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El pogo más embarrado del mundo

Contar un recital del Indio Solari cada vez es más complicado. Es difícil explicar la desmesura. Para entenderlo, si no lo viviste, tenés que usar mucho la imaginación.

Primero que nada: imaginen una ciudad –Gualeguaychú– de ochenta mil habitantes. Ochenta mil personas, algo así como dos estadios Malvinas Argentinas repletos. Ciudad tranquila, en Entre Ríos, que disfruta durante el verano del carnaval y después no hay mucho más.

Bueno, a esa ciudad, hay que sumarle 170 mil personas que llegan a ver a un señor de 65 años que canta. 170 mil personas son más de cuatro Malvinas Argentinas. Son demasiadas personas, lo juro.

Toda esa gente entra en un hipódromo enorme de esa ciudad. Pero hay un detalle no menor. Ha llovido mucho la semana previa y el hipódromo es barro por acá y barro por allá, con mucha agua para hacer todo más asqueroso. Imaginemos a 170 mil personas –cuatro Malvinas y chirolas– saltando, bailando y pogueando sobre el barro. Un exceso de felicidad o de masoquismo, o las dos cosas.

En fin, el Indio Solari presentó junto a su banda, Los fundamentalistas del aire acondicionado, su último disco: «Pajaritos, bravos muchachitos«. Fue un recital más grande y con más convocatoria que el de San Martín, en septiembre del año pasado. No hubo frío, pero hubo barro para todos y todas.

Además de las canciones de su nuevo trabajo, Solari se dio el gusto de reunir arriba del escenario a tres ex redondos: Dawi, Bucciarelli y Sidotti. Tocaron «La pajarita pechiblanca», del flamante disco, y después recordaron temones como «Ya nadie va a escuchar tu remera«, el inédito «Nene nena» y cerraron la noche con «Jijiji«, en lo que fue el pogo más embarrado del mundo.

Fue un gran momento el retorno de casi todos los ex redondos. Pero faltaba Skay, y si falta el chamán de la viola, la fiesta nunca será completa. Supongo que algún mandamiento de Patricio Rey debe decir algo así.

Solari también cantó temas de sus discos solistas («El tesoro de los inocentes», «PorcoRex» y «El perfume de la tempestad»), bailó, hizo chistes y agradeció al público. «Cada vez somos más», dijo al principio del recital.

El sonido, como pasa en este tipo de recitales excesivos, siempre deja un sabor amargo. Había casi seis cuadras de gente tratando de escuchar al Indio. Había mucho viento. Y el viento, lo sabemos, lleva al sonido a pasear. Sería hermoso que Solari volviera a reunir sólo 50 mil personas y tocara en estadios como hizo hasta el 2011. Pero ya es tarde: el monstruo ha crecido demasiado y esto es lo que hay.

De todas maneras, por más que haya frío o haya barro, por más que haya miles de kilómetros de distancia, los ricoteros siguen ondeando sus banderas por las rutas argentinas para mostrar su fidelidad por ese hombre que ha hecho muchas de las canciones más bellas del rocanrol del país. Es un fenómeno social que no para de crecer y es una experiencia que hay que vivir. En este día y cada día.

Por Gonzalo Ruiz

 

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