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¡Qué casualidad!

La ciencia explica estos hechos mediante la intervención del azar, al cual define como algo calculable.

Cuando al cantante Bob Geldof le propusieron protagonizar «The Wall» no le agradó mucho la idea. Mientras discutía el tema con su representante dentro de un taxi en Londres el conductor del vehículo escuchaba atento la conversación. El taxista resultó ser John D. Waters, hermano de Roger Waters, líder de Pink Floyd y guionista del film, que le contó el hecho al músico apenas los pasajeros bajaron del auto. ¿A qué se deben estas insólitas coincidencias? ¿Significan algo o son solo fruto del azar?

Son muchas las historias de este tipo que se repiten en diferentes lugares y épocas. Un hecho conocido lo protagonizó una mujer alemana que en 1914 llevó a revelar unas fotografías de su hijo a un negocio de Estrasburgo y que debido al estallido de la Primera Guerra Mundial nunca pudo retirar el resultado final. Dos años más tarde, en un local de Frankfurt, compró un rollo supuestamente virgen y descubrió con sorpresa que era el mismo que había llevado antes a revelar en Estrasburgo, con las imágenes de su pequeño esperando a ser reveladas. Un ejemplo mucho más reciente se dio cuando un diario de Oregon, EE.UU, imprimió erróneamente el número de lotería ganador de otro estado como el elegido del día en la ciudad. Insólitamente en el siguiente sorteo de Oregon ganó el mismo número, provocando que los directivos del medio tuvieran que aclarar que todo fue un capricho del destino.

Todos tenemos una anécdota sobre este fenómeno ¿Cuántas veces ocurre que pensamos en una persona que hace años que no vemos y a los pocos días coincidimos con ella en algún lugar? ¿O aparece repentinamente la solución a un problema que nos agobiaba, justo cuando más la necesitábamos? ¿Merece ser llamado esto una casualidad o en realidad detrás de cada coincidencia se esconde un mensaje que debemos descifrar?

La ciencia explica estos hechos mediante la intervención del azar, al cual define como algo calculable. Dentro de las matemáticas la Teoría de la Probabilidad persigue este fin, recurriendo a la estadística dura para explicar la «aleatoriedad», que es el término que en ámbitos académicos reemplaza al de «casualidad». Así es como la ciencia concluye que mientras hay hechos que son determinables porque responden a una serie de condiciones preestablecidas, hay otros más impredecibles pero igualmente probables que a veces se escapan a todo cálculo.

En la vereda de enfrente de la lógica científica se encuentra la magia, que siempre es más apasionante. En las culturas antiguas las casualidades eran tomadas como señales concretas del universo que no debían ser ignoradas. Cada hecho aparentemente azaroso era una advertencia enviada por los dioses o por energías cósmicas superiores, lo que hacía que la adivinación y las figuras chamánicas ocuparan lugares centrales en estas civilizaciones. Una idea compartida tanto por los aborígenes mesoamericanos como por el Tao de la Antigua China.

La psicología también estudió el fenómeno, particularmente Carl Gustav Jung, quien al sentirse atraído por la antropología mística terminó enemistado con Sigmund Freud. A Jung le debemos el concepto de «sincronicidad», al que definió como: «la coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no casual, cuyo contenido significativo es igual o similar». Como contraposición a la idea de causalidad (sucesos que se dan porque antes ocurrieron otros que los provocan) el célebre doctor suizo acuñó el concepto de «conexiones acausales». Esta idea es muy criticada por los científicos, ya que no se diferencia demasiado de las creencias mágicas de la antigüedad.

 

Quienes han recogido con fuerza esta noción son los autores contemporáneos del nebuloso terreno de la autoayuda. Éxitos editoriales como «Sincrodestino» de Deepak Chopra y «El misterio de las coincidencias» de Eduardo Zancolli se apoyan tanto en las concepciones ancestrales como en las teorías de Jung. Ellos sostienen que si aprendemos a valorar las coincidencias podemos aprovecharlas a nuestro favor, decidiendo mejor sobre nuestro destino y nuestra suerte. Un pensamiento típicamente New Age, pero que resulta muy atractivo para los apostadores que quieren salir victoriosos en una noche de juego. No por nada Albert Einstein dijo la famosa frase «Dios no juega a los dados».

Algunos filósofos coinciden con los antiguos sabios en la idea de que las coincidencias confirman la conexión invisible que existe entre todas las cosas. Hay un hilo secreto que une a todo lo existente y cada tanto advertimos el entramado de esa red mediante lo que llamamos casualidades. El término filosófico-latino «Unus Mundus» (Un mundo) define a esta realidad universal – de la que todo sale y a la que todo retorna – en la que todos convivimos sin advertirlo.

Hay que señalar que las coincidencias son un artilugio narrativo muy usado en la ficción. El galardonado mexicano Alejandro Gozález Iñárritu(«Amores perros», «21 gramos», «Babel») construyó casi toda su carrera sobre la idea de esa conexión secreta que existe entre todos nosotros. Por otro lado en «Rayuela» Julio Cortázar narró los constantes encuentros parisinos entre Oliverio y la Maga, algo que provoca la sonrisa de esta última «convencida de que un encuentro casual era lo menos casual de nuestras vidas».

Los escépticos podrán insistir en que no hay nada maravilloso detrás de una coincidencia y que la vida no es una novela, en la que uno puede guionar los hechos según su deseo. Quizás tengan algo de razón y nuestra existencia consista en el equilibrio entre la suerte y la voluntad. Pero como señaló el escritor Friedrich Dürrenmatt: «Cuanto más planifique el hombre su proceder, más fácil le será a la casualidad encontrarlo».

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