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El juego de las remake

Ya sea por la originalidad de su trama o porque conservan su capacidad de atrapar a pesar del paso de los años, varias películas argentinas podrían tener su nueva versión contemporánea.

En Argentina no existe una tradición de remakes, esa costumbre tan arraigada en Hollywood. Por ello «La patota» – nueva versión de la película de Daniel Tinayre de 1960 protagonizada por Mirtha Legrand – es una rareza. Ahora es Dolores Fonzi quien personifica al personaje principal, una joven de buena familia que abandona su carrera para ser maestra rural. Obviamente los 55 años que separan a ambos filmes se notan tanto en la estética como en los contenidos de lo que se ve en pantalla.

Mientras que la historia original transcurría en Capital Federal, ahora es un colegio de Misiones el sitio donde la chica practica el altruismo. Su compromiso sufrirá un fuerte revés cuando sea víctima de una violación. La decisión de conservar el embarazo fruto de aquel abuso la lleva a enfrentarse con su padre, interpretado por Oscar Martínez. Este personaje es diferente al del filme de Tinayre (que puede verse completo en youtube), ya que mientras antes era un hombre llanamente conservador, ahora se nos presenta como un abogado progresista con peso político. De esta manera, si las desconcertantes elecciones de la protagonista en la versión de 1960 respondían al peso de cierto sentido de compasión cristiana, en la reciente película de Santiago Mitre todo parece girar en torno a la culpa de la protagonista debido a su consciencia de clase.

En ambas producciones hay una meditación sobre la lucha entre el perdón y la justicia, así como una mirada sobre algunas contradicciones del progresismo mas burgués. En el cine estos temas fueron ampliamente desarrollados con mayor corrosividad por el gran Luis Buñuel en clásicos como «Los olvidados», «Nazarín» y «Viridiana». Igualmente no deja de ser curiosa la elección de hacer una nueva versión de «La patota», filme polémico en su época, que además incluye la que posiblemente sea la mejor actuación de Mirtha Legrand. Porque, aunque hoy pocos lo recuerden, la «señora de los almuerzos» supo ser actriz antes de transformase en formadora mediática de oscuras opiniones.

Pero volvamos a la idea de las remakes en el cine argentino y juguemos un poco. Ya sea por la originalidad de su trama o porque conservan su capacidad de atrapar a pesar del paso de los años, varias películas podrían tener su nueva versión contemporánea. Se trate de un filme industrial producido por un multimedio o de la película independiente de un joven director, el resultado será inevitablemente distinto respecto al primer material.

Tomemos por ejemplo el clásico «Dios se lo pague» (1948), en donde un obrero caído en desgracia se vuelve millonario pidiendo limosna, llevando una doble vida: es un magnate viviendo en un palacio que ocasionalmente vuelve a las calles como pordiosero. Desde esta realidad bipolar planea una elaborada venganza contra el hombre que inicialmente lo empujó a la miseria. En la película dirigida por Luis César Amadori los intérpretes eran el galán mexicano Arturo de Córdova y la diva criolla Zully Moreno. Cuesta muy poco imaginar a los productores de Telefé llamando a Juan José Campanella para realizar una nueva versión con Ricardo Darín y Soledad Villamil en los roles centrales. Pero no todo tiene por qué ser tan obvio.

Bajan-turbias

«Las aguas bajan turbias» (1952) es el drama socio-rural por excelencia de la cinematografía nacional. Dirigida y protagonizada por Hugo del Carril retrata con dureza la explotación de los trabajadores en los yerbatales del Alto Paraná. Teniendo en cuenta su propensión a involucrarse en filmes en los que el entorno natural tiene peso («Balnearios», «Historias extraordinarias», «El escarabajo de oro») ya sea como realizador, productor o intérprete, Mariano Llinás puede ser quien encabece el proyecto, mientras que Enrique Piñeyro sería el tiránico capataz. Es difícil saber que puede salir de un acercamiento posmoderno a una película-símbolo del primer peronismo. Quizás algo interesante. O quizás no.

Existen otros clásicos de la década del 50′ ideales para que realizadores que usan elementos de género – particularmente del suspenso, el policial y la acción- los sometan a una nueva lectura. «Rosaura a las diez» (1958), adaptación de la novela de Marco Denevi dirigida por el mendocino Mario Soffici, es muy recordada por la estupenda actuación de Juan Verdaguer, quien además ser un notable showman fue un actor muy desaprovechado. Los hechos que ocurren en la pensión «La madrileña» y llevan al solitario Camilo a obsesionarse con la joven Rosaura (la hermosa Susana Campos) son contados desde las perspectivas de distintos personajes, dándole a todo gran modernidad. Por su perfil aguileño Diego Peretti podría ser el protagonista, pero probablemente Juan Minujín funcionaría mejor debido a su juventud. El rol de la manipuladora Rosaura puede cubrirlo la bella pero siempre ambigua Celeste Cid, alejándonos de la rubia Campos.

Dirigida por el prolífico Fernando Ayala «El jefe» (1958) es un sórdido retrato del mundo del hampa, a la vez que anticipa ciertas pautas del cine que practicarán los cineastas de la llamada Generación del 60′. De hecho varios de sus actores serán asiduos en los elencos de los años siguientes. El personaje del título es encarnado por Alberto de Mendoza, un gangster carismático al que su círculo (jóvenes promesas comoDulio Marzio, Luis Tasca, Graciela Borges y hasta el mismísimo Leonardo Favio) admira incondicionalmente. Sin embargo de a poco todos irán descubriendo sus miserias de la peor manera. En una versión actual los secuaces pueden ser encarnados por actores variopintos, desde Rodrigo de la Serna a Martín Piroyansky, para agregarle algo de humor. Más difícil es alguien que interprete al Jefe con la solidez que De Mendoza le dio en su momento, aunque Julio Chávez cumple con los requisitos para el papel. Detrás de las cámaras estaría Adrián Caetano, amante de la marginalidad y los tiroteos coreografiados.

Todo esto es pura fantasía. Afortunadamente nada indica que se avecine una ola de estrenos basados en viejas películas nacionales. Mejor así. Después de todo ‘remake’ significa rehecho, y de rehacer a deshacer hay solo una sílaba de distancia.

Por Luis Alberto Pescara

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