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Un siglo y medio de maravillas

Se cumplen 150 años de la aparición de "Alicia en el país de las maravillas", todo un clásico del autor Lewis Carroll.

Hace unas semanas trascendió que Damon Albarn – haciéndose algo de tiempo entre su labor al frente de Blur y Gorillaz – estrenará a mediados de este años un musical basado en «Alicia en al país de las maravillas» llamado Wonderland. Simultáneamente el servicio postal británico lanzó una serie de estampillas con los personajes de la clásica novela.

Se cumplen 150 años de la aparición de la obra maestra de Lewis Carroll y todos quieren ser parte de los festejos. El autor, amante de los juegos de lógica matemática, seguramente habría observado la tendencia infame de los seres humanos de recordar hechos trascendentes solo en fechas redondas. Pero así de predecible es nuestra especie. Por suerte Alicia y su mundo no se rigen por estas reglas mundanas. Este relato transgresor caracterizado por las situaciones absurdas, las metamorfosis de seres y ambientes, la destrucción del lenguaje y los simbolismos oníricos influyó a toda la literatura posterior, anticipándose a las vanguardias del siglo XX.

Es sabido que la primera pasión del joven Carroll – cuyo nombre real era Charles Lutwidge Dodgson – fue la fotografía. Allí rápidamente se destacó por la belleza y espiritualidad de sus imágenes, transformándose en una figura importante en el rubro. Además de retratar a varios personajes ilustres de la época y de cultivar el paisajismo, el polifacético autor centró gran parte de su obra en fotografiar niñas pequeñas. Una de esas muchachas era Alice Pleasance Liddell, quien en 1862, durante un viaje en bote cerca de Oxford, le inspiró al autor la historia de una chica disconforme que se introducía en un mundo extravagante.

Dos años después Carroll había completado un manuscrito llamado «Alice’s Adventures Under Ground» ilustrado por él mismo, el cual regaló a Alice y sus hermanas. Paralelamente presentó un texto más largo para su publicación en la editorial MacMillan, ya con el nombre definitivo de «Alice’s Adventures in Wonderland» y que incluía los famosos grabados del ilustrador John Tenniel. Esta es la versión que todos conocemos.

En el momento de su edición el libro no causó un gran impacto, siendo las ilustraciones de Tenniel las que recibieron los mayores elogios. Recién con la aparición de su continuación «Alicia a través del espejo» en 1871 fue que los críticos empezaron a notar la creciente popularidad del primer libro, un fenómeno que no se detuvo con el paso de los años. El divulgador científico y ensayista Martin Gardner – que estudió intensivamente las implicaciones filosóficas, lingüísticas e históricas de la obra de Carroll – señala que el ninguneo inicial que sufrió la novela se debe al error de considerarlo una obra destinada únicamente al lector infantil.

Por su carácter surrealista e intertextual, el libro ha despertado innumerables interpretaciones. Por un lado hay una mirada satírica hacia muchas costumbres de la era victoriana y referencias concretas a personajes de la alta alcurnia inglesa, como el primer ministro Benjamin Disraelí y el crítico de arte John Ruskin. Además los poemas y canciones que aparecen en el libro son versiones paródicas de canciones populares de la época.

Las posibles lecturas se disparan cuando Alicia cae en el hoyo – una sensación típica de los sueños – persiguiendo al Conejo Blanco. Allí la protagonista cambia de tamaño repetidas veces y se ve impulsada a beber y a comer todo el tiempo, algo que refiere a la crisis de identidad durante los años de crecimiento. Todo el periplo puede entenderse como una crítica a la aburrida rutina del mundo de los adultos, algo de lo que Alicia se quejará hacia el final de la novela. Por su parte, los inolvidables animales antropomórficos de la historia – el Conejo, el Ratón, el Dodo, el Gato de Cheshire, la Morsa, etc – remiten a la tradición iniciada por Esopo en sus fábulas. Todo esto fuertemente arraigado en la típica tradición inglesa del nosense.

A pesar de la enorme imaginería visual del mundo creado por Carroll, este ha tenido una suerte dispar en el cine. Durante el periodo mudo se hicieron varias adaptaciones fallidas, y el primer filme sonoro sobre el texto realizado en 1933 resultó un fracaso de taquilla. En 1951 Walt Disneypresentó su versión animada de la historia, centrándose sobre todo en el primer libro, más algunos elementos de «Alicia a través del espejo«. Sin embargo la película desilusionó al público y al propio Disney, que llegó a decir que «le faltó corazón». Lo que si funcionó fue el costado musical de la producción, con varias canciones del filme ganando una gran popularidad.

Su difusión en la televisión y el redescubrimiento de su espíritu psicodélico por parte de las audiencias de fines de los 60’s hicieron que finalmente accediera al status de clásico dos décadas después de su estreno.

Muchos se vieron decepcionados por la adaptación que dirigió Tim Burton en el año 2010, demasiado caótica y centrada en la pirotecnia visual. A pesar de esto son fuertes los rumores sobre una posible secuela. Es que parece que quienes mejor han rescatado el espíritu carrolliano se encuentran fuera de Hollywood. El filme checo «Alice» (1988) del genial Jan Svankmajer combina actores reales con animación stop-motion, centrándose en el costado oscuro de la historia. Los valientes que quieran adentrarse en los rincones más insondables de la web también pueden rastrear el musical erótico «Alice in Wonderland: A Magical Fantasy» (1976), el ácido cortometraje animado «Malice in Wonderland» (1982) y la bizarra versión argentina «Alicia en el país de la maravillas» (1976) de Eduardo Plá. Adaptaciones no aptas para cardiacos.

El texto de Lewis Carroll también influyó a numerosos músicos. Así lo atestiguan canciones como «I´m the Walrus» de The Beatles, «White Rabbit» de Jefferson Airplane y «Canción de Alicia en el País» de Seru Giran (con metáfora política incluida), para no citar ejemplos más contemporáneos perpretados por Avril Lavigne y Taylor Swift. Es que el universo de Alicia no deja de agigantarse a 150 años de su primera aparición. Aquellos que aún no lo conocen no deberían perder el tiempo y visitarlo, aunque sea para evitar que la Reina de Corazones se enfade y grite «¡Que les corten las cabezas!».

Por Luis Alberto Pescara 

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