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Entre utopías y distopías

En tiempos en los que, como nunca antes, tenemos la impresión de estar viviendo dentro de una película es necesario recordar el origen de las dos palabras que describen los escenarios opuestos que la Humanidad imaginó para su futuro.

Cuando dentro de algunos años los historiadores tengan que elegir una palabra para describir el año 2020 distópico será el término más adecuado. Este presente de incertidumbre parece replicar el escenario ficticio de tantas novelas y películas de ciencia ficción, con su pesimismo sobre el porvenir del mundo. La popularidad que hoy tiene esta palabra hace que olvidemos que hasta no hace tanto lo utópico era lo que tenía una presencia más fuerte en el habla cotidiana. Un vestigio de tiempos en los que la filosofía y la ficción planteaban la posibilidad de vivir en un mundo mejor que el que habitamos.

Si bien hace 2500 años aún no existía el término utopía los pensadores de la Antigua Grecia ya se preguntaban por la posibilidad de crear una sociedad idílica y próspera. Así era Kalípolis, la hipotética “ciudad justa” que presentó Platón en su famoso libro República. Su contemporáneo Aristófanes, a pesar de ser su amigo, no dudó en satirizar las ideas platónicas en algunas de sus obras como La asamblea de las mujeres, ironizando sobre la imposibilidad de que una sociedad totalmente igualitaria funcionara sin la existencia de esclavos y sectores sometidos. Desde entonces muchos sospecharon que las utopías encerraban una naturaleza irrealizable.

Quizás por eso fue que, al finalizar la Edad Media, el inglés Tomás Moro creó la idea de utopía que hoy conocemos, unió los términos griegos ‘oú’ (no) y ‘τόπος’ (lugar) para redondear la misma idea que Aristófanes: se trata de un no-lugar, algo que nunca va a existir. Sin embargo, en su libro Utopía Moro imaginó como posible un escenario idealizado en el que la Humanidad prosperaba en armonía. El Renacimiento había traído una novedosa mirada humanista en contraposición al oscurantismo religioso reinante en siglos anteriores, algo que les permitió a los intelectuales europeos fantasear con mundos más justos, en textos que personajes como Nicolás Maquiavelo criticaron como escapistas, ingenuos e incluso mesiánicos. De hecho, actualmente aún solemos usar el término ‘utópico’ de manera peyorativa. O al menos eso quieren hacernos creer.

Los otros textos utopistas clásicos del periodo renacentista son La ciudad del sol (1602) de Tomasso Campanella, Cristianópolis (1619) de Johann Valentín Andreae y La Nueva Atlántida (1627) de Lord Francis Bacon. Todos estos libros – que mezclan lo ensayístico con lo ficcional – tienen una fuerte impronta moral, una influencia inevitable debida al ambiente religioso del que provenían los tres autores (católicos Moro y Campanella, anglicano Bacon y protestante Andreae). Y si bien las raíces de sus ideas conectan con la tradición judeocristiana que plantea la existencia de paraísos celestes, lo que se sumó a la citada fantasía griega de las repúblicas ideales, sus trabajos siempre buscaron criticar la sociedad real y su coyuntura histórica.

Estas utopías tuvieron un profundo impacto en pensadores del siglo XVIII, particularmente aquellos que participaron del movimiento denominado Ilustración. Personajes como Jean-Jacques Rosseau, Jean Diderot, Montesquieou, John Lock, Madame de Lafayette, Gaspar Jovellanos, Emanuelle Kant y David Hume tomaron aquellas fantasías como base para plantear una nueva visión del mundo, crítica con la Monarquía y la Iglesia, que sirvió de base teórica a la Revolución Francesa en 1789. Una confianza ciega en la Razón como motor de la Humanidad marcó las siguientes décadas, empezando por la burguesía y siguiendo por las clases populares que empezaban a poblar las grandes ciudades. Pero esa fe en el progreso se vio muy cuestionada un siglo más tarde, cuando fue evidente que la igualdad y prosperidad deseada no se materializaban a pesar de los enormes avances técnicos. La imposibilidad de las utopías se hizo evidente.

El pesimismo reinante durante el siglo XX cambió el tono de los relatos que imaginan otros mundos posibles, dando origen al término distopía, acuñado por el filósofo y economista inglés John Stuart Mill y popularizado durante la última centuria. Esta anti-utopía, que designa a un desolador escenario futuro de características negativas, se transformó en la constante que une a las modernas historias fantásticas de la ciencia ficción. Lejos de las perfectas civilizaciones imaginadas por los ensayistas de siglos atrás, los autores contemporáneos describen en sus libros mundos totalitarios, donde los habitantes son controlados mediante la tecnología, manipulados por la información, y en los que las luchas sociales son silenciadas a pesar de la desigualdad reinante. Los primeros ejemplos cabales de estas historias especulativas llegaron con la novela Nosotros (1921) de Yevgeny Zamyatín y la película Metrópolis (1927) de Fritz Lang.

Hacer un listado completo de las ficciones distópicas más influyentes sería imposible, pero entre los más notables se encuentran 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley, La naranja mecánica de Anthony Burgess, Farenheit 451 de Ray Bradbury, Los desposeídos de Úrsula K. LeGuin, El cuento de la criada de Margaret Atwood, The Stand de Stephen King y el cómic V de Vendetta de Alan Moore y David Lloyd, todas las cuales saltaron desde las publicaciones originales al formato de cine o serie. A ellas hay que agregarle la explosión de literatura adolescente futurista de la última década, rica en historia de supervivencia en mundos sin esperanza. Poco hay en ellas de las utopías renacentistas, devenidas hoy en simple recuerdo de una era en la que soñar con un tiempo mejor no era tomado como algo naive y edificante.

Ante estas ficciones desoladoras, que parecen corresponderse con la realidad que hoy vivimos, es necesario recordar la difundida sentencia de Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja y el horizonte se aleja diez pasos más allá ¿Para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. El escritor uruguayo encontró la forma de remarcar como esos escenarios ideales son imposibles, pero compensando la posible frustración subyacente dándole un matiz esperanzador a la idea. Caminemos hacia el nuevo año que es donde se encuentran siempre las sorpresas del porvenir.

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