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Siempre estuvo cerca

Roberto Fontanarrosa, genial escritor y dibujante, hincha de Central, que con sus obras marcó un estilo.

El día del amigo del año 2007 tuvo un sabor amargo en Argentina. La noticia de que Roberto Fontanarrosa había dejado de existir el día anterior debido a un paro cardiorrespiratorio entristeció a todo el mundo. Sin embargo los latidos del «Negro» se siguen escuchando desde las viñetas los diarios, las páginas de sus libros, los homenajes en internet y desde la pantalla grande.

Cuando «Metegol» rompió records en los cines, el universo del genial escritor y dibujante llegó a una nueva generación, manteniándose vigente en pleno siglo XXI. «Memorias de un wing derecho», el relato en el que se basa la película de Juan José Campanella, tiene un tinte nostálgico y melancólico que al encontrarse con el vértigo de la animación digital ha dado origen a algo cada vez más raro: un filme formalmente deslumbrante que nunca abandona lo emocional. Aunque es probable que los servicios como guionista de Eduardo Sacheri ayudaran a mantener ese tono, es la pluma desprolija y sensible del autor rosarino la que fija las coordenadas. Y esto es un gran logro teniendo en cuenta el poder pasteurizador que los canales de televisión tienen cuando se acercan al cine.

Al decir «pluma desprolija» nos referimos a que Fontanarrosa era parte de los «malos escritores» argentinos, aquellos que no exhiben saberes enciclopédicos ni elegancia, pero pueden entrar en el habla callejera con naturalidad y exhibir un ingenio único a la hora de crear personajes y situaciones. En ese grupo se encuentran autores como Roberto Arlt y Osvaldo Soriano. Mientras estos dos clásicos tenían una formación basada en el periodismo, el «Negro» venía del mundo de la historieta, lo cual marca una gran diferencia.

Nacido en 1944, este «precursor de la deserción escolar» (según sus propias palabras) abandonó el secundario en tercer año ya que tenía bien claro cuáles eran sus mayores pasiones: las historietas y el fútbol. Para acercarse a la primera pasión se inscribió en los cursos por correspondencia de la Escuela Americana de Arte.

Mientras tanto, sus amores futboleros los canalizó cada domingo como seguidor de Rosario Central. Paralelamente empezó a repartir curriculums con sus dibujos en todos los lugares imaginables, consiguiendo finalmente empleo en una agencia de publicidad de su ciudad. Con el paso del tiempo pasó al humor gráfico, algo más acorde a sus intereses personales.

Pero más interesante que hacer un recorrido cronológico por la obra del «Negro» es ver como sus personajes más festejados son fruto de situaciones históricas bien concretas. Cuando en 1972 empieza a trabajar para la revista cordobesa «Hortensia» su economía como dibujante iba a la par con su capacidad de observación, dos elementos que definirán su obra. En pleno boom de la música folklórica argentina aparece «Inodoro Pereyra«, que busca parodiar los discursos barrocos de los festivales telúricos de la época como el Cosquín de Julio Mahárbiz. Esto se nota mucho en las primeras entregas, con el exagerado vocabulario patriótico del gaucho renegado.

Con el tiempo la tira viraría hacia algo más absurdo, con Inodoro y su fiel Mendieta cruzándose con todo tipo de personajes – reales o no – sin mediar explicación alguna.

La otra creación ilustre es menos criolla y definitivamente más violenta. «Boogie, el aceitoso» apareció durante el auge del policial sucio de los 70’s, cuando el ambiente urbano fue el caldo de cultivo de películas como «Harry el sucio» y «El vengador anónimo». Matón de gatillo fácil, machista, racista y alejado de cualquier tipo de aleccionamiento moral, un personaje de estas características estaba destinado a ser totalmente incomprendido en aquel momento; y así lo fue. Muchos fueron quienes enviaron cartas la revista para quejarse por ese tipo sin corazón que maltrataba a las mujeres y despreciaba a extranjeros y homosexuales. No entendieron el chiste, literalmente. No es casual que caricatura venga del italiano «caricare», que significa exagerar, distorsionar. Y Boogie recurría a la hipérbole para criticar lo que retrataba, exhibiendo un uso de la incorrección política que todavía incomoda. Todo esto mucho antes de que la ironía fuera norma y sin caer en la tentación del cinismo.

Aparte de estos famosos personajes y otros hoy olvidados (como «Sperman» en los 80′), el «Negro» creó numerosas páginas sueltas de humor gráfico. Pero lo que sin dudas termina de definir su perfil es su salto a la narrativa. Desde su inicial volumen de cuentos «Trenes matan autos» en 1977 Fontanarrosa fue puliendo ese estilo «charlado» de escribir, en el que uno tiene la sensación de que un viejo amigo le está haciendo una confidencia. Aunque sus incursiones futboleras son las más celebradas, hay que acercarse a cuentos como «Cuestión de principios», «Puto el que lee» y «El rey de la milonga», o a novelas como «El área 18» y «Best seller«, con su galería de personajes queribles filosofando verdades deshilachadas, para tener justa dimensión de la obra fontanarrosiana.

Entre los artistas los dibujantes son quienes crean un lazo más fuerte con sus creaciones. Cuando Charles M. Schultz dejó de dibujar su legendaria tira «Peanuts» en el año 2000 falleció al día siguiente de la publicación de su última historia. A Roberto Fontanarrosa la enfermedad lo obligó a abandonar la ilustración a principios del 2006 y seis meses después dejó el mundo de los vivos rumbo a la inmortalidad. Hoy una estatua suya observa paciente las postales que suceden en el bar el Cairo de Rosario. Allí descansa la Mesa de los Galanes, donde creó a muchos de sus personajes e historias. Todos los que lo conocieron señalan su inoxidable buen humor y proverbial generosidad ¿Por qué se tiene que ir antes de tiempo un tipo así? No hay nada que hacerle, como reflexionó el mismísimo Negro «el mundo ha vivido equivocado».

 

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