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Zombies agremiados

Los muertos están más vivos que nunca en la cultura popular. Un fenómeno que se originó en el folklore de Haití para terminar siendo un gran vehículo de críticas sociopolíticas.

Al personaje que encarna Simon Pegg en Shaun of the Dead no le gusta que se use la palabra zombie para describir a los cadáveres ambulantes que repentinamente habían invadido Londres. “No digas la palabra con Z” le repite a su amigo Ed. Pero lo cierto es que aquel término de origen haitiano hoy se ha universalizado de una manera impensada. Los muertos vivientes están más vivos que nunca, según lo demuestran los estrenos cinematográficas, las cadenas de streaming y varias sagas de libros.

La prueba más cabal del fenómeno es la llegada a los cines de Zombieland: Tiro de gracia, continuación del sorpresivo éxito independiente del año 2009. Esto coincide con el retorno de Fear of the Walking Dead, el spin off del universo inaugurado por The Walking Dead, serie que ya va por la décima temporada y no para de iriitar a los fanáticos del cómic original. Como si fuera poco, el realizador de culto Jim Jarmush estrenó Dead don’t Die, un film entre la parodia y el homenaje que cuenta con un espectacular reparto: Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Danny Glover, Steve Buscemi, Selena Gómez, Tom Waits e Iggy Pop, entre otras luminarias. Parece que, efectivamente, los muertos no mueren. Al menos en la cultura pop.

Los lingüistas aún discuten sobre el origen de la palabra “zombie”, existiendo varias hipótesis al respecto, pero lo más probable es que se trate de una derivación del término nzumbe usado en ciertas regiones de Angola y el Congo. Debido al comercio de esclavos muchas tradiciones africanas cruzaron el Atlántico, mezclándose con elementos religiosos cristianos y otros de los pueblos originarios del continente. De este mestizaje nació la religión vudú, difundida principalmente en Haití. Dentro del folclore de esa isla se originó la creencia de que un brujo o chamán podía resucitar un muerto y, mediante una serie de rituales y drogas psicotrópicas, mantenerlo en trance, sometiéndolo a voluntad. Otros creen que este estado de adormecimiento cercano a la hipnosis puede inducirse en una persona viva mediante ciertas pociones específicas. Varios investigadores recorrieron el caribe recabando datos, observando a cosechadores de las plantaciones trabajando en estado catatónico bajo un supuesto embrujo inducido por patrones y hechiceros, pero hasta el día de hoy todos estos estudios son constantemente sometidos a cuestionamientos y desmentidas. Por otra parte, algunos historiadores aseguran que el mito zombi es una expresión con la que los habitantes del país canalizaron sus traumas provenientes de su historia de salvaje esclavitud.

Hay que señalar que, más allá de las creencias haitianas, dentro de la cultura occidental la figura de un no-muerto con apetito por la carne humana aparece en numerosas historias de ficción desde hace siglos. Dentro de la literatura estas criaturas son parte de varios relatos de autores góticos del siglo XIX como Edgar Allan Poe y Ambrose Bierce. Pero recién en 1929, con la edición de The Magic Island de William Seabrook, el tema y el término llegaron a la opinión pública, para popularizarse definitivamente con el estreno, tres años después, de White Zombie. En esa película un maestro vudú haitiano interpretado por Bela Lugosi (quien acababa de consagrarse como Drácula) usa su dominio de la brujería vudú para resucitar a la joven protagonista. Esta historia fue el puntapié definitivo para el subgénero, originando secuelas y copias baratas de todo tipo, justo en el momento en el que concluía la ocupación estadounidense en la isla. E inspirando a Rob Zombie para ponerle el nombre a su banda a mediados de los 80’.

Probablemente debido a que su naturaleza está cargada de fuertes significaciones -se trata de criaturas adormecidas que carecen de sentimientos y actúan automáticamente – el muerto vivo se transformó en un monstruo predilecto a la hora de incluir mensajes sociopolíticos en el cine. El gran director francés Abel Gance ya había intuido esto en 1938, cuando en el final de Yo acuso hizo que todos los muertos de la Primera Guerra Mundial resucitaran, regresando a sus hogares para espanto de familias y amigos. En la década pasada esta idea fue retomada por Joe Dante en el excelente capítulo que dirigió para la serie Masters of Horror titulado Homecoming. Allí los caídos en la guerra en Medio Oriente se levantan de sus tumbas solo para votar contra los republicanos en las elecciones.

