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Tirate un paso

Si bien que bailar está relacionado a shows mediáticos, esta actividad es una práctica ancestral profundamente humana.

Existe un pasaje de la Biblia que todos conocemos, independientemente de ser creyentes o no. Se trata del texto de Samuel 6:14 que reza: «David danzaba con toda su fuerza frente al Señor y estaba vestido con un efod de lino». Lo utiliza Kevin Bacon en la escena final del clásico «Footlose», cuando en la alcaldía del pueblo debe defender el derecho a bailar frente a las autoridades. Una declaración de principios que está siempre vigente.

Aunque hoy bailar parece estar ligado estrictamente a los shows mediáticos, se trata de una práctica ancestral profundamente humana. El etnólogo musical Joseph Jordania señala que la danza y la música rítmica fueron utilizadas por pueblos antiguos para alcanzar un estado alterado de conciencia en rituales anteriores a las batallas. Aunque no se ha podido señalar la fecha exacta en la que el baile nació como hecho cultural, hay numerosos testimonios prehistóricos de su existencia en pinturas rupestres y esculturas.

El baile fue evolucionando desde esos orígenes rituales hasta transformarse en una forma de interrelación social que fortalecía los lazos de las comunidades. Allí se formaban parejas, se difundían las últimas noticias del pueblo y – de paso – la gente se ejercitaba físicamente, ya que bailar tiene probadas propiedades aeróbicas. Cada región y cultura desarrolló sus propias danzas folklóricas al ritmo de músicos populares y, más adelante, orquestas en vivo. De esta manera nacieron los primeros pasos de baile, primitivas coreografías que están en constante evolución.

Cuando la música empezó a grabarse y a comercializarse en serie hacia fines del siglo XIX se produjo un cambio radical. Los géneros musicales, históricamente surgidos como expresión popular, se diversificaron hasta y tomaron la forma de ‘modas’, fenómenos coyunturales que ocupaban el centro de atención durante un tiempo. De todas maneras los bailes siguieron ligados a la coyuntura histórica de cada época. De esta manera en los alocados años 20′, conocidos como «la era del jazz», el ragtime y el charleston representaron la alegría de aquella belle epoque de prosperidad económica. Cuando llegó la Gran Depresión en la década siguiente la gente, desocupada y empobrecida, concurrió al cine a ver los lujosos filmes musicales de los estudios Warner Brothers para soñar con otra realidad y olvidar sus penurias. Danzar puede ser festejo o escapismo según la ocasión.

El primer ejemplo contundente de el baile como sinónimo de show y competencia ocurre precisamente durante la citada década del 30′. En el devaluado Estados Unidos de esos años se popularizaron las «dance marathon» en las que cientos de parejas bailaban durante días, dentro de una competencia en la que triunfaban quienes lograban mantenerse en pie más tiempo. Durante estos concursos, que eran transmitidos por radio y seguidos por millones de personas, eran comunes los desmayos e incluso fallecimientos. El premio les permitía a los ganadores soñar con la fama y el estrellato. En este sentido pueden considerarse antecedentes de los realities contemporáneos.

La multiplicación de los géneros bailables desembocó en una de las mayores pesadillas para los torpes y los tímidos: el surgimiento de los «pasitos» de cada ritmo. En su canción «Wag the dog» el guitarrista Mark Knopfler enumera una veintena de estas coreos que fueron invadiendo las pistas a lo largo del último siglo con nombres tan ridículos como el «watusi» y el «funky chicken». Y no olvidemos ejemplos latinos posteriores como la «lambada» y el «perreo», ambos con una fuerte carga sexual.

Coreo

Las modas, muchas veces creadas por los sellos discográficos, se globalizan con velocidad, sobre todo a partir de la década del 60′. El cine y la televisión contribuyen a la difusión constante de estos contoneos. Con la aparición de la música disco y de John Travolta con su traje blanco en el centro de la pista se desata una fiebre de la que ya no habrá retorno. Todo esto coincide con un momento de experimentación para la danza, en el que los coreógrafos se lanzan a la búsqueda de nuevas formas de expresión a través del cuerpo.

Paulatinamente se instaló la idea de que bailar es una actividad atlética ligada al éxito personal. Películas de los 80′ como «Fama», «Flashdance» y «Dirty Dancing», en las que los protagonistas bailan acrobáticamente para triunfar ante un jurado exigente y tiránico, son buenos ejemplos de esto. Son épocas en que proliferan las escuelas de danzas, tanto clásicas como contemporáneas, y en las que se popularizan los ejercicios ligados al movimiento coreográfico como el fitness y la gimnasia jazz. Hasta los bailes de origen marginal como la salsa y el tango se sistematizan y tienen sus propias academias de perfeccionamiento. Los géneros abandonan el barrio y el arrabal para llegar a los más lujosos salones de la alta sociedad.

Hace algunos años Noel Gallagher afirmó que el mundo estaba siendo controlado por los coreógrafos. Al músico de Manchester no le gustaba para nada que el planeta se haya transformado en un salón de baile gigante, un casting con cientos de seres anónimos mostrando sus virtudes en la pista. Pero es necesario alejar a la danza de esa connotación espectacular y recuperarla como una actividad ancestral y espontánea ligada a cierto espíritu liberador. Por esto los malos bailarines deberían soltarse sin inhibiciones, mostrar sin vergüenza los escasos movimientos que conozcan en el centro de la fiesta, bajo la bola de espejos. Quizás allí comprobemos, como alguna vez dijo la ensayista Susan Sontag, que la felicidad es ese sentimiento que aparece cuando uno de pronto se da cuenta en plena pista que está bailando bien.

 

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