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La tradición como río y montaña

La desaparición de las tradiciones es una preocupación constante en los ámbitos culturales y académicos, pero muchas veces esos mismos sectores impiden su natural evolución ¿Cómo superar esta contradicción?

Todos los años, al aproximarse el 31 de octubre, un meme nacido en la prehistoria de internet resucita en las redes de las personas más tradicionalistas. Amargo y retruco muestra a unos niños disfrazados de espectros celebrando Halloween que, al pedirles dulces a un gaucho, reciben como respuesta la criollísima frase de cabecera. Pero este hombre de campo no problematiza que el mate es una bebida de origen guaraní y el truco un juego español, desconociendo que su idea de “lo nuestro” es fruto de complejos procesos. No hay pureza en las tradiciones porque, como todo lo que es creado por un pueblo vivo, se mantienen en constante movimiento y mestizaje.

La difundida definición de la tradición cómo la transmisión de noticias, literatura popular, doctrinas, ritos y costumbres de generación en generación es bastante irrefutable. Para que se produzca esa mentada transmisión es necesaria la presencia de grupos de personas con una necesidad de compartir, por lo que se trata de una actividad ligada a la comunicación. En esta era de interculturalidad furiosa, en la que los más jóvenes en pocos minutos pueden escuchar una cumbia, jugar al Grand Theft Auto, ver un animé japonés y compartir memes sobre la farándula, el proceso comunicacional entró en una brutal aceleración. Este hoy parece estar más atado a las leyes del mercado que a una evolución fluida y natural, por lo que la idea de la identidad original inmutable que defienden los tradicionalistas se vuelve inviable.

Un error de fondo es pensar la tradición como una sola, homogénea y atada una esencia original que no vambia. El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer afirmó “En realidad, la tradición siempre es tanto un momento de la libertad y como de la historia. Es un momento de libertad, porque aun teniendo un grado de permanencia, necesita ser afirmada, asumida y cultivada; y un momento de historia, porque, siendo la conservación la esencia de la tradición, y aun cuando se presenten cambios aparentemente innovadores en la historia, nunca deja de estar presente el pasado, por lo tanto, se integra el pasado con lo nuevo y se forma una nueva especie de validez”.  Esta sentencia parece concluir que la tradición está siempre adentro nuestro, más allá de si vestimos trajes clásicos o innovadores. O sea que es río y montaña; cambia, pero permanece.

El caso de Halloween es ejemplar, porque, aunque hoy es tomada como una moda representativa de la cultura de Estados Unidos, sus orígenes folklóricos son muy lejanos. En los países celtas (Irlanda, Escocia, Gales) se celebraron durante siglos festivales para señalar el cierre de la época de cosechas a fines de octubre, siendo el Samhaim el más difundido. Cuando en la Edad Media el cristianismo se difundió por toda Europa, monjes y sacerdotes fueron reescribiendo las tradiciones de cada región desde un punto vista “cristianizado”, convirtiendo muchas costumbres paganas en celebraciones religiosas. Esto alcanzó a los festivales celtas, que pasaron a llamarse All Hallow’s Eve (Víspera del Día de Todos los Santos), término que evolucionó hasta el actual Halloween. Recién en el siglo XIX, con la llegada masiva de inmigrantes irlandeses y escoceses a Norteamérica, el 31 de octubre se transformó en una fecha de celebración en el Nuevo Mundo. Primero las festividades eran fuertes solo dentro de esas comunidades, despertando resistencia entre la población, pero hacia el año 1900 se impusieron en todo Norteamérica.

Con el paso del tiempo, como ha ocurrido con otras celebraciones de origen religioso, la Noche de Brujas fue transformada por el mercado en el colorido festival gótico-mercantil que hoy conocemos. Con esa impronta se difundió de forma global, multiplicándose en infinitos productos, canciones y demás formas de cultura pop. En la actualidad las generaciones más jóvenes, más expuestas que nunca al constante bombardeo mediático, tienden a adoptar rápidamente estos fenómenos sin resistencia, desconociendo aquel origen ritual ligado a cosechas, bailes y ofrendas a la naturaleza. Por esto es necesario entender que la idea de tradición debe repensarse dentro de este universo, donde todo es más inmediato. Cómo lograr esto es un debate complejo.