En realidad fue en 1968, gracias a George A. Romero y su ópera prima The Nigth of the Living Dead, cuando se produjo el punto de inflexión definitivo dentro del género. Allí se sentaron muchos de los lugares comunes de estas historias, como el andar torpe de los zombies, su poca inteligencia y su voracidad por la carne humana. Aquí también apareció la idea de que la plaga tenía su origen en un experimento militar del gobierno que salió mal, un reflejo del desencanto de la época. También hizo escuela al profundizar los elementos de crítica social en la historia, optando por un protagonista negro (una rareza para la época) y uno de los finales más inquietantes que se recuerden. El realizador acentuaría esta tendencia en las siguientes entregas de la saga. Esto se evidencia en Dawn of the Dead (1978), donde los personajes quedan atrapados en un shopping solo para descubrir que los resucitados se dirigen instintivamente al lugar “porque es donde se sentían más felices cuando estaban vivos”. Romero arremeterá contra el poder militar, el racismo y las nuevas tecnologías de comunicación en sus futuras secuelas, aunque con resultados más irregulares. Sus mejores virtudes aparecen explícitamente citadas en el último film de Jarmusch.

El éxito de las creaciones de Romero desató todo tipo de imitaciones y parodias. A principios de los 80’ directores italianos como Lucio Fulci se despacharon con títulos como Zombi 2 y Paura nella citá dei morti viventi (los nombres italianos son maravillosos), acentuando la violencia extrema y las vísceras en la pantalla. Cuando Michael Jackson utilizó zombies en el video de Thriller, creando la coreografía más copiada de la historia, quedó claro que estas criaturas, ya alejadas de su origen caribeño, estaban instaladas con fuerza en el imaginario popular. Por otra parte la estupenda El regreso de los muertos vivos (1985) inauguró una mezcla de comedia y terror que tendría gran influencia en películas posteriores como Re-animator, Braindead, Zombieland y la citada Shaun of the Dead. Pero no todo fue gore y comedia por esos años. En 1988 Wes Craven estrenó La serpiente y el arco iris basándose en un libro del antropólogo-botánico Wade Davis, aunque poniendo énfasis en las conexiones políticas entre el vudú y la dictadura de Jean-Claude Duvalier en Haití antes que en las investigaciones científicas del texto.

Al entrar en el nuevo milenio los zombies tuvieron su salto evolutivo. 28 days later y la remake de Dawn of the Dead mostraron criaturas más ágiles y veloces, con algunos tempranos síntomas de inteligencia. Este renacer del género culminaría con la serie The Walking Dead, adaptación del cómic de Robert Kirkman y Tony Moore, rompiendo récords de rating a partir del año 2010. Mientras tanto cientos de jóvenes maquillados como cuerpos putrefactos se reúnen periódicamente en eventos masivos llamados “zombie walks” para zigzaguear por las ciudades alarmando a los desprevenidos.

Las adaptaciones cinematográficas sobre el tema no siempre tuvieron resultados felices. Guerra mundial Z, con Brad Pitt recorriendo el mundo en busca del antídoto que frene la epidemia de cuerpos resucitados, es un filme entretenido, pero con la sangre y la truculencia brillando por su ausencia. La novela de Max Brooks en la que está basado tiene un subtexto político que critica el imperialismo y el aislamiento estadounidenses. Todo eso quedó afuera, al igual que los fragmentos más gore del libro ¿Entonces la industria busca zombies para toda la familia? Por suerte desde la periferia producciones como la canadiense Fido y la coreana Último tren a Busan nos recuerdan que aún puede haber apuestas originales dentro de un ghetto  narrativo tan específico.

Es muy probable que la fascinación de nuestra cultura por los muertos vivos responda al miedo natural que provoca saber que somos mortales. Al incorporar estos cadáveres a las ficciones y a los paisajes urbanos de alguna manera nos familiarizamos con la Muerte, la hacemos caminar entre nosotros, alejándola de la solemnidad con la que normalmente la vemos. Por esto es que no hay que temerle a los zombies. Después de todo hay más vida en ellos que en la postal de una familia hipnotizada frente a la pantalla del televisor en pleno prime time.

 

 

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