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Un mundo sin autores

La propiedad intelectual es una de las ideas más discutidas dentro del mundo de la cultura. En esta era de reciclaje pop y citas intertextuales las legislaciones centenarias parecen no tener mucho lugar.

Hace unas semanas el influencer Santiago Maratea decidió publicar en sus redes lo que llamó su “primera obra de arte”. Aprovechando la polémica despertada alrededor de ciertas opiniones de J.K Rowling sobre temas de género, el joven mediático intervino sus libros de Harry Potter con la palabra concha reemplazando cada vez que se menciona a Harry en sus páginas. No contento con esto, procedió a vender los volúmenes a $20.000. Para sorpresa de pocos encontró compradores para su “creación”, algo festejado por sus fanáticos pero que enfureció a sus detractores. Los más moderados aprovecharon para preguntarse hasta qué punto intervenir una obra existente con una variación, aunque sea irónica, la transformaba en algo nuevo, cuestionando la noción de autoría.

Salvando las distancias, la ocurrencia de Maratea no difiere mucho de un experimento que sacudió el ámbito literario argentino hace un tiempo. En el año 2009 el profesor Pablo Katchadjian editó El Aleph engordado, una re-versión del famoso cuento de Jorge Luis Borges aumentada por 5600 nuevas palabras. La empresa podría haber pasado desapercibida de no ser porque María Kodama, viuda del gran escritor y heredera de los derechos de su obra, decidió iniciarle juicio a Katchadjian, quien estuvo muy cerca de ser embargado por la suma de 80 mil pesos. Finalmente fue sobreseído en primera instancia por falta de méritos. En ese momento ensayistas prestigiosos como Martín Kohan y Beatriz Sarlo se manifestaron a favor de la experiencia, coincidiendo en que el propio Borges fue un defensor acérrimo de estas estos juegos intertextuales, utilizando fragmentos de textos ajenos y falseando información real lúdicamente en sus relatos.

Borges siempre sostuvo que no existía un creador absoluto en una obra y que muchas veces una copia podía superar con creces al original. Allí están sus relatos Pierre Menard: autor del Quijote, en el que el personaje del título reescribe varios capítulos del clásico de Cervantes sin modificación alguna, logrando de todas formas una obra más rica y sutil que la original, y Uqbar Orbis Tertius, donde imagina un mundo paralelo en el que no hay autores: “No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo”.

Toda la historia de la literatura es un gigantesco proceso de imitaciones, reciclajes y citas no siempre muy claras. La idea de autor no existía antes de la aparición de la imprenta, por lo que las historias circulaban sin que nadie las viera como una propiedad. De hecho la primera vez que alguien reclamó un texto como propio hubo derramamiento de sangre. Ocurrió en la Irlanda del siglo IV, cuando San Columba copió un salmo escrito por un misionero cristiano para hacerlo pasar como propio. El rey irlandés Diarmat Mac Cerbahill intervino en el pleito, cerrando todo con la frase “a cada vaca le corresponde su cría, por lo que a cada libro le corresponde su copia”, con la que señaló al misionero como justo creador del texto. Columba no estuvo de acuerdo con el resultado y logró instigar una rebelión contra el monarca que terminó en unas 3000 muertes. El hecho hoy se la recuerda como “La batalla del libro”.

Por suerte más adelante las cosas se resolvieron de forma más protocolar. Al terminar la Edad Media los libros dejaron de estar custodiados por la Iglesia, institución a la que pertenecían la mayoría de los escribas que hacían copias a mano de los volúmenes originales. Paralelamente, cuando Johannes Gutemberg le dio forma a la imprenta de tipos móviles en el año 1440, se inició un lento pero radical cambio en las formas de difundir la palabra escrita. Pero durante los primeros años de existencia de este invento el grado de originalidad de una obra aún no era motivo de preocupación. Quizás por eso cuando se publicó La Divina Comedia de Dante Allighieri nadie advirtió las evidentes similitudes argumentales que tenía con El Libro de la Escalera de Mahoma, publicado 600 años antes. Allí el profeta musulmán emprende un periplo por el Más Allá, visitando el Infierno y el Paraíso, igual al viaje que propone el autor italiano. Ejemplos como este abundaron durante los primeros siglos de la naciente industria editorial, con autores usando frases literales de colegas fallecidos sin aclararlo. Eran tiempos en los que la noción de propiedad intelectual o la participación de la justicia en temas artísticos era inimaginable.

