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Sólo para mayores

La desnudez y la pornografía antes eran provocadoras, hoy en día se convirtió en algo popular y aceptado socialmente.

Una de las frases icónicas de Barney, el personaje fanfarrón interpretado por Neill Patrick Harris en «How I Meet Your Mother», era «¿Cuándo aprenderás que la única diferencia entre mi vida y el porno es que mi vida está mejor iluminada?». La poca calidad estética de la pornografía no parece dañar su popularidad, hoy aceptada socialmente como un hábito que no tiene nada de perverso.

La mayor confirmación de la universalidad que alcanzó lo pornográfico en la actualidad es la decisión de la mítica revista «Playboy» de dejar de publicar desnudos a partir del año que viene. La justificación de Scott Flander, director de la publicación, es que «Cuando Hefner lanzó la revista en 1953, la desnudez era provocativa, pero ahora ya es algo pasado de moda». Indudablemente la posibilidad de ver fotos y videos con tan solo hacer un clic hace que se re-signifique el lugar que lo explícito ocupa en nuestra vida cotidiana. Pero la pornografía no es un invento del cine o de internet, si no que tiene raíces mucho más antiguas. Una historia en la que la idea de qué es obsceno y qué no ha variado enormemente.

En la prehistoria ya existían esculturas que exhibían senos y falos de un tamaño desmesurado, pero estas representaciones no buscaban excitar a quien las viera, si no rendir culto a la fertilidad. Lo mismo ocurre con muchas estatuillas de ciertas culturas precolombinas. En civilizaciones como la Grecia Antigua y la Roma imperial las imágenes eróticas eran bastante comunes. Los griegos plasmaron orgías en vasijas, mientras que los romanos usaron paredes enteras para retratar sus bacanales sexuales. El descubrimiento de estas pinturas causó estupor en el siglo XIX, cuando los conceptos morales habían cambiado radicalmente. Lo mismo ocurrió cuando las ilustraciones del shunga japonés o las del Kama-sutra indio fueron descubiertas.

Con la expansión del cristianismo las representaciones de carácter sexual se transformaron en tabú. El catolicismo en particular impuso la idea de que el acto sexual tiene el fin concreto de la reproducción, por lo que subrayar sus características placenteras y lúdicas debía ser considerado pecado. Todo esto no evitó que la picarezca popular imaginara constantemente situaciones sexuales humorísticas, en las que el clero y la realeza eran frecuentemente ridiculizados.

Con la aparición de la imprenta muchos de estos relatos ardientes llegaron al papel. Los cuentos contenidos en el «Decameron» de Giovanni Boccaccio y en los «Cuentos de Canterbury» de Geoffrey Chaucer estaban basados en relatos orales del pueblo, historias que excitaban al lector pero también criticaban a los círculos de poder. Más adelante el Marqués de Sade en libros como «Justine», «La filosofía del tocador» y «Las 120 jornadas de Sodoma» practicó una prosa que mezclaba actos sexuales truculentos con agudas observaciones filosóficas. Pagó su audacia pasando 27 años de su vida encerrado en distintas prisiones e instituciones para enfermos mentales de Francia. Sobre «Justine» Napoleón Bonaparte dijo «Es el libro más abominable jamás engendrado por la imaginación más depravada». Paralelamente el concepto contemporáneo de lo pornográfico empezaba a tomar forma.

Durante el siglo XIX se dieron varios fenómenos contradictorios. Por un lado la aparición de la fotografía permitió reproducir y distribuir masivamente imágenes, por lo que nació todo un mercado ávido por ver desnudos explícitos. Paralelamente la moral de la Era Victoriana buscaba fortalecer valores fuertemente conservadores, lo que hizo que reinara una gran hipocresía general: mientras públicamente se condenaba toda imaginería sexual, el adulterio y la prostitución eran moneda corriente. En 1857 la ley inglesa promulga el Obscene Publications Act, primer intento de criminalizar la pornografía por parte de un estado.

Es durante esos años que se populariza la palabra «pornografía». Etimológicamente proviene de la unión de los vocablos griegos porne, que significa prostitución, y graphein que equivale a imagen o grabado. Este término suena lógico si tenemos en cuenta que las primeras fotografías explícitas les fueron tomadas a mujeres que ejercían la prostitución. El término pornographie se difundió primero en Francia y se terminó imponiendo a nivel mundial hacia comienzos del siglo XX.

La primera película pornográfica se realizó cuando el cine estaba en su primerísima etapa de desarrollo. La más antigua conocida es la francesa «La Coucher de la Marieé» de 1896, con un striptease demasiado naive para los estándares actuales. Más extremas son la alemana «Am Abend», la estadounidense «A Free Ride» y la argentina «El Satario», realizadas entre 1905 y 1915. Todas ellas contienen sexo explícito e incluso primeros planos de los actos que se consuman, transformándose así en tempranos ejemplos del subgénero hardcore. Porque si algo caracteriza al cine porno es su diversificación en cientos de variedades: gonzo, amateur, bukkake, voyeur, gay, sado y un infinito etcétera conforman distintas maneras de acercarse a lo sexualmente explícito.

La década del 70′ es recordada como «La Edad de Oro del porno». Un clima de liberación sexual permitió que varios filmes adultos recibieran un estreno masivo en salas serias de cine. Esto fue aprovechado por un puñado de directores que intentaron filmar historias con cierta ambición, resultando en películas emblemáticas como «Mona», «Garganta Profunda», «Behind the Green Door», «The Devil and Miss Jones» y «Debbie does Dallas». Por primera vez el público general sintió curiosidad por un género hasta entonces clandestino. El periodo aparece muy bien retratado en el film «Boogie Nights» de Paul Thomas Anderson. Pero esa era terminó al llegar 1980, cuando las políticas reaccionarias de Ronald Reagan y – sobre todo – la popularización de las videocaseteras provocaron una baja en la calidad de las películas y una nueva demonización del género. Sin embargo el video hogareño disparó la cantidad de films, convirtiendo a muchos productores en millonarios y creando su propio star system.

El próximo gran cambio de la industria ocurrió con la llegada de internet a fines del siglo pasado. Sitios pagos, sitios gratuitos, descarga de películas, clips que viajan de celular a celular, parejas que filman sus relaciones y las suben a la web; la oferta explícita ha crecido de manera brutal en las últimas dos décadas, provocando un replanteamiento de las reglas del juego. Aunque el consumo de porno virtual se tiene por un hábito masculino, se calcula que más de el 25 % de quienes ven material XXX son mujeres; una tendencia que parece acrecentarse. Todos ellos visitan a diario alguno de las 24.600 páginas dedicadas al rubro que existen y comprenden un 40% del total de los cibernautas.

En su ensayo «La imagen pornográfica y otras perversiones» el catedrático catalán Roman Gubern propone que las imágenes explícitas pertenecen a «provincias iconográficas malditas, zonas de destierro y exilio cultural, que a veces resultan más elocuentes y ofrecen materiales más productivos para la comprensión de una época o de una sociedad que las grandes obras maestras canonizadas en los museos». ¿Llegará el día en el que el Louvre parisino exhiba ejemplares de Playboy y Penthouse junto a fotos de porn stars como Ron Jeremy y Sasha Grey? Por lo pronto el astro italiano Rocco Siffredi abrió hace poco una Universidad del Porno en Roma con el sutil nombre de ‘Siffredi Hard Academy’. Todo indica que no se registrará ningún tipo de ausentismo.

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