015 había enfrentado dos concepciones distintas de hacer arte – la ampulosidad escenográfica de «Birdman» frente a al realismo austero de «Boyhood» – este año el nivel de las fue nominaciones estuvo menos polarizado, primando la variedad de las propuestas. En el listado convivían el drama comprometido de «Spotlight: En primera plana», la tragicomedia basada en hechos reales de «La gran apuesta», la acción compleja de «Mad Max: Fury Road», la aventura naturalista y violenta de «The Renevant: el renacido», la reconstrucción histórica de «Puente de espías», la ciencia ficción de «The Martian-Misión rescate» y la austeridad intimista de «Room» y «Brooklin». Todo un abanico que abarca las infinitas posibilidades expresivas que ofrece el cine.

Fue merecido el reconocimiento a «Spotlight: En primera plana» como mejor película y mejor guión original. Basada en una investigación del diario Boston Globe que desenmascaró una multitud de casos de abusos a niños por parte de sacerdotes católicos, el film es ejemplar al apostar a la sobriedad tratando un tema en el que era fácil caer en el sensacionalismo; algo en lo que ayuda mucho su sólido elenco (Michael Keaton, Rachel McAdams, Mark Ruffalo, Liev Schreiber y Stanley Tucci, entre otros). La historia también funciona como un reconocimiento a la actividad del periodismo de investigación, que parece estar desapareciendo en la era de internet. Al aceptar el premio mayor el productor Michael Sugar remarcó que estaban representando a los sobrevivientes de los abusos, esperando que sus voces sean escuchadas incluso en el Vaticano. «Es tiempo de proteger a los chicos y restaurar la fe» dijo el ganador dirigiéndose directamente al Papa Francisco. Un gesto valiente que ojalá tenga consecuencias concretas.

spotlight

Mientras esto ocurría Alejandro González Iñárritu no pasaba un buen momento. A pesar de haber ganado como mejor director, lo que lo transforma en el único realizador en ganar dos veces seguidas junto al mítico John Ford, el mejicano no pudo contra «Spotlight». De todas maneras, durante su discurso hizo mención a la necesidad de superar las diferencias por el color de piel, añadiendo más corrección política a la noche. Iñárritu es un personaje algo antipático debido a sus declaraciones pretenciosas («Tengo una atracción por lo intenso y complicado, y solo puedo ser fiel a mí mismo») y a sus críticas a un sistema del que, aunque lo niegue, forma parte (nótese su encontronazo con Robert Downey Jr. al referirse a las películas de superhéroes). Mientras tanto su último film, aunque impactante en lo visual fruto del trabajo del director de fotografía Emanuel ‘Chivo’ Lubezki, también – otro triunfador de la noche – despierta desconfianza por sus similitudes con películas de Andrei Tarkovski, Werner Herzog y Terence Malick. Y no son pocos los que preferían ver a George Miller, director de «Mad Max: Fury Road», con la dorada figura en la mano. Pero el australiano debió conformarse con los numerosos premios técnicos que recibió su obra.

Ninguna de estas críticas debe haber preocupado a Leonardo DiCaprio, quien tuvo al fin su gran noche. Muchos se decepcionan al ver que la estrella es reconocida por una actuación que no está entre lo mejor de su carrera, pero sirve para que los chistes sobre su postergación terminen y para que Kate Winslet – su co-protagonista en «Titanic» y gran amiga – festeje más que él. En un buen gesto, Leo le agradeció a Martin Scorsese por su confianza al darle papeles más complejos, además de mencionar su militancia contra el calentamiento global.

Con la excepción de DiCaprio, todas las demás nominaciones por en la categoría interpretación estaban particularmente reñidas. Brie Larson ganó por su difícil papel en «Room», pero cualquiera de sus colegas podría haberlo merecido. Algo similar ocurre con el premio a mejor actriz soporte que recayó en la sueca Alicia Vikander, quizás lo mejor del drama «The Danish Girl». Si tenemos en cuenta la juventud de la mayoría de las nominadas debemos decir que hay futuro para aquellas entregas en las que no esté Meryl Streep. Más inesperado – aunque también merecido – fue el galardón para Mark Rylance por el espía ruso que interpreta en «Puente de espías» de Steven Spielberg. Que por ese papel haya triunfado sobre el veterano Sylvester Stallone es como decir que al final, después de tres décadas, Ivan Drago no era tan malo.

Fueron pocas las sorpresas a nivel premiación. Una notable fue el premio para el filme chileno «Historia de un oso» – que adjuntamos al final – dentro de los cortos animados, mientras que el galardón a «Intensamente» a la hora de los largos era muy esperable. En cuanto al espectáculo hubo momentos desaprovechados, como la aparición de los robots R2D2 y C3PO de «Star Wars» en el escenario, en la que no se hizo ninguna broma sobre el parecido del segundo androide con la dorada estatuilla que le quita el sueño a todo Hollywood. Los guionistas de la ceremonia no aspiraban a recibir ningún premio y esto fue evidente en varios pasajes.

Pero lo más atípico fue la inclinación de la orquesta de la gala a musicalizar todo con clásicos de los años 80′. Así desfilaron «Take my Breath Away», «The Power of Love» y «Againts All Odds», entre otros hits Aspen, acercando al ceremonia a una despedida de solteros cuarentones. Menos mal que el Oscar a mejor música original lo recibió el legendario Ennio Morricone por su trabajo en «Los ocho más odiados». El más genuino acto de justicia de toda la noche.

Mostrar más

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba

Bloqueador de anuncios detectado

Por favor, considere ayudarnos desactivando su bloqueador de anuncios