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Humor de parado

Sin los grandes presupuestos del cine o las series, ni las coreografías de un artista pop, hay un género que mantiene su popularidad solo con un micrófono y una persona que sabe cómo usarlo. Historia y vigencia de la comedia stand-up.

Cuando Will Smith decidió levantarse de su butaca y propinarle una cachetada viral a Chris Rock en la última entrega de los Oscars el mundo de la comedia temió lo peor. Varios artistas plantearon que esta conducta podía ser contagiosa y que cualquier persona que se sintiera ofendida por un espectáculo humorístico podría golpear al monologuista sin mucha explicación. Por otro lado, el suceso enardeció el debate sobre los límites del humor, más vigente que nunca en estos tiempos de recambio generacional y luchas por más inclusión. Por el momento Rock volvió a girar con un nuevo espectáculo sin aceptar abiertamente las disculpas de su ex amigo Will.

Desde hace un par de décadas la comedia stand-up vive un auge que no deja de crecer. Fenómeno muy representativo de nuestro tiempo, el mundo parece superpoblado de comediantes al punto de que quizás hay demasiados. Estos se paran en un escenario despojado con un micrófono para soltar observaciones agudas sobre sus parejas, sobre lo aburrido que es hacer cola en el banco, criticar a las compañías de celulares, a la mala comida de las aerolíneas, más un sinnúmero de comentarios irónicos sobre las celebridades y la cultura pop. Señalando con su lengua filosa los absurdos y complejidades de la vida cotidiana, los standaperos (anglicismo que pone de muy mal humor a la RAE) coparon de manera casi absoluta la forma de entender el humor en este siglo.

Puede pensarse en los bufones y juglares medievales como un antecedente de los actuales monologuistas cómicos, pero estos primitivos humoristas eran “autorizados” por los reyes u otras autoridades de la época para realizar sus chistes. Lo mismo ocurría en la Grecia Clásica, cuando los filósofos invitaban de forma especial a una persona para que se ocupara de la parte humorística en sus reuniones. Por lo tanto, esos actos estaban legitimados, reflejando una tradición picaresca de raíz popular no muy problemática. Todo era cuentos y pantomimas, muy lejos del concepto de un show centrado en un cómico solitario e inteligente en el escenario. Recién en la segunda mitad del siglo XIX el escritor Mark Twain logró un gran éxito girando con sus lectures, conferencias agudas y divertidas sobre temas varios que pueden considerarse tempranas rutinas cómicas.

Mientras tanto, del otro lado del Atlántico florecían las raíces del stand-up comedy actual, provenientes de las tradiciones del music-hall británico, el vaudeville francés y el humor folk de las comunidades judías de Europa del Este. En esos escenarios fue común la propuesta de un cómico que se paraba frente a la audiencia para hacer su rutina humorística en actos influidos por el clown, la picardía popular y la comedia física. Muchos de estos oradores debían presentar manuscritos de sus chistes ante las autoridades de los teatros, quienes decidían si alguna de las bromas debía ser modificada o retirada para no transgredir las buenas costumbres. Por supuesto que esto solo ocurría en escenarios respetados, pues en los círculos más informales las bromas llegaban sin filtro alguno. Todas estas vertientes humorísticas se dispersaron a fines del siglo XIX y principios del XX con los movimientos migratorios que se trasladaron hacia a América, para mezclarse con la escuela del minstrel, espectáculos que, a pesar de su evidente contenido racista, popularizaron el humor más musical e irreverente de la población afroamericana.

Fue en el Estados Unidos de la inmediata posguerra donde el estilo encontró una esencia más parecida a la que conocemos hoy en día. Evidentemente luego de un periodo bélico tan oscuro se buscó descomprimir la realidad desde el humor, surgiendo una primera generación de cómicos que buscó distanciarse de la comedia liviana que era popular en los teatros céntricos y en los programas de radio. Figuras como Bob Hope, Syd Caesar y George Burns fueron las primeras celebridades dentro del naciente estilo, aún enraizado en estereotipos del music-hall, pero con una personalidad propia. Es entonces cuando en 1948 un artículo de la revista Variety utilizó por primera vez el término stand-up para describir a estos actos. Los night clubs, cabarets y pubs de mala muerte a los que concurrían los trabajadores en busca de distracción, se transformaron en el caldo de cultivo para los humoristas, que de a poco se animaron a ser más agudos en los contenidos de sus actos. Para esto fue necesaria la aparición de la televisión, un nuevo medio que garantizaba una nueva audiencia más sofisticada. Como señaló Jackie Gleeson “No puedo pensar en nada más insatisfactorio que intentar ser inteligente en un night club ¿Cuál es el punto de hablarle de política y sociología a un montón de borrachos?”

