Cine/TVMultimedia

El gran simulador

Será larga la espera de dos años hasta el estreno de la película de “Los simuladores”, pero es una buena excusa para explorar el mundo de acrobacias narrativas de Damián Szifron.

A partir del retorno de la democracia en 1983 una tendencia frecuente de la crítica al hablar de cine argentino es medir el grado de “argentinidad” de las películas. Desde La Historia Oficial hasta Nueve Reinas, muchos filmes populares fueron sometidos a un test que evalúa en qué medida representan al ser nacional. Si ese proceso se aplicara al mundo de las series, no serían pocos los que elegirían a Los simuladores, emitida originalmente durante los años 2002 y 2003, como la serie más argentina alguna vez filmada. Ese espíritu es el que justifica el revuelo causado por la noticia del retorno, en formato película, del cuarteto justiciero que atrapó a la audiencia en la pantalla chica. Pero para que eso ocurra hay que esperar.

Detrás de esta creación se encuentra Damián Szifron, quien parece haber desarrollado un agudo sentido de sintonía con los momentos más críticos del país a la hora de idear sus ficciones. La primera etapa de su serie insignia se estrenó hace dos décadas, en el marco de una enorme crisis local. Hoy retoma su creación más influyente, en otro periodo de inestabilidad, lo cual seguro también influyó en los festejos que se dieron en las redes al conocerse la noticia. Pero muchas cosas cambiaron desde aquellos inicios en los que debió convencer a unos algunos ejecutivos televisivos sobre lo atrapante que eran las aventuras de unos tal Santos, Lamponne, Ravenna y Medina. En ese momento era apenas uno más de los tantos jóvenes realizadores que buscaban hacerse un lugar en la competitiva industria audiovisual argentina.

Nacido en Ramos Mejía en 1975, Szifron buscó, como muchos cineastas de su generación, diferenciarse de cierta tradición repetitiva del cine nacional, estancada en los discursos retóricos y la desprolijidad técnica. El llamado Nuevo Cine Argentino, que incluía a Adrián Caetano, Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Mariano Llinás y Daniel Burman entre otros, apostó durante el cambio de siglo a una estética minimalista, sumada a una predilección por los personajes marginales, los cuales no lograban encajar en el mundo que los rodeaba. Sin embargo, en tempranas entrevistas, el joven realizador dejó en claro sus gustos particulares citando a la literatura clásica de aventuras, las series de televisión y al cine industrial de los años 70’ y 80’ como influencias. El Fondo del Mar, su desigual primer largometraje del año 2003, es una comedia negra protagonizada por Daniel Hendler interpretando a uno de los típicos jóvenes atribulados del cine de esa época. Sin embargo, se diferenció de sus colegas al introducir elementos de suspenso y humor absurdo.

En ese debut cinematográfico aparecen varios de los artistas y técnicos que harán posible Los Simuladores, proyecto cuyo episodio piloto fue filmado a pulmón entre amigos con la idea de llevarlo a un programa de cable. Aquel VHS inicial llegó a las manos de Axel Kuschevatzky, quien luego de verlo no dudó en presentárselo a la gerencia de Telefe, todo mientras El Fondo del Mar estaba aún en plena producción. En esta idea televisiva las citadas influencias de Szifron son más evidentes, con una solidez técnica envidiable a pesar del escaso presupuesto, más un espíritu de aventura no muy frecuente en la TV local. Alejándose del habitual costumbrismo de la pantalla nacional, el programa apostó a una realización cercana al cine de género, mezclando con éxito suspenso, acción y comedia con una factura impecable. Los elaborados planes de engaño que llevaba a cabo el equipo, ayudando a personas generalmente sometidas por las conductas abusivas de alguien poderoso o autoritario, dieron en el blanco con la necesidad de la audiencia de ver actos de justicia poética en un momento en el que las instituciones eran cuestionadas.

Sin buscarlo Los Simuladores se transformó en la ficción local representativa de la primera década del siglo, aunque su éxito se fue dando de forma paulatina. Los primeros episodios tuvieron medidas de rating modestas, pero a medida que creció el “boca en boca” el programa empezó a escalar entre los preferidos. Como señaló Federico D’Elia “Los clásicos se hacen con el tiempo, pero el programa, salvo cuando empezó a emitirse que midió normal, ya en la repetición empezó explotar de rating. La segunda temporada fue explosiva y las repeticiones sucesivas también. Y después vinieron las redes sociales que ayudaron a este no-olvido”. Con el tiempo estos justicieros anónimos lograron tanto el éxito popular como el reconocimiento crítico, el sueño de todo creador. Lo mismo ocurrió en menor medida con Hermanos y Detectives, otro programa ingenioso que Szifrón estrenó en el año 2006, con Rodrigo de la Serna y Rodrigo Noya en los roles centrales.

Casi en paralelo llegó la segunda película del director, donde ahondó en las ideas estéticas que usó en la televisión, pero usando como disparador la tradición de las buddy movies, aquellas historias en las que una pareja dispareja se ve forzada a resolver un conflicto en forma conjunta superando sus diferencias. Tiempo de Valientes, estrenada en el año 2005, demostró que se puede hacer un cine de espectáculo con un guion sólido y personajes carismáticos (para esto nada mejor que Luis Luque y Diego Peretti en los papeles principales). Pero detrás de las peripecias de un psicólogo en apuros y un policía deprimido el filme juega con una sospecha enraizada en el ciudadano medio: oscuras conspiraciones se orquestan desde los servicios de inteligencia a espaldas de la gente. Esta línea paranoica, tantas veces explotada por Hollywood, nunca llega a eclipsar el carácter de entretenimiento burbujeante de la película.

Casi una década después llegó Relatos Salvajes, un filme ambicioso desde su concepción, fruto del apoyo de la productora de Pedro Almodóvar, Telefé y el INCAA. Aquí Damián volvió a mostrar su manejo de la tensión y los toques de humor negro en medio de situaciones dramáticas, solo que aquí retorció las ideas subyacentes detrás del virtuosismo narrativo. A diferencia de su obra anterior, hay una idea oscura agrupando a las seis historias del filme centrada en la pérdida del control. Cada segmento muestra a personajes enfrentándose a situaciones extremas que los empujan a atravesar complejos dilemas éticos. Con inteligencia el director y guionista situó las historias en diferentes contextos sociales y geográficos, dejando en claro que las explosiones emocionales pueden producirse en cualquier entorno. Esto es lo que empujó a muchos a buscar en el filme una suerte de reflejo del presente argentino. Además, la referencia al “salvajismo” del título parece actualizar la vieja polémica entre civilización y barbarie que tanto desveló a los intelectuales del siglo XIX. Pero para Szifron el cine siempre está antes que cualquier mensaje.

Todo indica que el futuro de Damián Szifron está en Hollywood que, a pesar de haberle negado el Oscar a mejor película extranjera en el año 2015, parece dispuesto a aceptar a este argentino emprendedor e inventivo. Pero antes de ese debut industrial llegó este esperado paréntesis criollo junto a Diego Peretti, Federico D’Elía, Alejandro Fiore y Martín Seefeld, quienes después de mucho coordinar agendas y presupuestos volverán a hacer rodar la bola de Los simuladores. Es de esperar el sentimiento de euforia que contagiará a los espectadores cuando una persona en una situación extrema escuche la sugerente frase “Conozco a un grupo de personas que resuelven problemas, problemas que nadie más puede resolver”. Será como reencontrase con viejos amigos.

Mostrar más

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba

Bloqueador de anuncios detectado

Por favor, considere ayudarnos desactivando su bloqueador de anuncios