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Entre pedales y manubrios

La primavera y el verano son las estaciones ideales para reencontrase con el placer de andar en bicicleta. Repasamos la historia y los beneficios de un medio de locomoción que volvió con todo.

La expresión “es como andar en bicicleta” se utiliza cuando se quiere señalar que algo es muy fácil y no se olvida nunca. Sin embargo los hechos demuestran que a medida que crecemos abandonamos ese noble vehículo seducidos por el automóvil, que es el transporte que socialmente el mercado nos impone como señal de estatus y madurez. Pero los excesos del tránsito contemporáneo están teniendo tremendas consecuencias tanto para nuestra salud como para nuestro planeta, por lo que son muchos los que quieren recuperar esa sensación de trasladarse haciendo ejercicio y sintiendo el viento en la cara.

En los últimos años muchos decidieron desempolvar aquella bicicleta que estuvo olvidada en el garaje o en el patio de casa juntando telarañas. Otros decidieron adquirir algún modelo nuevo más hípster, más acorde a los tiempos diseñados que corren. Después de todo se trata del primer medio de transporte que dominamos cuando somos pequeños, llevándonos a donde lo necesitamos sin necesidad de cargarlo con combustible o hacer infinitos trámites burocráticos para poder usarlo. De hecho pocas cosas se comparan con la felicidad infantil de ese momento en el que abandonamos las dos rueditas que ayudan a mantener el equilibrio para maniobrar nuestra bici sin ayuda. Entonces los límites del barrio se agrandan y, sin saberlo, nos sumamos a una historia que lleva más de un siglo y medio.

Sin embargo hubo pioneros mucho más antiguos. Además de ser un célebre pintor y científico, es sabido que Leonardo Da Vinci dejó cientos de bosquejos con posibles inventos, entre los cuales se destaca una bicicleta con transmisión a cadena. Este diseño data de 1490, lo que confirma lo adelantado que estaba el genial renacentista, ya que el nacimiento oficial de los vehículos a pedal de se da recién a en el siglo XIX con la draisine alemana, un pesado artefacto de madera. Más tarde Escocia desarrolló el velocípedo, una bike metálica que fue la primera en incorporar los pedales a los lados en la rueda delantera para avanzar.

Posteriormente, hacia 1885, el inglés J.K. Starley le agregó la cadena y los neumáticos a la creación escocesa, algo que hizo mucho más cómodo el invento. Paralelamente en Francia aparecía el biciclo, caracterizado por tener una gigantesca rueda delantera y una minúscula rueda trasera, un vehículo estéticamente muy representativo de la belle epoque, con toda su confianza ciega en el progreso técnico. Aquella etapa es conocida como la “Edad dorada de las bicicletas”. Rápidamente surgieron clubes de ciclistas por todo el mundo, imponiéndose rápidamente una variante deportiva de la nueva actividad. Algunas de las competencias surgidas en esa época, como el Tour de France, todavía siguen siendo enormemente populares en la actualidad. Por otro lado no son pocos los académicos que sostienen que el éxito de este nuevo medio de transporte llegó a influir en los movimientos sociales de la época. La académica Jenna Flemming sostiene que el uso de la bicicleta de manera creciente por parte las mujeres fue fundamental para su lucha lograr más derechos a principios del siglo XX.

Pero todo lo bueno termina en algún momento. La difusión del automóvil en las décadas del 20’ y 30’ relegó a un segundo plano al móvil de los pedales. Lentamente las ciudades se volvieron hostiles para las bicicletas, con normativas que privilegiaban el accionar los vehículos motorizados. Este fue un proceso muy occidental, ya que del otro lado del planeta siempre se la consideró el vehículo por excelencia. Al día de hoy se calcula que aproximadamente el 66% de las bicicletas del globo se fabrican en China, país en el que las considera una parte imprescindible de su cultura.

Pero a partir de los años 90’ la bicicleta empezó a recuperar su lugar, primero en ciertos países europeos y luego en el resto del mundo. Los problemas que implica el tránsito urbano (stress, embotellamientos, trámites, etc), sumados a una mayor conciencia ecológica, empujaron a mucha gente a adoptarla nuevamente como medio de transporte. Este fenómeno en muchos casos fue acompañado por políticas estatales que crearon legislaciones para favorecer a los ciclistas, con metrópolis como Copenhague, Ámsterdam y Berlín a la cabeza. Actualmente ciudades latinoamericanas como Buenos Aires y Santiago de Chile se pusieron a tono con la tendencia.

Por otro lado existen varios movimientos civiles que buscan promover el uso de la bicicleta. La más popular de estas iniciativas es la “Masa crítica”, que surgió en la ciudad de San Francisco en 1992 y terminó difundiéndose en casi todo el globo. Originalmente se realizaba el último viernes de cada mes, pero cada país fue adoptando su propia fecha para el evento. Estas reuniones masivas de ciclistas son una celebración, pero también un modo de formar conciencia. Hoy casi no existe ciudad que no posea una asociación que defiende el uso de la bicicleta, mientras que distintos movimientos sociales la adoptan en demostraciones y acciones de protesta, confirmando su potencial revolucionario.

Las ventajas físicas de andar en bicicleta son innumerables: mejora la capacidad pulmonar y cardiovascular, tonifica todos los músculos, mejora la postura, reduce el colesterol y elimina calorías, además de aumentar el flujo sanguíneo y la resistencia. A esto hay que agregarle otra extensa lista de beneficios ambientales: es una de las mejores formas de reducir la emisión de dióxido de carbono, mientras que su fabricación es mucho menos contaminante que la construcción de otros medios de transporte. Incluso se vienen investigando formas cada vez más ecológicas de ensamblar bicis en serie.

A pesar del auge ciclístico, son muchas las personas adultas que nunca aprendieron a pedalear. Pero los hechos demuestran que no hay una edad límite para aprender a andar en bicicleta. Basta con recordar que el escritor ruso León Tolstoi aprendió a andar a los 67 años. Por eso es necesario abandonar la idea de que se trata de un ingenio solamente ligado a la infancia, ya que por el contrario, representa como ninguna otra creación humana al porvenir. No es casual que un genial soñador de mundos futuros como George Orwell, autor de “1984” y “Rebelión en la granja”, acuñara la frase “Cada vez que veo un adulto en bicicleta, no pierdo la esperanza en el el futuro de la humanidad”.

 

 

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