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La memoria atómica

A 75 años de las explosiones atómicas que devastaron Hiroshima y Nagasaki aprovechamos para repasar su historia, así como su impacto en la cultura y el cine.

“Dios Mío ¿Qué hemos hecho?” escribió Robert E. Lewis, copiloto de la misión, en su bitácora de vuelo luego de ver la monstruosa explosión que bajo su avión lo devastaba todo. Era una de las 12 personas que aquel 6 de agosto de 1945, a bordo del Enola Gay, habían arrojado la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima con el objetivo de lograr la rendición de Japón y así poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Un suceso traumático no solo para las naciones implicadas, sino que marcó a fuego la historia del siglo XX.

Hasta entonces solo había experimentos y pronósticos esperanzadores alrededor de la energía atómica. Pero cuando la noticia del bombardeo se difundió, la certeza brutal de lo fácil que de ahora en más sería ejecutar un asesinato a escala masiva trajo un cambio profundo en la forma en la que la Humanidad se veía a sí misma. Los discursos optimistas que rodearon el primer periodo de investigaciones alrededor de la radioactividad fueron borrados de un plumazo. El mapa político del mundo cambió para siempre y la confianza en las bondades de la ciencia se vio seriamente dañada, dando comienzo al periodo conocido como Guerra Fría, caracterizado por la carrera armamentista, las desigualdades económicas y un nuevo sentimiento de angustia.

Todo comenzó con una carta. En agosto de 1939 los físicos Albert Einstein y Leó Szilárd le enviaron una misiva al entonces presidente Franklin D. Roosevelt advirtiéndole sobre las investigaciones que Alemania estaba realizando para purificar uranio enriquecido con fines bélicos, explicándole como una fisión nuclear podía utilizarse para crear una bomba capaz de destruir enormes extensiones. Inmediatamente el gobierno estadounidense dio inicio al Proyecto Manhattan para el desarrollo secreto de armas nucleares. El autor de la Teoría de la Relatividad siempre se sintió responsable por aquella sugerencia, por lo que a partir de 1946 militó públicamente el pacifismo. Esto lo dejó claro en el manifiesto Russell-Einstein, en el que junto a Bertrand Russell instó a los científicos a hacer desaparecer las armas de destrucción masiva.

Las investigaciones del Proyecto Manhattan estuvieron marcadas por la tensa relación que se dio entre los principales encargados de la empresa: el general Leslie Groves y el físico Robert Oppenheimer.  Además de los dilemas morales que muchos de los científicos involucrados sentían frente a lo que estaban creando, los efectos mortales que la radiación tuvo en algunos de ellos fue un aspecto que se mantuvo en secreto durante años. Todo desembocó en la detonación de prueba Trinity, realizada en el desierto de New Mexico el 16 de julio de 1945, en donde por primera vez se vio la ominosa figura de un hongo atómico. Oppenheimer dijo más tarde que al ver aquello solo pudo pensar en una frase del libro hindú Bhagavad Gita: “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”. El ejército tapó los vestigios de la explosión luego de los estudios pertinentes, informando que se había tratado de la voladura accidental de un arsenal.

Una vez construidas y testeadas, las bombas fueron enviadas a la base norteamericana situada en el atolón de Tinian, en la Islas Marianas del océano Pacífico. El buque USS Indianápolis fue el encargado del traslado de las partes del artefacto, aunque la tripulación ignoraba por completo cual era el contenido secreto que estaban llevando, teniendo prohibido hacer preguntas al respecto. El 26 de Julio la carga llegó a destino y el barco se encaminó hacia las Filipinas para esperar la ya planeada invasión a Japón. Cuatro días más tarde fue alcanzado por los torpedos de un submarino japonés. De los 1196 tripulantes solo 317 sobrevivieron. Muchos murieron por causas lógicas del hundimiento (ahogamiento, hipotermia, hambre), pero la mayor mortandad la ocasionó el constante ataque de los tiburones. Esta tragedia quedó eclipsada por la explosión de la bomba sobre Hiroshima pocos días después. El lanzamiento del segundo explosivo sobre Nagasaki el 9 de agosto precipitó la rendición de Japón, consumada el 2 de septiembre siguiente. Fue la única vez que el pueblo japonés escuchó la voz del emperador Hirohito por la radio.

