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La guerra de las vocales

Despertando reacciones que van desde la pasión militante hasta las discusiones académicas, pasando por burlas de todo tipo, el lenguaje inclusivo logró entrar definitivamente en la esfera pública. Repasamos los motivos y antecedentes de este fenómeno.

El idioma español que se habla en América Latina no responde a los parámetros de pureza que la Real Academia Española defiende. Con su historia de mestizajes y anomalías, viene causándoles dolores de cabeza a los centinelas del idioma desde hace siglos. Recién en su edición del año 2014 el diccionario de la RAE incluyó a los americanismos dentro de su cuerpo central, en lugar del habitual apéndice externo de entregas anteriores. Fue una forma de reconocer que no podía controlar el fluir de las palabras, las cuales se vuelven elásticas e impredecibles en la boca de los americanos. De esta manera algunas formas periféricas de usar la lengua lograron ser aceptadas por el canon luego de un solemne proceso de evaluación. Toda una prueba de como el idioma es un campo de batalla en el que se libran todo tipo de pujas de poder.

Siempre existió cierta consciencia sobre el componente ideológico que encierra el lenguaje. Inclusos pensadores del último siglo XX, como Mijail Baktín, Antonio Gramsci y Roland Barthes, se explayaron al respecto en varios ensayos influyentes. Por suerte no todo quedó en el terreno académico y hoy son los hablantes quienes cuestionan las palabras o expresiones sospechadas de prolongar las ideas de los grupos dominantes. En este sentido la aparición del “lenguaje inclusivo” representa la primera vez en la historia que una disputa lingüística se visibiliza de forma pública, con debates, burlas y críticas que se viralizan en las redes, los medios de comunicación y la vida cotidiana. Mientras ciertas universidades lo implementan oficialmente en sus documentos y un sonado debate entre Beatriz Sarlo y el lingüista Santiago Kalinowski origina el interesante libro La lengua en disputa, todo indica que la discusión va más allá de si terminar una palabra e o usar el signo @ está bien o mal. Es un proceso de cambio que se encuentra en plena construcción.

El español pertenece al 25% de los idiomas del mundo que tiene género gramatical. Esto quiere decir que los sustantivos, adjetivos y pronombres tienen una marca de género dada por la vocal de la última sílaba. No ocurre lo mismo con los idiomas de origen anglosajón, como el inglés, que perdieron esa característica hace siglos. Hasta ese momento compartían con nuestra lengua la clasificación de los sustantivos en masculinos, femeninos y neutros. Es una característica común entre varios idiomas derivados de las lenguas romances y no está relacionada con el género ‘real’ de la persona o criatura designada. Es obvio que en un mundo en el que la mirada de los hombres es la que prevalece, fue la terminación masculina la que se impuso como canónica.

Por el mismo motivo hace siglos que se utiliza el concepto de “el Hombre” para hablar de la Humanidad toda.  Cientos de enciclopedias hicieron invisible los aportes femeninos a la Historia con este arraigado mecanismo. En consonancia con esto, el sitio oficial de la Real Academia deja bien en claro su postura frente a una búsqueda de un lenguaje más inclusivo con respecto a los géneros: “En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos.”  La principal contradicción de esto es que habla de posibilidad sin mencionar cuáles serían las otras posibilidades. Si la posibilidad es una sola entonces se trata de una imposición, como lo es la división binaria de los sexos. Siendo esto algo naturalizado durante muchísimo tiempo, es lógico que los intentos por cambiarlo deriven en críticas y experiencias fallidas.

Porque la idea de buscar que la lengua sea más igualitaria no es exclusiva de estas latitudes. En Suecia se inventó el término ‘hen’ para remplazar al uso generalizado de pronombres masculinos. Por otro lado, en Francia varios sectores difundieron una forma neutral de escribir, la cual incluye signos de puntuación en palabras de terminación masculina que designan actividades también realizadas por mujeres. Esta novísima ecriture inclusive alarmó a la prestigiosa Académie Francaise, que la calificó como un “trabalenguas impronunciable”.  Se trata de tácticas efectivas en el plano de la escritura, pero que ofrecen dificultades al utilizar la palabra hablada.

La pregunta que es necesario responder es si el uso de géneros gramaticales, donde las palabras de clasificación masculina tienen un uso mucho más abundante que las demás, tiene alguna consecuencia concreta a nivel social. Una investigación realizada por la profesora Jennifer Prewitt-Freilino, especializada en cultura y diversidad, concluyó que los países que utilizan idiomas con géneros gramaticales tienen una brecha levemente más desigual entre hombres y mujeres.  Sin embargo, también encontró algunos hechos que atentaban contra esa generalización, como ocurre con Irán, donde, aunque se habla persa, un idioma carente de géneros gramaticales, pero las mujeres son sometidas a múltiples formas de opresión.

Sin lugar a dudas fueron los movimientos feministas y LGBT los que pusieron en jaque varios lugares comunes del lenguaje, buscando subvertirlos con acciones concretas no necesariamente populares. En el mundo hispanoparlante hace años que el cambio de la terminación de las palabras mediante el uso de la x, la e o el signo @ irrita tanto a profesores ilustrados como a internautas desprevenidos. Curiosamente el mayor rechazo viene de personas que tanto en redes como en el día a día se expresan ignorando toda regla ortográfica y gramatical. ¿Cómo es posible que ahora les preocupe la pureza de un idioma al que nunca respetaron?

Estas reacciones exageradas por parte de ciertos sectores se dan debido a varios malentendidos. Uno de ellos es que el lenguaje inclusivo quiere ser “impuesto” a todo el mundo, cuando sus practicantes se encargan de dejar en claro que no es obligatorio; lo habla quien quiere. El otro malentendido es que se trata de un capricho que puede dañar el “lenguaje nacional”, término ambiguo como pocos. La escritora y crítica literaria María Moreno llama a esto “teoría de la bola de nieve”, una práctica habitual de los sectores conservadores que le atribuye consecuencias catastróficas a todo proceso alternativo nacido por afuera del canon tradicional. Mientras tanto, con una mezcla de humor y timidez, términos como chiques, todes y amigues empiezan a circular con cierta asiduidad entre los sectores de la juventud más progresista y no tanto.

Hace un par de años el escritor Andrés Neuman presentó su libro “Barbarismos”, un ocurrente diccionario que combatía la idea del idioma como una entidad férrea custodiada por centenarias instituciones. En una entrevista señaló que a fines de la década del 90’ la Real Academia Española aún definía alcaldesa como “esposa del alcalde”, a pesar que hacía tiempo que existían alcaldesas gobernado ciudades. Irónicamente, muchos neologismos relacionados con internet eran aceptados rápidamente por la academia, entrando en nuestro idioma sin problemas.  “El diccionario es un territorio de batalla política” resumía el autor.  Una verdad que sigue vigente.

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