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Haciendo el verso

Los hombres suelen ser bastante crueles con las publicaciones destinadas al público femenino. Nada más cursi y superficial que esas revistas que aconsejan a las chicas sobre qué ropa usar en esta temporada o cuál es la pasta cosmética ideal para lucir una piel flamante.

Ni hablar de las páginas que se dedican a las supuestas tácticas de seducción que nunca fallan para ganar el corazón de un hombre. Esta observación es injusta, ya que en las chicas la estética es una parte fundamental para atrapar la mirada masculina. O sea que todo ese complicado universo de alineación, balanceo, chapa y pintura debería ser valorado por los hombres; se trata de un gran piropo destinado a ellos.

En cambio en los chicos, a pesar de la ola de metrosexualidad de los últimos tiempos, lo visual es secundario a la hora de llegar a la dama y su principal arma de acercamiento es el verso. Un recurso que puede ejercerse en los más variados contextos; desde una fiesta hasta un velorio, pasando por la cola del supermercado y las inevitables redes sociales.

Mucho han cambiado las cosas desde las épocas en que los cavernícolas conseguían a la mujer deseada solo con un certero macanazo y hoy existe toda una industria alrededor de la charla (o «chamuyo» para usar el término lunfardo) con fines de conquista. Son varios los libros que les prometen el Santo Grial del levante a los individuos en plan seductor. Hace unos años un tal Neill Strauss editó «El método»; un exitoso tratado en el que se detallaba una serie de tópicos infalibles a la hora de ganarse los favores de una dama. Y en la misma sintonía iba «Del bar a la cama» del actor español XXX Nacho Vidal.

Algunos de los consejos desarrollados en estos libros dan vergüenza ajena. Uno peca de místico mientras que el otro expone un machismo prehistórico. Pero el error principal de estos mamotretos es insinuar de que existen fórmulas infalibles en un campo cuyo mayor atractivo es justamente la ausencia de estas.

Por suerte hay estudios mucho más serios sobre este complejo mecanismo. «La seducción es morir como realidad y producirse como ilusión» afirma el filósofo francés Jean Baudrillard. Esto significa que hay mucho de artificio y puesta en escena en lo que el seductor vende. El seducido se mira en un espejo que le devuelve una imagen falsa, pero no se opone porque en el fondo es seductor ser seducido. El problema es lo que ocurre si la fabulación creada por el conquistador se aleja demasiado de lo que él es en realidad, algo muy frecuente en la era de internet en la que todo es ilusión.

Por esto es que, aunque el verso siempre tiene algo de fantasía, nunca debe caer en una ilusión que luego no pueda sostener. De nada sirve afirmar «practico lanzamiento de martillo» o «soy biólogo marino» para encandilar a la dama porque si la relación prospera llegará el momento en que estas falacias se derrumben. La muchacha algún día comenzará a preguntar por fotos de los torneos de martillo o, peor aún, la aparición de una inoportuna ballena encallada en la playa detonará la búsqueda de un biólogo marino para superar la situación, y entonces el Don Juan estará en problemas. El límite entre el verso que enamora y la mentira cruel es muy delgado.

Desde luego que esta estrategia no es potestad exclusiva de los varones y las damas hace rato que no se limitan simplemente a la portación de curvas y maquillajes. Las chicas también toman la iniciativa verbal cuando les interesa alguien, lo cual ha alarmado a algunos machistas de la vieja guardia y ha aliviado a los mas perezosos en el avance. Atrás quedó aquella imagen de la mujer como indefensa gacela a la espera del ataque del libidinoso león masculino; ellas también son predadoras.

Los peligros que una mujer debe enfrentar a la hora de la charla de conquista son bien específicos. Hay palabras concretas como «matrimonio», «hijos» o «familia» que pueden ahuyentar a cualquier caballero en plena cita. Se trata de un lugar común pero como todo lugar común tiene algo de verdad. Y en este juego en el que la ilusión es muy importante la palabra «compromiso» es una trompada de realidad demasiado brutal para la mayoría de los hombres.

Contrariamente a todo lo que podría pensarse todas estas idas y vueltas en el conocimiento amoroso no son algo negativo para que a la larga crezca una relación seria. Como dice el sociólogo Zygmunt Bauman: «El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas». O sea que la incertidumbre y los cambios no son enemigos del amor profundo, si no que son lo que lo mantiene en constante movimiento.

Todos nos emocionamos un poco cuando vemos una pareja de gente mayor de la mano. Uno siempre piensa en todo lo que esa relación habrá atravesado a lo largo de los años, pero se olvida que ellos también fueron jóvenes en plan seductor. Es muy probable que esos ancianos durante su juventud y con las hormonas a flor de piel se hayan conocido en un viejo boliche mediante la remanida frase «Yo a vos te conozco ¿Venís siempre a este lugar?». El verso tiene mala prensa pero puede originar grandes historias.

Por Luis Alberto Pescara

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