Recién en 1710 entra en vigencia el llamado Estatuto de la Reina Ana, en el que esa monarca inglesa impulsó un primer intento serio de regular el copyright en dicho país. Lentamente otras naciones imitaron la idea y durante el siglo XIX los derechos de autor se transformaron en una legislación global gracias a varios cambios culturales y económicos. Por un lado, el movimiento romántico defendió con vehemencia la idea del creador iluminado, al que la inspiración le llega mágicamente, sin intervención de factores ajenos. Por otro el avance de la economía de mercado expandió el concepto de propiedad al mundo de las ideas. A partir de entonces la palabra plagio (que en su origen latino significa “secuestro”) empezó a circular por los tribunales de Occidente, lo que no logró ocultar un problema de fondo: no existe un acuerdo universal sobre cuando se produce un plagio literario y cuál es la forma correcta de castigarlo. Con explosión del mercado audiovisual del último siglo esta discusión no dejó de acrecentarse.

Desde luego que proteger las ideas originales es loable, ya que muchos escritores, guionistas y compositores ponen un gran esfuerzo en sus creaciones, por lo que es justo que exista un amparo legal frente a caraduras o perezosos. Pero también hay corporaciones con un poder monopólico sobre los consumos culturales y oportunistas dispuestos a exprimir una idea hasta lo inimaginable, lo que dispara muchas situaciones absurdas. En 1989 la Walt Disney Company les exigió a varias guarderías infantiles de Florida que retirara las figuras de cartón de personajes como Mickey, Goofy y Donald de sus fachadas bajo amenaza de juicio por uso no autorizado de material registrado. A comienzos del 2020 la misma corporación presionó a un colegio de California para que pague una multa por exhibir la más reciente versión de El rey León en un aula. Toda una ironía si tenemos en cuenta que Disney basó gran parte de su imperio en adaptaciones de cuentos clásicos por las que no pagó un centavo. Mientras tanto los descendientes de Arthur Conan Doyle, cuya creación Sherlock Holmes pasó a dominio público hace décadas, demandan a Netflix y por la película Enola Holmes, que cuenta las desventuras de una imaginaria hermana del detective más famoso del mundo.

Ocurre que, para hacer las cosas más complicadas, en la actualidad la producción de ficciones se basa en la intertextualidad y el constante reciclaje pop, ya sea con fines paródicos o por simple afán exhibicionista. La intervención de obras preexistentes es lo que prima en el siglo XXI. Canciones que utilizan fragmentos de otras, imágenes que son modificadas y se viralizan masivamente, películas que se arman con fragmentos de distintos filmes; todo parece estar forjado desde la alusión a algo ya existente. Esto ha dado origen a fenómenos tan polémicos como la fan fiction, que consiste en narraciones que fanáticos de series o éxitos editoriales contemporáneos (Harry Potter, Star Wars, cómics de superhéroes, etc) realizan usando a sus personajes favoritos. Esto dio origen a grandes sucesos, como 50 sombras de Grey de E.L. James, que nació como una fan fiction sobre la saga Crepúsculo antes de tener vida propia.  Independientemente de la calidad de los resultados, y parafraseando a un recomendable documental sobre la historia del copyright: “Todo es un remix”.

Probablemente escucharemos más casos judiciales referidos a problemas de propiedad intelectual en los próximos años, fruto de un cambio de época acelerado del que no parece ver marcha atrás. Aunque no lo advirtamos, la copia irreverente o la cita camuflada son también formas antiguas de creatividad, que muchas veces ayudaron a transformar lo viejo en nuevo. De ese mecanismo salieron muchas obras maestras que hoy consideramos fundamentales. Se trata de un fenómeno inevitable del que ningún grupo de abogados puede evitar que disfrutemos.

 

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