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Prohibidos por arte de magia

La decisión reciente de un sacerdote de prohibir la lectura de Harry Potter no es un caso aislado. Muchos libros populares fueron perseguidos por los más ridículos motivos.

En un capítulo de Los Simpsons el mojigato Ned Flanders está leyéndoles un libro de Harry Potter a sus hijos y modifica la historia diciendo “Harry y todos sus amigos se fueron directo al infierno por practicar brujería”, arrojando luego el volumen a una estufa.  Una vez más la realidad supera a la ficción, ya que hace unos días un sacerdote llamado Dan Reehill decidió retirar la exitosa saga de los programas y bibliotecas del colegio católico Saint Edward de Tennesse, EE.UU, convencido de que “los hechizos y maldiciones presentadas en los libros son reales”. Por supuesto que la respuesta no se hizo esperar, tanto en las redes como en la comunidad cercana a la institución.

El polémico religioso se negó a dar declaraciones a la prensa, pero en un mail oficial afirmó estar asesorado por autoridades eclesiásticas de New York y Roma para tomar la medida. Por su parte, un grupo de padres del colegio envió un mensaje a la diócesis estatal afirmando que Reehill es “un narcisista tóxico que se anuncia a sí mismo como un soldado de Dios”. Por estos motivos pidieron que fuera removido de su cargo. Lo cierto es que desde hace años las ramas más fundamentalistas del cristianismo vienen acusando a la saga escrita por J.K. Rowling  de fomentar el ocultismo entre niñas, niños y púberes, algo negado por la autora. Durante la primera década de este siglo, durante el momento de mayor popularidad del joven mago, estos libros no fueron solo cuestionados en Estados Unidos. Las Iglesias Ortodoxas griegas y búlgaras denunciaron a la colección como “satánica”, mientras que fue totalmente prohibida en los Emiratos Árabes.

En Estados Unidos, donde cada estado tiene enorme independencia en materia de leyes educativas, las prohibiciones de libros son más comunes de lo que se cree, con ejemplos muchas veces delirantes. Según la American Library Asociation el clásico “El señor de las moscas” de William Golding  es uno de los títulos más censurados por su mensaje pesimista. La novela, que cuenta como un grupo de niños fracasa violentamente en su intento de establecer una sociedad civilizada en una isla, fue retirado de varias bibliotecas por sugerir “que los humanos no somos muy diferentes de los animales”. Todo un despropósito, ya que ese es el punto central desarrollado por el autor. Otras veces las quejas se relacionan con el uso de lenguaje racista de títulos como “Las aventuras de Tom Sawyer y “Huckelberry Finn” de Mark Twain, “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee y “El color púrpura” de Alice Walker. Teniendo en cuenta que todas estas historias se ambientan en el conservador sur norteamericano, su lenguaje es una buena forma de retratar ese entorno intolerante. Pero a la hora del ridículo nada supera a la censura de “Buscando a Wally”, que en la ilustración de una playa superpoblada mostraba una microscópica mujer haciendo un topless parcial. El dibujo fue modificado en futuras ediciones para evitar más quejas.

Resulta evidente que el moralismo es una de las principales causas de los reclamos para prohibir títulos, algo que no es patrimonio exclusivo de la Norteamérica más religiosa y alrededor del mundo se repiten desatinos absurdos a la hora de censurar obras literarias. En la década del 30’ China juzgó que “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll era agraviante por darles cualidades humanas a sus personajes animales, lo cual señala una enorme ignorancia sobre cómo funciona la fantasía en la ficción. Varias décadas más tarde, en Egipto, un grupo de abogados islamistas pidió secuestrar todas las copias de “Las mil y una noches”, texto fundamental de la cultura árabe, por considerarlo poblado de valores obscenos. Estas acusaciones  se parecen a las que provocaron que “El amante de Lady Chatterley” de D.H Lawrence demorara más de 30 años en editarse de manera íntegra en los países angloparlantes.  Recién en 1960, en un juicio mediático que llegó a discutirse en la Cámara de los Lores, el texto fue autorizado para su edición integra en suelo británico, tierra natal del autor, que ya había fallecido para entonces.

Por su carácter autoritario los gobiernos dictatoriales son ricos en prohibiciones absurdas. El Proceso de Reorganización Nacional (1976 / 1983) de Argentina puso especial énfasis en el control de todo material que juzgaba peligroso para “el ser nacional”. Mientras editoriales como De la Flor y el Centro Editor de América Latina veían casi todo su catálogo censurado, con quema masiva de libros incluida, la literatura infantil no escapó a esa persecución. Un documento del Ministerio de Educación y Cultura de 1977 sostenía: “El accionar subversivo se desarrolla a través de maestros ideológicamente captados que inciden sobre las mentes de los pequeños alumnos, fomentando el desarrollo de ideas o conductas rebeldes, aptas para la acción que se desarrollará en niveles superiores. La comunicación se realiza en forma directa, a través de charlas informales y mediante la lectura y comentario de cuentos tendenciosos editados para tal fin”. Entre los títulos acusados de esto se encuentran  “Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Bornemann y “La torre de cubos” de Laura Devetach. Hoy ambos son clásicos indiscutibles.

Para generar consciencia sobre estos casos desde el año 1982 cada septiembre se celebra la Banned Books Week (Semana del libro prohibido) en EE.UU., la cual agrupa a editores, autores y lectores para defender la libertad de leer cualquier texto sin censura alguna. El evento busca promover la lectura y recorrer la historia de la prohibición de libros. Pero lo más importante es luchar contra casos como el del sacerdote censor de la saga Harry Potter, ya que siempre está el peligro de que se genere un efecto imitador por parte de otras mentes conservadoras. Después de todo, en el actual entorno de excesiva digitalidad, el solo acto de abrir un libro ya constituye un despliegue de magia pura.

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