Al entrar en la década del 60’ un elemento de crítica social empezó a aparecer en los monólogos de los aspirantes más jóvenes, quienes con frecuencia habían empezado en el negocio escribiendo textos para los más veteranos. Ellos forjaron otra característica del stand-up: el cómico es autor de su propio guion, nada de usar chistes ajenos. Por esto es que la aprobación del público es tan importante, siendo un reconocimiento tanto a la performance en el escenario como a la creatividad del material del autor o autora. Al incluir tópicos controvertidos como la política, el sexo y la religión los artistas tuvieron que acostumbrase a la posibilidad de una respuesta hostil por parte de la audiencia, aceitando los mecanismos de call and response (afirmaciones o gestos del hablante que buscan una respuesta del público) ante una reacción inesperada. Dicho de otra manera, la capacidad de improvisar se transformó en algo esencial. Por esto el club neoyorquino más importante para el desarrollo el género, inaugurado en 1963, se llamó The Improv.

Quien llevó las controversias a otro nivel fue Lenny Bruce. Dueño de una turbulenta vida personal y con un estilo basado en la libre improvisación (“jazzístico” dijeron los críticos), incorporó insultos elaborados y observaciones sobre su intimidad en sus actuaciones. Fue el primer cómico arrestado luego de una presentación, dejando una marca indeleble en todos los que vinieron después. El excelente film Lenny de Bob Fosse retrató su paso por este mundo con una gran actuación de Dustin Hoffman en el protagónico. Bruce abrió la puerta el estilo politizado de George Carlin, las observaciones sobre los estereotipos raciales de Richard Pryor y el toque absurdo de Andy Kaufman. También fue por esos años que las mujeres de lengua peligrosa por fin lograron reconocimiento mediático, como la influyente Joan Rivers. Aunque esta comedia contracultural, que buscaba generar incomodidad además de hacer reír, no siempre encontró lugar en los programas exitosos de TV como los de Ed Sullivan o Jonnhy Carson, muchos de sus exponentes potenciaron sus carreras fuera del escenario, con actuaciones en el cine y ediciones discográficas que llegaron a ocupar altos puestos en los rankings.

El aumento de la popularidad exigió nuevos niveles de profesionalismo. En los 70’, con Robin Williams cómo cara visible, los cómicos organizaron una huelga para lograr que los clubes nocturnos les pagaran por sus actuaciones. El impacto cultural del stand-up empezó a llegar a niveles ridículos en poco tiempo. En 1981 Steve Martin, que había empezado como simple guionista de programas de variedades, se retiró de las giras porque necesitaba estadios cada vez más grandes debido a su convocatoria, lo que iba en contra de la esencia íntima de su show. Seis años después Eddie Murphy estrenó su stand-up Raw en los cines y recaudó más de 50 millones de dólares, a pesar de que la película contenía la palabra fuck 223 veces. Ambos artistas luego se volcaron a sus carreras cinematográficas, un camino que siguieron gran parte de sus colegas. El paso siguiente fue inevitable: la televisión se llenó de sitcoms protagonizadas por stand-up comedians. The Cosby Show con Bill Cosby, Rosanne con Rosanne Barr, Home Improvement con Tim Allen, Ellen con Ellen Degeneres y el influyente Sendfield marcaron toda una época en la pantalla chica. Estos programas terminaron de imponer la actividad en todo el mundo.

Cuando la pandemia puso en peligro a los shows con público presencial, los cómicos ya habían extendido su arte a los streamings, a las redes, a YouTube, a canales como Comedy Central y sitios como Funny or Die. Con un formato tan barato como inoxidable, la comedia en vivo está lejos de desaparecer. Claro que existe cierto peligro de saturación, con cualquier persona ocurrente tomando el micrófono para disparar monólogos a quien quiera oírlos. Hoy muchas rutinas prefieren las pequeñas observaciones sobre la vida cotidiana y las relaciones amorosas por sobre los temas socio-políticos, aunque también hay cómicos que expanden sus horizontes como mencionamos en Comedia sin límites . La comedia contemporánea es una consecuencia del individualismo reinante, en la que la exhibición pública de lo privado y la exaltación de los pequeños ritos personales eclipsan a viejos sueños colectivos. En el medio de tantos cambios, como ocurrió con los pioneros y pioneras del género, hay que estar preparados para aceptar críticas, cancelaciones y esquivar un cachetazo de vez en cuando.

 

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