En el año 2016 la directora salteña Lucrecia Martel le otorgó una entrevista a un diario de su provincia en la que lanzó sus dardos contra la idea de folklore, a la que juzgó una categoría inútil, e incluso peligrosa. «Quizás sea posible otra mirada sobre la música, la narración oral, el canto, la literatura, el cine, la televisión, la democracia, la política, el trabajo de funcionario público, el comercio, el amor, el desamor, en fin, quizás sea posible ver algo nuevo si nos alejamos un poco de las ideas de esencia, de identidad que tan rápidamente nos sumergen en el patriotismo barato, belicoso y corrupto en el que esté país parece empecinado”. Obviamente que estas declaraciones despertaron revuelo en el ambiente tradicionalista, pero no pocos artistas y especialistas le dieron la razón a la directora de La Niña Santa y Zama.

Ocurre que en el ambiente de los festivales folklóricos se notan esas tensiones entre distintas ideas de tradición de una manera muy evidente. Con más de 60 ediciones encima, el célebre Festival de Cosquín viene siendo centro de fuertes críticas, tanto por sus problemas de organización como por sus contenidos ideológicos. Los programadores abrazan abiertamente la estética espectacular contemporánea, ya que la televisación se transformó en el principal interés del evento, desplazando las propuestas más intimistas o comprometidas a horarios marginales; muchas veces directamente cortándolas de programa. El resultado es una propuesta que técnicamente aparece como novedosa, pero en sus contenidos está anclada en ideas viejas. Esta contradicción atraviesa a muchas celebraciones de origen popular alrededor del mundo.

Muchos símbolos y mitos de la tradición van cambiando su significación según los intereses de ciertos sectores. Aquí es necesario volver al meme de Amargo y retruco y sus connotaciones patrióticas. La figura del gaucho fue enérgicamente demonizada por la élite agroexportadora argentina del siglo XIX, que lo marcó como un personaje haragán, irrespetuoso con la propiedad y la familia, además de ligado políticamente al caudillismo federal. Como Beatriz Sarlo explicó en numerosas oportunidades, esa mirada cambió a comienzos del siglo XX, cuando las olas inmigratorias empezaron a llegar a Argentina y las clases pudientes se vieron amenazadas por sus ideas socialistas y anarquistas. Paulatinamente los gauchos abandonaron su lugar periférico en el imaginario local para transformarse el ejemplo último del «ser nacional». En pocos años pasó de ser un delincuente al estereotipo valiente y curtido que hoy conocemos, símbolo último de la argentinidad, además de ícono for export para el mundo. José Hernández, en nombre de quien se conmemora el Día de la Tradición cada 10 de noviembre, seguramente objetaría esta maniobra.

Debido a esta clase de cambios es que el debate sobre cuáles son las maneras adecuadas con las que las instituciones deben intervenir para conservar las tradiciones es complejo. Hace unos años el crecimiento en popularidad de Halloween obligó al Museo Nacional de Antropología e Historia de México a organizar un concurso mediático para fortalecer la celebración local del Día de los Muertos. Esta acción favoreció la aparición de altares con calaveras prehispánicas e imágenes de La llorona y el luchador Santo buscando contrarrestar el creciente número de calabazas iluminadas e íconos made in Hollywood. La celebración mexicana, que tiene un origen similar al de Halloween al nacer de un mestizaje entre lo pagano y lo cristiano, terminó acercándose a las estrategias mercantiles que parecen ser inevitables hoy en día.

El pensador peruano Juan Carlos Mariátegui acuñó el término “pasadismo” para referirse a quienes defienden una idea melancólica de las tradiciones, planteando que el reencuentro con estas debe nacer del ímpetu transformador del presente, sin desdeñar de la vitalidad y el humor. Un punto de vista curiosamente afín al de Gadamer. Hay que zambullirse sin miedo en el río de los cambios, pero siempre vigilando que nadie le ponga alambrados a nuestra montaña.

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