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Las perversiones del señor Almodovar

El director español supo hacer una gran carrera dentro del séptimo arte. Acá te mostramos parte de sus pergaminos.

«En un lugar de la Mancha cuyo nombre no quiero acordarme» es la frase con la que comienza «Don Quijote». Precisamente en esa misma provincia española nació Pedro Almodóvar, quien al igual que aquel personaje novelesco se ha transformado en una de las figuras más conocidas de la cultura española en el mundo.

Pero allí donde el Quijote reflejaba la hispanidad luchando contra molinos de viento, el cineasta lo hace contando historias que son una personal mezcla de incorrección y glamour.

Esta visión excesiva y grotesca de España le ha hecho ganar no pocos enemigos. Un diario conservador llegó a decir que refleja a su país como habitado solamente por «travestidos, homosexuales, yonquis e histéricas»; mientras que otros critican que el director reciba apoyo monetario del estado en medio de la crisis. Esto ocurre a pesar de sus fuertes críticas a la Academia de Cine ibérica, con la que mantiene una relación de amor-odio. Toda esta polémica está muy ligada a su abierto apoyo al gobierno de Rodríguez Zapatero, algo que fue muy cuestionado.

Seguramente el bueno de Pedro nunca imaginó que participaría de estas controversias durante su infancia, trancurrida en el pueblo de Calzada de Calatrava. Allí creció en una familia mayoritariamente femenina y con una rígida educación católica, hechos que se reflejarían de manera contundente en su filmografía. Precisamente el descubrimiento del cine durante su adolescencia le hizo darse cuenta que debía dejar ese entorno de arrieros y curas, para buscar horizontes más creativos.

Pedro Almodóvar llega a Madrid con 22 años y no pierde el tiempo. Luego de un periódo de aclimatación se zambulle de lleno en la «movida madrileña», aquella explosión underground que caracterizó a la cultura española posterior a la muerte del dictador Franco. Actor de teatro, guionista de cómics y cantante del grupo cómico-punk Almodóvar y McNamara son algunas de las actividades que emprende. Sin embargo ninguna llega a transformarse en su fuente de sustento, por lo que durante 12 años trabaja como cadete para Telefónica de España.

Toda esta experiencia alternativa será volcada en su debut cinematográfico «Pepi, Lucy, Bom y otras chicas del montón» (1980), que junto a «Laberinto de pasiones» y «Entre tinieblas» conforman su etapa experimental. Gracias a filmes más disciplinados como «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» y «Matador» empieza a llamar la atención de la crítica, hasta llegar a consagrarse con «Mujeres al borde de un ataque de nervios» (1988). De pronto el muchacho criado en una aldea manchega se codea con el jet set internacional, aparece en «A la cama con Madonna» junto a la diva del pop y se transforma en una de los «homosexuales más influyentes del mundo» según la publicación inglesa «The independent».

En sus filmes se repiten una serie de actores que se van turnando en las distintas producciones del director. Carmen Maura, Cecilia Roth, Victoria Abril (¿qué habrá sido de su vida?), Marisa Paredes, Antonio Banderas, Javier Bardem y Penélope Cruz , entre otros, son rostros que llegan a la popularidad gracias a Almodóvar. Los tres últimos incluso logran realizar con éxito el salto a Hollywood.

Inteligente para los negocios, Pedro forma junto a su hermano Agustín la productora «El deseo», con la que además de financiar sus propias películas ayuda a otros colegas. Realizadores como Álex de la Iglesia, Guillermo del Toro, Lucrecia Martel y Damián Szifrón se beneficiaros con el apoyo de una empresa familiar que ha demostrado ser muy rentable. Su astucia y nunca disimulada ambición comercial le han valido el apodo de «Almodólar» en ciertos círculos de detractores.

En la década del ’90 afianza su estilo, una mezcla de provocación y clasicismo. Abandona la estética under inicial y mezcla dos tendencias: por un lado rescata cierta tradición de exageración y esperpento – típicamente española – y la fusiona con la estética cuidada y artificiosa del melodrama clásico hollywoodense. Los personajes son siempre pasionales, perseguidos por un pasado tormentoso y con inusuales conductas sexuales. Gracias a esto el término «almodovariano» se utiliza para calificar cualquier situación entre delirante, retorcida y dramática. Es la época de obras maduras como «Las flor de mi secreto», «Carne trémula», «Todo sobre mi madre» y «Hable con ella».

Pero Almodóvar no siempre da en el clavo. Los excesos de «Kika», con una escena de una violación de 20 minutos, le valieron muchas críticas en 1993. Esto se repitió una década más tarde debido al trazo grueso de «La mala educación». Por eso «Volver» (2006), a pesar de una historia que incluye pedofilia y un cadáver oculto en una heladera, mostró un tono más reflexivo, sumado a cierta nostalgia por sus orígenes pueblerinos. Luego vino el refugio en las siempre seguras aguas del film noire o policial negro con «Los abrazos rotos».

Sus últimos filmes revisitaron algunos amores cinéfilos de su juventud. «La piel que habito» (2011) es una película retorcida y austera a la vez, que revisita el horror gótico europeo de las décadas del 60′ y 70′. Allí Almodóvar se reencontró con Antonio Banderas, quien después de co-protagonizar un par de películas junto a Sylvester Stallone debió asumir este retorno al país de las paellas como un tratamiento de desintoxicación. Banderas interpreta a un personaje obsesionado por crear una perfecta piel artificial, dentro de una trama hipnótica. Dos años más tarde llegó «Los amante pasajeros», en la que el realizador buscó recuperar el desparpajo transgresor de sus primeras películas. En la actualidad se encuentra trabajando «Silencio», de la que poco se sabe aún.

Es cierto que otros directores españoles pertenecientes la generación de Almodóvar, como Bigas Luna o Fernando Trueba, no han gozado de su reconocimiento, a pesar de tener también películas notables. También es verdad que Pedro no tuvo que lidiar con el entorno político desfavorable que dificultó la labor de antecesores ilustres como Luis García Berlanga, Luis Buñel o Carlos Saura. Pero más allá de estas consideraciones, ha desarrollado una obra en donde la cultura popular y las ambiciones artísticas conviven sin molestarse. Y esta es una síntesis que pocos logran en la actualidad.

Por Luis Alberto Pescara

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