Los efectos que provocó el temor a una hecatombe nuclear en la consciencia colectiva durante los años siguientes a los bombardeos fueron variados y, no pocas veces, absurdos. Por ejemplo, muchos oportunistas lanzaron al mercado dudosos productos de “protección” ante un potencial ataque. Algunas de estas bizarras invenciones, así como las insólitas campañas de prevención estatales, están recogidas en el imperdible documental Atomic Café de 1982. También hubo movimientos de diseño vigentes entre 1940 y 1965, caracterizados por formas abstractas, circulares y orgánicas, que imitaban las formas de los modelos atómicos descubiertos por la Ciencia. Esas escuelas llamadas Atomic Age y Mid Century Modern incluyeron a arquitectos y diseñadores ilustres como Frank Lloyd Wright, Charles y Ray Eames, Richard Neutra y Eero Arnio.

Hollywood se encargó de reflejar el hecho a lo largo de los años, con un espíritu que empezó por la exaltación patriótica y fue girando hacia la autocrítica. En 1952 se estrenó Above and Beyond, película propagandística sobre Paul Tibbets, el piloto del Enola Gay que, a diferencia de Robert E. Lewis, nunca se mostró impactado por lo que había provocado. “Hice lo que tenía que hacer y lo haría de nuevo. Sepan que duermo tranquilo” repitió durante décadas, mientras recibía condecoraciones de todo tipo. En el extremo opuesto se hallaba Claude Eatherly, un oficial que voló sobre Hiroshima en el avión de apoyo recogiendo datos climáticos antes del bombardeo. Este hombre nunca superó la culpa por haber participado del hecho, acercándose a grupos pacifistas, lo cual no evitó que su salud mental se deteriorara notablemente, por lo que fue internado en un hospital de veteranos de guerra. No es fácil vivir con más de 140.000 muertes en la conciencia. Por otra parte, el Proyecto Manhattan aparece estupendamente narrado en Constructores de sombras de 1989 (originalmente llamada Fat Man and Little Boy, nombre que se les dio a las bombas que cayeron sobre Japón), filme centrado en la tensa relación entre Groves y Oppenheimer. Incluso el clásico Tiburón de Steven Spielberg presenta al personaje de Quint, sobreviviente del hundimiento del USS Indianápolis, que justifica con esa experiencia su obsesión por cazar escualos.

La producción cinematográfica nipona reflejó varias veces la vida de los hibakusha, tal es el nombre que reciben los sobrevivientes al holocausto nuclear. Las películas más conocidas al respecto son Black Rain (1989) de Shohei Imamura, sobre las dificultades de una sobreviviente para rehacer su vida, y Rapsodia de Agosto (1991) de Akira Kurosawa, en el que tres generaciones de una familia sobrellevan las secuelas de la bomba de Nagasaki con distinto tenor, siendo la abuela la más afectada por aquel “ojo en el cielo” que se llevó a su esposo cuando era joven. Mención especial merece el animé La tumba de las luciérnagas, extraordinaria animación de los míticos Estudios Ghibli sobre dos hermanos que quedan huérfanos tras el ataque. Francia aportó, por su lado, complejidad narrativa en Hiroshima Mon Amour de Alain Resnais. Allí se documenta el romance entre una actriz francesa y un arquitecto japonés en la Hiroshima de posguerra, mientras ambos recuerdan el pasado, preguntándose cómo superarlo para seguir adelante. Algo parecido a lo que intenta hacer la Humanidad desde hace décadas con aquel hecho tremendo.

A partir de la década del 70’ la carrera atómica aplicada a lo bélico empezó sufrir una importante oposición pública, lo cual, junto a la falta de estabilidad económica internacional, le quitó continuidad. Por suerte hoy difícilmente un país creería necesaria la utilización de este tipo de armas. Ojalá que quienes controlan los destinos del mundo se tomen en serio la frase que el escritor Albert Camus dijo a los pocos días de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki: “Ante las perspectivas aterradoras que se abren frente a la Humanidad, percibimos ahora mejor que la paz es la única lucha que vale la pena entablar. No es ya un ruego, sino una orden que debe subir de los pueblos a los gobiernos, la orden de elegir definitivamente entre el infierno y la razón”.

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